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Por Celedonio Torres Avalos

“Honor a su memoria luminosa”, escribe Pablo Neruda en adhesión al dolor por la muerte de Javier Heraud en Puerto Maldonado cuando contaba sólo 21 años de edad. Así dejaba de existir una de las mayores promesas literarias tanto del Perú como de toda Latinoamérica, el 15 de mayo de 1963. Su pertenencia activa como guerrillero en el Ejército de Liberación Nacional le costó la vida. Testigos de su muerte detallan que fue disparado por policías y civiles, a pesar de que pudo ser detenido sin necesidad de violencia alguna ya que no portaba armas, y más aún, cuando un compañero suyo había alzado una bandera de rendición. Pese a todo, su poesía, salvo algunos últimos poemas, nunca esgrimió ninguna insignia política.

En la obra de Heraud esa misma muerte aparece como una obsesión casi profética: “La miraré blandamente / (no se vaya a asustar) / y como jamás he reído / de su túnica, la acompañaré, / solitario y solitario”. La muerte es un tema recurrente, plegado de diversos adjetivos, de melancolía, de miedo, de animación, de incógnita, de protesta, de ironía y fe. Recordemos que es un adolescente quien escribe con los ojos de la imaginación abiertos a una realidad tan penetrante como fugitiva.

Otro rasgo esencial de la poesía de Heraud es su original sencillez, una sencillez que parece decirlo todo, con una espontánea madurez, casi traslúcida, que parte de una temática de lo humano, cuyas palabras se convierten en anhelo. Paralelamente esa sencillez se va convirtiendo de una pureza simple a una sinceridad de ideas y emociones.

Dicho carácter permite a Heraud crear en ritmo y en letra una nueva dimensión poética para ratificar una vez más que un pensamiento puede ser dicho de tantas maneras como la infinita visión del arte lo permita. Por ejemplo, ante los versos: “Yo nunca me río / de la muerte. / Simplemente sucede que / no tengo / miedo / de / morir / entre / pájaros y árboles”. No podemos dejar de recordar al Endimión de Keats (a quien Heraud ha leído y también citado en uno de sus poemas): “La noche esparcirá en la húmeda yerba / miríadas de lánguidas hojas, y con ellas moriré, / pues no duele mucho morir cuando el verano muere / en el césped frío”. Junto a Keats mencionaremos a Jorge Manrique sobre un tema que históricamente ha sido tratado con reiteración: el río que desemboca en el mar como símbolo de muerte y liberación; así escuchamos en Manrique: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir”; pero en Heraud cobra otra belleza en su primer libro El río donde el poeta se encarna como un río y recorre las formas de lo humano y su naturaleza circundante fasta llegar al mar de su muerte; su corriente dice: “Llegará la hora / en que tendré que / desembocar en los / océanos, / que mezclar mis /aguas limpias con sus / aguas turbias, / que tendré que silenciar mi canto / luminoso…”.

En Heraud la palabra además de ser una significación es un valor que se evidencia en la fuerza de las mismas. Por eso en muchos poemas la palabra es un poema propiamente dicho sin necesidad de imágenes o metáforas. Esto deja sobresalir una música clara y fluida lograda por el verso corto que en Heraud se puede decir que es una constante, quizás por una necesidad de expresión inmediata y directa que exige esa sencillez ya mencionada.

Más allá de cualquier otro análisis debemos estar conscientes del alcance que este poeta suscita. Para esto cabe llamar la atención a la reciente antología de poetas peruanos publicada por Último Reino Ediciones en la que su elección hecha por el señor Reynaldo Jimenez obvia a una figura tan esencial como Heraud, mientas coloca otras personalidades como Salazar Bondy (con el reconocimiento que se merece) quien fue uno de los primeros en comentar el libro El río, además de su artículo aparecido en las poesías completas junto a otros ensayistas como ser: Washington Delgado, Jorge Cornejo Polar, Gerardo Mario Goloboff, entre otros. Hace más de 20 años que dichos ensayistas han escrito y halagado la poesía de Heraud junto con la repercusión que tuvo su muerte entre altos poetas de la época, y parece que el Sr. Jimenez no ha reparado en eso. No importa. La poesía sobrevive a los más vastos desiertos del Hombre.

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

Link: Poemas / JH, por Norma Perez Martín

Por Norma Pérez Martín

Fallecido trágicamente a los 21 años (1942-1963), en tiempos de crueles enfrentamientos guerrilleros en el Perú, este singular poeta fue llamado por la crítica el “Rimbaud latinoamericano”. La fugacidad del río constituye en su obra, más que la valoración de este símbolo prestigioso en las letras universales, un elemento esencial que Heraud instala con premonitoria lucidez para referirse a un tiempo de duelo y a una época indigente y desarticulada.

La obra completa del joven artista se publicó en Lima en 1964. Sebastián Salazar Bondy subraya en el prólogo las virtudes estéticas del joven nacido en Miraflores y estudiante de Letras de la Universidad Católica de Perú. La poesía, la vida y la muerte se entrelazan en una breve existencia biográfica de J. Heraud.

Washington Delgado escribe, aludiendo a los tres poemarios escritos por el poeta que nos ocupa: “Javier Heraud es el paradigma de una generación y por eso, analizar su obra, es no sólo un merecido homenaje a su memoria, sino además una incursión en la poesía actual y viviente. El río, El viaje y el entonces inédito Estación reunida (ganador de los Juegos Florales Universitarios) constituyen, como dice W. Delgado “un notable acierto expresivo”. Los encabalgamientos sugerentes, los juegos paralelísticos adquieren en Heraud resonancias insospechadas.

La arquitectura poética de este juglar precoz logra ritmos interiores conjugados desde realidades que se cruzan, se apoyan o se enfrentan con singlar maestría. En el libro El Río, premonitorio y de originalidad discursiva asombrosa, presenta cantos donde el autor se asume como río fluyente, río de tiempo, a partir del epígrafe machadiano. El yo explicito del poeta peruano se reitera en sucesivas páginas: el poemario confluye con transparente auto observación: “Llegará la hora / en que tendré que / desembocar en los océanos, /que mezclan sus / aguas turbias; / que tendré que / silenciar mi canto / luminoso”.

En la composición El deseo justifica su agitado tránsito por la vida, cuya brevedad no le impide haber asumido el aprendizaje de un destino paradigmático. Canta así en uno de sus fragmentos: “No me reproches nada: / si he estado ausente / todo un largo racimo / de días apretados, / es porque supuse / que nunca se puede / vivir tanto, / mis manos ya eran / manos sólo para / el clamor y el refugio.”

En una de las cartas dirigidas a su padre, desde La Habana, donde Javier Heraud cursaba con fervor la carrera de Letras y de Cinematografía, confiesa: “Los sufrimientos nuestros no deben tener una vida” (16 de mayo de 1962). Este joven de “poesía diáfana y sosegada”, de “palabra melancólica”, como lo calificara Mario Vargas Llosa desde París, fue un lector ávido, inteligente, sensible. Además, tenía una plena conciencia hacia dónde y cómo apuntaba su mensaje poético. Recuerda el poeta Arturo Corcuera: “Sobre El viaje me hizo revelaciones que atraen ahora mi atención” (pues Heraud le escribe): “es un libro que he escrito como entre sueños. Ni yo mismo sé explicarme ciertas cosas”. El joven Heraud, educado en un colegio inglés de Lima, poseyó una vastísima cultura universal. Dejó testimonios acerca de sus autores preferidos. Tenía gran admiración por Proust, pero la mayor influencia y veneración fue Eliot. De Thomas Eliot heredará el poema épico filosófico, objetivo, con vasto contenido espiritual, llegando, a veces, a citar versos enteros de este maestro de la poesía contemporánea. Heraud sintió atracción por los símbolos tradicionales (el viaje, el río, el tiempo): en el caso del viaje, éste aparece de diversas maneras, ya sea como viaje imaginario por laberintos del yo, ya sea como referencia concreta acerca de sus andanzas por París, Moscú, Luxemburgo, Cuba, Madrid y por el propio país natal. Pero lo importante en su obra lírica es la dimensión estética y el alcance mítico que asume el propio viaje, más allá de los datos referenciales. Para Heraud el río implica el presente: el otoño se alza hacia el futuro y el viaje aludirá al pasado. Siempre habrá en su poesía un dolor mesurado, cauto, raigal, sin estridencias ni calificativos obvios. Su palabra se abre en sugestivas significaciones, entre relaciones y oposiciones conjuntas: “el viaje / del descanso, / o el viaje sin descanso, / el viaje y el descanso…”

Javier Heraud dijo “Yo no me río de la muerte”. Dejó como entrega póstuma página elegíacas tituladas Estación reunida (Lima, 1961). En el canto IX leemos: “estación de desengaño, / qué difícil es reírse de / las cosas / y sembrar la discordia / entre los pájaros”.

En este libro hablará el “verano maldito”, de la “eterna estación del desencanto”, del “sol malvado y angustiante”. Estos calificativos denunciarán la exaltada rebeldía del poeta, en consonancia con su actitud militante asumida en plenitud hasta desembocar en el martirio. Sin embargo, en el poema En espera del otoño confiesa: “La primavera / -digo- / entreabrió mis palabras”. Más adelante se referirá al “otoño sagrado”. Al hablar de la estación otoñal, declara su Arte poética. Dice en Poesía del otoño: “Si te he amado y poseído entre las noches / ha sido porque tu me lo pedías / y porque venías hacia mí, no te buscaba”… “Nunca te he buscado, poesía, / ya no te busco / te siento ahora en mi garganta”… “el canto ya está escrito / y no puedo ahogarlo ni destruirlo / porque contra ti, poesía, nada puedo…”.

Edgar O’Hara, en una publicación colectiva, aparecida en Lima en el año 1980, al referirse a este joven poeta que sigue ejerciendo gran influencia entre las jovenes promociones líricas del Perú, subraya: “En Javier Heraud distinguimos claramente la fusión de los elementos formales y sus significados, los recursos variados de sus libros, incorporando nuevos contenidos”. “Heraud es un poeta que pasa de la individualidad (ese yo en primera voz) a la colectividad (ese nosotros determinante) que destaca su profunda sensibilidad para con el mundo”.

La renovación estética que marca Heraud en la poesía peruana, y la innegable claridad de su lírica, están reconocidas por las traducciones a varios idiomas que se han hecho de sus libros. Su poesía ha vencido a la muerte y nos queda, abierta y libre, para siempre.

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

Link: Poemas / JH, por Celedonio Torres Avalos

heraud

Javier Heraud Perez (Perú, 1942-1963) es uno de los poetas más importantes de su país. “Su corta vida fue un deslumbrante relámpago de energía y alegría”, escribe Pablo Neruda. Profesor de literatura y de inglés, estudia cine en Cuba y realiza viajes a Rusia, Paris y Madrid. En 1960, publica El río, y al año siguiente El viaje. Su vida acaba cuando le dan muerte a los 21 años en su tierra natal. Póstumamente aparece premiado su poemario Estación reunida (1961). Por su parte, Norma Pérez Martín y Celedonio Torres Avalos nos hablan de su obra, vida y trágica muerte.

1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

 

2

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

(Del libro El río)

 

MI CASA

1

Mi cuarto es una
manzana,
con sus
libros,
con su
cáscara,
con su cama
tierna para
la noche dura.
Mi cuarto es el
de todos
es decir,
con su
lamparín que
me permite reír
al lado de Vallejo,
que me permite ver
la luz eterna de
Neruda.
Mi cuarto, en
fin,
es una
manzana,
con sus libros,
sus papeles,
conmigo,
con su
corazón.

(Del libro El río)

 

EPÍLOGO

Sólo soy
un hombre triste
que agota sus palabras

(Del libro El viaje)

 

POEMA

Oscuro es el tiempo y leves
las sonrisas de los días.
El día asume su palidez
de infante: su regocijo se
expresa en las noches
del amor y la venganza.
Es la hora de los muertos,
ahí donde surgen los pálidos
rostros de niños consumidos
por el viento.
Largo es el camino y oscuras
las sonrisas de los días.
(Las tumbas conservan sus
viejos temores, los hombres
sus viejos escritos
y los niños nacen
con nuevos
rencores en los labios).
Y allí donde el día se ofrece
(oscuro regocijo de hierbas caídas)
abro mis ojos a la luz del amor
y de tus labios.

(Del libro El viaje)

 

POESÍA DEL OTOÑO

¿Por qué me acechas de este modo, poesía?
¿Por qué me persigues insistentemente?

Bien sabes tu que nunca te he llamado
Y menos ahora en que espero el otoño
Sentado entre pardas bancas de marzo.
¿Pero qué sabes tú de las cosas?
Nada te puedo explicar.
Si te he amado y poseído entre las noches
Ha sido porque tu me lo pedías
Y porque venías hacia mí, no te buscaba.

Sí, lo sé, no me lo digas,
yo accedí blandamente a tus llamados
ridículo y viejo
sumergido en las montañas y en los mares.
Nunca te he buscado, poesía,
ya no te busco,
te siento ahora en mi garganta.

Yo no puedo librarme de ti,
y no es que esto me haga llorar,
ay,
pero sucede que te vuelves excluyente
y no puedo poseer a la noche y a la luna,
ya no puedo poseer a los ríos ni a los mares
como la poesía de niño:
acariciándolos y dejándolos partir.

Hoy los retienes entre tus finas manos,
y cada noche,
y cada luna,
y cada río,
y cada monte,
es diferente al que grabaste en los árboles,
diferente al que escribiste,
diferente al que ahora imaginamos.

Y así como llenas centenares
de páginas sobre el invierno,
o sobre la primavera,
o contra el verano
o a favor del otoño.

Y siempre repito los mismos mares,
los mismos ríos, las noches,
pero que nunca son iguales para mí.
(Para otros pueden ser idénticos
las lunas o las noches,
o los días del otoño y del verano).

En estos días, por ejemplo,
nos hemos sentado calladamente
a cantar el advenimiento del otoño.
Y qué se va a hacer,
el canto ya está escrito
y no puedo ahogarlo ni destruirlo,
porque contra ti, poesía, nada puedo,
porque contra ti nunca he podido,
porque contra ti nunca podré.

 

ELEGÍA

Tú quisiste descansar
en tierra muerta y en olvido.
Creías poder vivir solo
en el mar, o en los montes.
Luego supiste que la vida
es soledad entre los hombres
y soledad entre los valles.
Que los días que circulaban
en tu pecho sólo eran muestras
de dolor entre tu llanto. Pobre
amigo. No sabías nada ni llorabas nada.
Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y árboles.

Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reír de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tiránica vestimenta.

Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
Y uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

(Del libro El viaje)

 

POEMA

Los pájaros cantan de madrugada en
el sol. Al alba prosigo lentamente
mi subida, cada vez con menos cosas
mías. Voy perdiendo mis recuerdos,
(mi madre, mis amigos, Dios, qué
lejos están de mí). Mis días en los
mares y en las costas, mis días en
las nubes y en los cerros, mis días
en la vida y en la muerte.

(Poema póstumo)

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

Links: Análisis de Norma Perez Martín y de Celedonio Torres Avalos

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