Poesía de Colombia

N2P15

Por Andrés Haedo

Aurelio Arturo nació en 1906 en la Unión, localidad del distrito de Nariño, en el suroeste colombiano, y murió en 1974. Jurista, llegó a ser magistrado en dos oportunidades. Además, fue profesor de sociología y traductor amateur de poetas ingleses. Su primer y único libro publicado en vida, Morada al Sur, que incluye sólo catorce poemas, es una obra de síntesis, marcada por la melancolía de una atmósfera provinciana extraña y fascinante, donde por momentos se percibe un clima de leyenda y mito: “Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro./ Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo./ La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles./ (Reyes habían ardido , reinas blancas, blandas, sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura.)”

En esta atmósfera musical el canto del poeta no es un pretexto, es la poesía misma una nueva realidad puesta de manifiesto: “El viento fiel que mece mi poema,/ el viento fiel que la canción impele,/ hojas meció, nubes nació, contento/ de mecer nubes blancas y hojas verdes./ Yo soy la voz que al viento dio canciones…”

En Morada al Sur, Arturo rinde un homenaje a la poesía y sobre todo a su hogar materno de provincia en el suroeste colombiano: “Este verde poema, hoja por hoja,/ lo mece un viento fértil, suroeste;/ este poema es un país que sueña.”

Desconocido fuera de Colombia, Aurelio Arturo es considerado un “raro” dentro de ella, pese a que su obra íntegra fue reunida, tres años después de su muerte, por Santiago Mutis y J. G. Cobo Borda, agregando a los poemas de Morada al Sur dieciocho más, y pese a que la editorial venezolana Monte Ávila reeditó Morada al Sur en 1975. “Esta obra no es sólo la más breve de la literatura –dice el poeta William Ospina-: es acaso también la única disfrutable palabra por palabra”.

Aurelio Arturo es un poeta con voz propia, sumamente difícil de clasificar; tal vez es posible establecer algunos vagos e incluso lejanos parentescos: Saint John Perse, D. H. Lawrence. “El despliegue de esta obra de sólo treinta y dos poemas –dice el poeta argentino D. G. Helder-: configuran un mundo lírico que no requiere, para su mayor definición y alcance, demás piezas.”

Aurelio Arturo murió en Bogotá en 1974 a raíz de una rotura de aneurisma. Es difícil saber cuáles eran sus proyectos literarios por aquellos años. Algunas fuentes allegadas al poeta cuentan que Arturo tenía en mente el proyecto de un extenso poema sobre el descubrimiento de América.

En las últimas anotaciones del diario íntimo encontrado por uno de sus hijos entre los papeles del poeta, el 24 de octubre del ’74 dice: “Soñar despierto es un vicio muy perjudicial, muchos proyectos y una inacción incalificable…”

Finalmente las aguas de cierran detrás de las proas. Aurelio Arturo dijo su “palabra de vida”.

Publicado en EVT, Año 1, N° 2, Otoño de 1996

 

CANCIÓN DE LA NOCHE CALLADA

En la noche balsámica, en la noche,
cuando suben las hojas hasta ser las estrellas,
oigo crecer las mujeres en la penumbra malva
y caer de sus párpados la sombra gota a gota.

Oigo engrosar sus brazos en las hondas penumbras
y podría oír el quebrarse de una espiga en el campo.

Una palabra canta en mi corazón, susurrante
hoja verde sin fin cayendo. En la noche balsámica,
cuando la sombra es el crecer desmesurado de los
    árboles
me besa un largo sueño de viajes prodigiosos
y hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla.

En medio de una noche con rumor de floresta
como el ruido levísimo del caer de una estrella,
yo desperté en un sueño de espigas de oro trémulo
junto del cuerpo núbil de una mujer morena
y dulce, como a la orilla de un valle dormido.

Y en la noche de hojas y estrellas murmurantes
yo amé un país y es de su limo oscuro
parva porción el corazón acerbo;
yo amé un país que me es una doncella,
un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.

Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne.

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas…

Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,
si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,
¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?,
¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?

(del libro Morada al Sur, 1963)