El Barbudo ya no se hace más el muerto

El homenaje que se rendirá el próximo martes 26 al poeta Manuel J. Castilla a 25 años de su muerte, en el salón Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, será un reencuentro no sólo con quien fundó en la tierra un lugar para la poesía, sino también con quien hizo de la poesía un lugar para nuestras vidas.

Por Alejo González Prandi

Este salteño, nacido el 14 de agosto de 1918, es una figura ineludible en la letra del folklore del norte argentino y una presencia insoslayable de la poesía americana. Su paisano y también poeta Santiago Sylvester, escribió en el prólogo de El Gozante –una antología poética editada por Ediciones Colihue-: “Si en algo no dudó Castilla en el momento de optar fue en dejar caer decididamente su corazón del lado de América”.

Según un trabajo publicado por el Centro Editor de América Latina para una breve selección poética, el autor de La tierra de uno es “el más significativo exponente del movimiento poético que se nucleó a partir de 1944 alrededor de la revista La Carpa y con posterioridad en la revista Tarja”.

Pero La Carpa no fue sólo una publicación. Sylvester –responsable de un minuciosa y magnífica antología sobre la poesía del Norte argentino del siglo XX- aclara que cuando “se priorizaba la mirada hacia el paisaje de la naturaleza propia, se formó el grupo La Carpa, cuya propuesta regional abarcó todas las provincias del noroeste. Se fundó con el propósito, declarado en su manifiesto, de celebrar el paisaje, la naturaleza primordial, de dar testimonio del hombre en la región”.

En la misma línea se inscribió el grupo Tarja, en Jujuy, que también fue conformado por artistas de distintas disciplinas como Gustavo Leguizamón, Medardo Pantoja, Carybé, Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los de Salta, Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú, entre otros.

Una gran obra poética, largos y profundos viajes por tierra y por sangre, amigos, hermanos, y una huella luminosa en toda nuestra cultura nos dejó el Barbudo –como lo llamaban-, entre zambas, chacareras y baguala, escritas con los músicos más importantes de su época.

El lugar de estar
“Nombra las cosas como quien las convoca y pone en movimiento. Sólo que el movimiento puesto en marcha por Castilla es siempre un viaje quieto, un merodeo. De solo estar se llama otro de sus libros, y allí reside una definición y una manera: estar como quien toma posesión del lugar”, señaló Sylvester en El Gozante.

Quizás esa posesión comenzó a gestarse en su lugar de nacimiento, Cerillos. Los movimientos de su vida lo llevaron a los 18 años a desplegar sus habilidades en el diario El Intransigente. Entre otro de sus oficios, se encuentra el de titiritero, acompañando a Jaime Ávalos y posteriormente a Carlos Luis García.

Las biografías destacan que se casó en 1945 con María Catalina Raspa, con quien tuvo dos hijos: Leopoldo, en 1947, y Gabriel, que nació cuatro años después.

El primero de ellos lo reencuentra para todos en su poema Canción del padre muerto: “ahí vas/ sabía/ que no estabas lejos/ ya te he visto   ya te he visto/ ya no te haces el muerto.”

Manuel recibió importantes distinciones, como el Tercer Premio Nacional de Poesía, en 1966, otorgado por el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación. En 1973, recibió el Primer Premio Nacional de Poesía (trienio 1970-1972).

Desde 1976 hasta que se jubiló fue director de la Biblioteca Provincial Victorino de la Plaza. Murió en Salta el 19 de julio 1980.

Muchos todavía lo recuerdan, leen sus libros y cantan sus versos, y hasta hay quien lo sueña. Antonio Requeni en su poema Manuel Castilla, anoche lo reúne junto a sus amigos Walter Adet, Jacobo Regen y Santiago Sylvester. Así lo describe en ese sueño nocturno: “La risa como un pájaro se enredaba en su barba/ y sus ojos brillaban con la luz de otro mundo”.

El homenaje a Manuel J. Castilla se llevará a cabo el martes 26 de julio a las 19 (2005), en el salón Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional.

 

Niño dormido en un mercado

He visto un niño colgado del techo de un mercado
en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

Dormía en su cuna de lona
entre el chillido verde tierno y hediondo de los monos,
entre ramos de acelgas arrugados,
entre los mágicos y desnudos cuerpos humanos de las zanahorias
junto al hebroso y blanco de las mandiocas

Ahora lo recuerdo
su sueño me quema todavía
con la leche apurada que le daba su madre,
con el pico crepuscular de los tucanes
que lo hubieran tragado como un tamarindo.

El niño era una semilla preñándose en la lluvia
sin saber si iba a ser una flor o una lechuga.

(De Triste de la lluvia, 1977)

 

Libros de M. J. Castilla:
Luna muerta (1943)
La niebla y el árbol (1946)
Copajira (1949)
La tierra de uno (1951)
Norte adentro (1954)
De solo estar (1957)
El cielo lejos (1959)
Bajo las lentas nubes (1963)
Posesión entre pájaros (1966)
Andenes al ocaso (1967)
El verde vuelve (1970)
Cantos del gozante (1972)
Triste de la lluvia (1977)
Campo del cielo (Inédito)
¿Cómo era? (Inédito)

Publicado en el blog La Víspera, el 24 de julio de 2005

Links: Poemas / MC, por JC Tasso / MC, por Berta Bilbao Ritcher



Categorías:Alejo González Prandi, Manuel Castilla

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