El traje

Por Hernando Tellez

Él sabía que en esos meses del año, de octubre a diciembre, la luz solar, con muy lentas variaciones en el ángulo de proyección, lo despertaría. La ventana de su habitación miraba hacia el oriente, hacia las colinas. Y, claro está, el sol se empeñaba en penetrar a través de la diáfana muralla de los vidrios y de la oscura muralla adicional de la persiana. Buscaba con madrugadora solicitud, la rendija perpendicular, ese vano entre el marco y el store para afilar allí su lanza aurificada. El golpe de la luz lo hería en el rostro, le cortaba de un tajo luminoso, la frente, la nariz y los labios. Le despedazaba el sueño. Y en el impulso, la afilada lanza solar extendía su estela de átomos sobre el lecho grande y ordenado. La habitación, a media sombra, parecía momentáneamente una sala de cine, con su proyector encendido.

Sabía que ahí estaba el sol. Que era ya tiempo de acabar, de salir de la soledad y de la noche. Entonces se desperezó. Sacó los brazos por encima de las frazadas y luego se incorporó a medio cuerpo, apoyando la espalda sobre una almohada. Miró, como tantas otras veces, la maravilla que el sol le preparaba por esta época del año. Y sonrió son satisfacción, como si el mismo fuera el autor de ese efecto escénico. Luego, como tantas otras veces, inventarió la alcoba. Gustábale pormenorizar esos detalles: los colores de los muros, el de la única, solitaria flor en el vaso de cerámica, el de la copia de Van Gogh en la pared del fondo –una niña honesta, cándida, invulnerable de pudor y de simplicidad, sentada en una silla, con las manos poéticamente alargadas y en reposo- la puerta entreabierta, tal vez demasiado clara, del escaparate. Y de las diminutas burbujas plateadas del agua en el vaso de cristal, sobre la mesa de noche, único viático dejado allí siempre para la potencial sed nocturna.

Satisfacíale en esa primera hora del despertar, confirmar los contrastes, reafirmar sus certidumbres en el mundo de los colores que acaba de renacer, otra vez, después del naufragio entre las sombras. Y así, iba rectificando el verde oscuro del muro principal con el blanco del escaparate; el rojo impaciente de la flor con el oliva tenue y apacible del muro lateral. Además, le parecía que estaba bien la alternativa constante entre el gris anodino e imparcial de la alfombra con el caoba de las maderas. Era su mundo. Su intimidad. Todavía demoraba el momento de levantar la persiana, de dar vía libre a la totalidad de la luz y, por consiguiente, a la invasión de lo externo, de lo ajeno, de “lo otro” de lo que estaba afuera, en la calle, más allá de su vida. Así, sumergido en la semiluz, en la semipenumbra mañanera, defendido aún, por unos instantes más, de lo extraño y realmente diurno, el universos de su intimidad le parecía más completo, más sólido, ,más limitado. Gozaba secretamente con esa convicción de encontrar todas las mañanas, al despertarse, vigilantes a la orilla de su existencia, todas las antiguas cosas que lo habían acompañado inmemorialmente: el reloj de pulso sobre la mesa, el vaso en el agua, el libro en el suelo. Inclusive, una púdica ternura lo invadía ante la callada y servicial espera de las pantuflas que acechaban, sobre el suelo, su primer paso. Y su vestido, vacío de su cuerpo, tendido sobre el espaldar de un asiento, le parecía una tácita e irrefutable confirmación de su vida.

Sí. Era su mundo. Fronterizo de otros mundos. Pero suyo. Veinticinco, acaso treinta años había demorado en hacerlo, en construirlo. ¿Tanto tiempo?, pensó. Y siguió mirando, repasando sus cosas que le daban una sensación de seguridad y de bienestar en medio del universo. Le parecía que cada uno de los objetos que había allí, corroboraba su existencia, su paso en el tiempo, ese su deslizarse entre las horas y los años. Cada unos de sus objetos modulaba una sensación marcaba un hito, señalaba una esperanza, acotaba un propósito, limitaba y satisfacía una aspiración. Le envanecía sentirse creador exclusivo de todo ese pequeño cosmos de símbolos que era su alcoba. Había sido, él mismo, el supremo arquitecto. Su vida quedaba expresada a través de la callada elocuencia de las cosas que lo rodeaban. Por la puerta entreabierta del escaparate vio, sin embargo, algo que no era definitiva y exclusivamente suyo. La tela, muy leve, de un traje femenino colgado allí, caía aún con cierta gracia lineal, como si la pulsación humana que le había estremecido quedaría aún entre sus pliegues. A la vista de ese traje sintió un derrumbe interior, una dura e invencible congoja que se le hizo intolerable en medio de ese principio matinal de la felicidad, de la soledad, la paz y la posesión de su alcoba. Esa posesión, pensó entonces, había estado compartido en el amor, en la voluptuosidad y en el tedio. Y ahora se encontraba solo, dueño único y absoluto. Pero el traje era una presencia y un testimonio. Alguien se había ido. Y era cierto que no podía regresar. Se levantó del techo. Tiró nerviosamente del extremo de la persiana. La luz solar se apoderó de todas las cosas y fue, poco a poco, dorándolas y embelleciéndolas. Se sentó en el borde del lecho, derrotado en medio del esplendor matinal. Y, de espaldas al traje, un poco vergonzosamente, se pasó las manos por los ojos, mientras sentía que un caudal de sales amargas le llegaba a la garganta.

Publicado en EVT, Año 1, N° 3, Invierno de 1996

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