La última carta

Narraciones breves

Por Mariano Corrales

Quizá le escribo porque lo tengo prohibido. Estoy convencido que ésta será la última carta, un sapo perseguido por mujeres desnudas y con bufanda. Es lo que siento cuando mis sueños me arrastran a su memoria y despierto solo bajo el recuerdo de mi sudario. Confieso que no me resulta fácil cargar con su fantasma. Habría preferido quemar el títere de la infancia, decirle a la novia que no me enamoré de ella, sino de sus trenzas. Igualmente no quiero convertir esta carta en una sucesión de tentativas sin fin o con la posibilidad de adoptar el simulacro.

Por aquí las cosas siguen conservando el perfil muerto, la cabeza entre las piernas, el diccionario a un centímetro de la bandera, los ojos cerrados marcando el paso de la rosa a punto de parir. Nadie sabe las causas necesarias para abrir el pentagrama, la sangre se ejercita y el silencio se agarra a trompadas. Muchas veces pienso en el casos que nos toca y no obtengo más que diagramas cubiertos de moscas y bichos que nadan al revés.

Sé que la gente anda por ahí, muriendo seguido, masticando dulce, imaginando una bomba en una lata llena de tornillos, buscando un punto donde poder mamar el escape y tragárselo de un golpe. Pero esas cosas ya no asustan, se han construido resortes, helados de conquista, perros para anestesiar la soledad; y no queremos renunciar, es el único juego que no se guarda en los cajones. Somos la fábrica y el paciente.

Le escribo estas cosas porque al fin no lo remedia nadie, es como el fantasma que persigue y mata el ángulo afinado por los años, las sombras que descubren los oscuros platos del gato. La noche ya nos aplasta en su geografía, sólo queda la constelación dibujada, la madera que pregunta por todos, la calle envuelta en su mismo tejido y recorriendo los paralelos pasos de los que escaparon con la serpiente. No hay instante en que la tierra abandone la divina Buenos Aires de su misteriosa comedia, la consumición de su propio sexo en busca de otra verdad, la estrategia de los que meten los pies y olvidan la cabeza. Puedo pensar a estas horas de la noche más claramente, tomar el circo de los vecinos por asalto y armar un castillo con todas las fotos de mi madre.

Los días pasan se convierten en estrategias de estrellatos, camisones sin caderas, tinteros que corren por los pasillos y antologías que ponen de manifiesto la necesidad de quitarle una coma a las comillas. Todos los días veo crecer una mujer en mi jardín, cuanto más crece, la tierra se esconde, se disfraza de murciélago y baila con el viento la sinfonía de todos los cuerpos, de los océanos como espectadores den altas plataformas de aire y sueños. Logro intuir el mandato de la naturaleza en las consonante, pacificando mi espíritu para que su fantasma no se apodere de la luchas y de los hornos donde se quema cada pronóstico, cada metamorfosis que tiene el destino declarado en otro jardín, como la ventana que retrocede dejando un vacío, un espacio a otro nacimiento.

Esperando que las arenas caigan en el momento justo, lo dejo en la médula e ingreso nuevamente en el laberinto.

Suyo,
El Fuego

Publicado en EVT, Año 1, N° 1, Primavera de 1995

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