Sobre una voz llamada Regen

pag. 5Por Alberto Tasso*

Diré como suena en Santiago del Estero, que no es sino una de las múltiples moradas del ser, la voz de Jacobo Regen. Tengo en mi mesa, a la izquierda de mi mano, su antología Poemas reunidos. La presencia del propio Regen, no menos que la de Alejo González Prandi, me acompañan. Alejo me ha pedido que diga esto que escucho desde hace muchos años, exactamente veinticuatro, cuando supe. Después  (ya no seré tan exacto y dejo diluirse la medida del tiempo en el ambiguo después) llegó a mis manos La canción del ángel, creo que reunida por artificio editorial a Umbroso mundo.

La voz, que en principio eran las dos sílabas de Regen, algo así como el atiplado quejido de la única cuerda del arco arrastrándose sobre las cuatro del violín. Cuando un violinista se prepara a ensayar, el instrumento -¿el violinista?- deja escapar unos sonidos que raspan sobre el ánimo como un papel de lija. Si los músicos son varios, como en una orquesta de número, a uno le parece que una legión de carpinteros está puliendo la piel del caballo de Troya, y se siente el dolor del caballo. Eso, nada menos, surge del apellido.

Podría suceder que la vida nos sorprendiera con una de sus incongruencias y que la poesía de Regen fuera exultante, como la de Whitman, edificante, como la de Saint-Jhon Perse, rumorosa, como la de Machado. No es así, sin embargo. Anotemos en nuestro diario que por una vez al menos, lo encontrado confirma lo esperado. Regen no tiene nada para anunciar, nada para describir, y desde luego nada para denunciar. Regen sólo consigna con tesonero abandono uno de los itinerarios del dolor. Iba a escribir “dolor humano”, pero me saltó la certeza de que no hay tal cosa: si todo lo viviente es sensitivo, en todo ser yace agazapado  un dolor dispuesto a enseñorearse del campo. Árbol, caballo, hombre: todas esas son versiones del Regen que leemos cuando su violín, ya finado, ya en concierto, despliega ante nuestra vista aterida su certeza de que la batalla, antes de librarse, está perdida.

Cuando Whitman hace flamear la bandera sensual de sus treinta y siete años de salud perfecta, Regen confiesa que a sus treinta y ocho, el traje y los zapatos pesan más a cada instante. Cuando Saint-Jhon Perse se afirma erguido ante la lata edad de la historia, Regen enumera los quebrados sueños de toda biografía. Cuando Machado quiere dejarnos una espada famosa por la mano viril que la blandiera, Regen no sólo confiesa que no tiene espada, ni escudo, sino que además está entregado: sólo es un centro fácil adónde sabe que caerán las flechas.

Aún si incurro en el mal arte de otra comparación, y aproximo a Regen la figura de ese otro caballero del dolor que fue Vallejo, el contraste es casi intolerable. Valejo caracolea, se retuerce, hasta diríamos que sufre. Regen contempla su estaqueada piel, y la de sus congéneres, con generosa ternura. Como no había esperanza, no hay tampoco el jirón de un sueño traicionado. Por supuesto, todos sabemos que el poema es asunto construido, y, según algunos, con una finalidad explícita o latente. ¿Dónde hacer pivotear el proyecto discursivo de Regen, si admitiéramos por un momento que un poeta lo tiene? Ofreceré una hipótesis, entre tantas posibles. Regen proviene de un microcosmos provinciano regido por una visión clásica y humanística del mundo. Eso está claro en sus asuntos y en su palabra, que nunca quiso sorprendernos con el dejo de un vanguardismo. A lo único que apostó es a dejar de lado toda referencia circunstancial al ambiente: no hay concesión alguno al topos y al color. Un hombre al centro, sí, como el retrato clásico, pero desnudo y sin ocuparse de tratar el fondo. Por lo demás, parece un clásico a la manera argentina, que no tuviera vergüenza de expresarse en lengua castellana, cosa que, como es bien sabido, todo escritor verdaderamente nacional rehuye, cuando no abomina.

Supo escapar de la sombra de [Manuel] Castilla, y con ella, de toda acentuación regionalista. También, de toda la presión de las poéticas porteñas, obligadas por determinismo geográfico y cultural a ser cumbrera de un edificio presumiblemente vacío. ¿Puede entenderse ya la desnudez de Regen?

Por otra parte, Regen nace en una encrucijada étnica: la inmigración hizo estallar las tablas de la ley contra las piedras de los cerros salteños, sin otra inscripción que la del canto rodado. Hay en la escritura de Regen un tono desheredado, de asumido habitante de los márgenes. Su obra se extiende a lo largo de tres décadas que comienzan en 1962: las tres décadas que el mundo empleó en mudar de piel. Regen no quiso quedarse pegado a la antigua, pero tampoco contemplar la nueva. Prefirió dedicarse al propio pellejo, lacerado y sangrante. Como el icono del crucificado, nos invita a considerar que no hay otra realidad posible. Lamentablemente, lo consigue.
* Es poeta, sociólogo, profesor de la Universidad de Santiago del Estero, investigador del Conicet.

Publicado en EVT Año 1, N° 1, Primavera de 1995


Categorías:EVT Nº 01, Jacobo Regen, Opinión

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