Al encuentro de una sombra

pag. 6Por Rodrigo Astrada
Hace poco tiempo atrás, caminaba con Jacobo Regen por una de las calles centenarias y silenciosas recovas, frente a la plaza principal de Salta ciudad, en una noche de suave brisa e interminables recuerdos.

La presencia tan cercana de Jacobo me emocionaba profundamente; me había desacostumbrado a ello porque habían transcurrido largos años desde aquella última vez que nos vimos en Buenos Aires. Estar con él nuevamente me acercó el pasado.

Esos recuerdos porteños, y fueron muchos, se sintetizaban en largas conversaciones nocturnas en nuestra casa, con Lola, mi esposa –su gran amiga-, con poetas de aquí  y de allá y algunas veces con la palabra serena y profunda de Manuel Castilla.

Eran conversaciones que empezaban en algún momento, tal vez la noche, tal vez cuando se ponía el sol, y terminaban, sin agotarse, con la luz del nuevo día y con el fondo de la última botella de vino. Escuchar su lenguaje simbólico, su decir calmo, sin estridencias, sus conceptos penetrantes y su bondad nos causaban placer y revoloteaban en nuestras mentes por largo tiempo. Así aprendimos a quererlo, a sentirlo muy cerca nuestro, a compartir nuestras vidas.

Todo esto se hizo nuevamente presente en aquella noche salteña, sentados en la mesa de un bar de la recova o en el colonial boliche de un amigo entrañable, ya cerrado para todos, pero no para Jacobo, siempre bienvenido. Recuerdos que también tuve conmigo cuando caminábamos por oscuras calles sin transeúntes de la ciudad dormida, pero con el suave aroma que caía de los árboles.

Fue en una de ellas, cuando Jacobo estaba hablando entrecortadamente y como ausente, que vi delante de él un pozo en la vereda. Se lo advertí, y él me contestó: “Hermano, no te hagas problema, es sólo una sombra”. Esas fueron sus palabras, palabras que sentí como que a él lo circunstancial, lo accidental en la vida humana poco le importa. Él transita por otras sendas trascendentes que lo alejan de lo y que lo acercan a infinitos valores espirituales.

Llegamos a donde me hospedaba después de lago rato, de hablar sobre los espacios no conocidos de nuestras vidas. Fue un fuerte abrazo, ya no hubo palabras. Una vez más todo había pasado.

Publicado en EVT, Año 1, N° 1, Primavera de 1995


Categorías:EVT Nº 01, Jacobo Regen, Opinión

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