La posesión de la palabra

TristefinalPoemas de Manuel J. Castilla

MJC (1918-1980) nació en Cerrillos, Salta. Comenzó a publicar en 1941 con Agua de lluvia, Luna muerta (1943), La niebla y el árbol (1946), Copajira (1949), La tierra de uno (1951), Norte adentro (1954), De solo estar (1957), El cielo lejos (1959), Bajo las lentas nubes (1963), Posesión entre pájaros (1966), Andenes al ocaso (1967), El verde vuelve (1970), Cantos del gozante 1972, Ángeles de visillo (1976), Triste de la lluvia (1977). Además de numerosos premios, obtuvo en 1975 el Primer Premio Nacional y la Faja de Honor de la SADE, 1974. Acompañan los poemas seleccionados, un breve ensayo sobre el sueño en la poesía de Manuel Castilla y un artículo a propósito de la participación del poeta dentro de la música popular. A él, nuestro homenaje.

 

EL TABACO

CUANDO la tierra suelta todos sus fuegos con-
     tenidos
y un turbio hervor de crecientes lame la semilla
        pálida,
desde profundos y humedecidos limos, silenciosa y
        oscura
crece la maravilla de la planta.

Cuando los atardeceres alzan sobre las montañas
         sus recuerdos
pastoriles y bíblicos,
entonces los ríos secos, arenosos, inútiles,
comienzan a desangrarse para siempre.
El verano rojizo y agrio de cigarras,
la oscurecida claridad de pupila de los matos
donde el vino es aun sueño soterrado;
la higuera condenada a sorberse en flor,
el algarrobo que se va para siempre
emborrachando de alojas y lunas a los indios
cuyos pies aplanan todas las danzas y todas las
         arenas;
el chañar que en ese tiempo se dora de años y de
       siestas,
el churqui de astas negras nutriéndose de toros
        muertos,
todo lo que permanece alto o pequeño, pero siempre
        de pie,
todo eso viene a latir en la semilla amarga del
       tabaco

Todo aquello que tiene el sabor de sus hojas:
agrio y amargo y afelpado, como un gusano y
        como una hormiga,
tiene que ser quemado para que el hombre pueda
       beberse el cielo
inalcanzable que le pone techo y sueño a su
        cansancio.

Tiene que ser quemado para las noches campesinas
cuando los fogones del pobrerío miran las estrellas
con fosforescencia de ojos de perro desvelado.
Tiene que ser quemado sobre zambas de los
         carnavales
por el hombre que embiste como un toro
unas caderas que se hacen de pañuelos.
Quemado en los velorios, entre guardapatios recién
          barridos
anticipando el alba de ojos colorados.
Sobre todas las muertes que aun hay que guardar
        velar y llorar
mientras sube a los aires un zumo de canela con vino
y en el rocío brillan las palabras dolidas y buenas
        dichas en el insomnio.

Quemado en los obrajes donde el sol alto cae sobre
          los hachadores
como un hilo de miel que convoca mariposas y
        guancoiros;
por el que grita toros y silba por salinas y punas
y en quien la alegría de los regresos ha muerto pa-
        ra siempre
o se le queda dentro como una mujer a que apenas
         acaricia.
Por el que mira largo y piensa que el tabaco florece
        en la ceniza
con el gusto a metal viejo y polvo transitado
sobre la coca matadora de sueños.
Por los que ven el agua nocturna de los ríos temblo-
        rosa de peces
y cuelgan su desvelado aburrimiento de una vara
       de sauce,
y por todos los viejos en cuyas barbas camina el
        humo
desperezando sus milagrosos ríos azulinos
hasta que el ocio se les vuelve de un quieto azul
        angelical.

Entonces el hombre ve en el humo remoto la distan-
         cia
con que podía medir su corazón y su esperanza.

(Del libro La tierra de uno, 1951)

 

(*)

El aire de la casa era celeste
Si la madre amasaba.

En el horno las llamas de la leña
Torres de hojas de ocaso soliviaban.
“-Es para la semana”-, decía y en la mano
la pala carbonilla de quemada.
Debajo el lienzo tibio
El pan caliente se desaromaba.

-“Vaya cada uno con su palomita”- y a cada uno
quemándole las manos la paloma dorada.

Le estábamos comiendo
las alas a la infancia.

(Del libro Ángeles de visillo, 1976)
* Poema sin título. N. de R.

 

16

a Hover Martínez Borelli

Porque aún no estoy viendo es que lo cuento
En el polvo caliente de adentro de Anta bailaban.

Las mujeres bebían espuma de cerveza
y un vino cuchillero velaba en los hacheros.
Adentro, en la cantina, dormían olvidados
en la mesa larga veinte años de pecho.
Supe de golpe que cada madre, entonces,
zambeaba con el sueño del hijo en el pañuelo.
En la mitad del baile una voz dijo: “Lloran”,
y fueron las mujeres
a ver si era su hijo el que lloraba.
Después volvían el baile y lo bailaban
ciegas, fundando alegres a la vida,
abiertas en el monte a sus estrellas.

(Del libro Bajo las lentas nubes, 1963)

 

EL MENDIGO

a Alberto Austerlitz

Primero fue el desgano, su melosa
suavidad que trepaba y me envolvía,
después la sombra que me encogía
hasta quedarse quieta y silenciosa.

Encima mío lo que se destroza
asienta levemente su agonía.
Trapo tiznado de melancolía,
bulto que está. Ociosidad verdosa.

Estoy aquí. Ninguno se me arrima.
pero yo sé hasta dónde los lastima
la llaga ausente donde yo me olvido.

Ni siquiera los miro. Me ven todos.
Toco la dura roña de mis codos.
Dejo mis ojos en la mano y pido.

(del libro Posesión entre pájaros, 1966)

 

LOS ALEJADOS

Lejanos elegantes pasándole a la nada,
los retratados muertos.

No quiero que me miren
porque no me están viendo.

(Del libro Triste de la lluvia, 1977)

 

EL DUENDE

Aquí pongo mi mano con su plomo
en esta tapia dejo mi sombrero
y porque estoy estando verdadero
hasta yo mismo me pregunto cómo.

Aquí no sé si soy o si me invento
viniendo de la noche y sus negruras,
o si es la mano de mis travesuras
mano del viento o de mi sentimiento.

Vine para que vean que estoy vivo,
que soy ese juguete pensativo
que vuestro niño viejo está manando,

y ahora que me voy y llega el día
con mi mano de lana y mi alegría
les digo adiós pero me voy quedando.

(del libro El verde vuelve, 1970)

 

(*)

Entonces a sus ojos descendió la llovizna.
Su hamaca, sola, se mecía.
Desde sus manos, ya lejana, se iba.

Nos tocaba el cabello
como palpando el musgo de una noche infinita.
Éramos sólo voces, casi pájaros
rozándola en puntillas,
y ella tomaba ese aire y lo tragaba
con nosotros adentro
y con hilos de niebla de nuevo nos tejía.

“Son Manuel esos pasos.
Los de Ricardo pasan más despacio”,
Y los dos le dejábamos la sombra
Para que nos tocara, ciega, por si no regresábamos.

(Del libro Ángeles de visillo, 1976)
* Poema sin título. N. de R.

 

ALBA

Resquebrajosa su mica la mañana
en la montaña seca.
Todo el silencio cabe en la rojiza
claridad de la greda.

Camino de la mina, los mineros
son un gajo de piedra.

(Del libro Copajira, 1949)

Publicado en EVT, Año 1, N° 2, Otoño de 1996

Links: MC, por AGP / MC, por JC Tasso / MC por Bilbao Ritcher

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