Erotismo: violencia y ternura

Por Victorio Veronese

El erotismo es vida, es decir, poesía. Es el lenguaje de los cuerpos elevados a su máxima expresión. Es el principio más profundo, el que nos hace conocernos más y mejor. No sólo nos permite afrontar la realidad cotidiana, nos ayuda a superarla, como en la poesía, como el arte en general. Nos revela que hay otra vida y no está en otra parte, el erotismo es de este mundo. A este mundo para vivirlo en plenitud debemos “someternos” libremente al juego del erotismo. En definitiva el erotismo es un juego, y como todos los juegos produce placer. El placer es una necesidad presente, de vivir aquí y ahora, de saber y sentirse ser y sentirse ser, ser plenamente. Vivir el placer con culpa es condenarse a sobrevivir, es apostar por la infelicidad, por Thánatos.

Ante una mente inquisidora toda relación erótica es degradación. Una sociedad que condena el encuentro de dos cuerpos que van en busca del placer, es una sociedad enferma. Los cuerpos no fueron concebidos sólo para la abstinencia, el sufrimiento, el dolor, también fueron concebidos para la abundancia, el placer, el entusiasmo, la alegría. ¿Cómo el placer, el goce, el entusiasmo, la alegría, la felicidad de los cuerpos puede ser degradante? Qué mayor alegría que dos cuerpos que se aúnan, se suman, se conjugan, se anudan, se atan, sin perder su identidad, afirmándola. La alegría de dos cuerpos que se confunden, es el logro más preciado de los cuerpos. Tal vez en ese encuentro esté el sentido de la vida, en ese instante lo finito se convierte en infinito, allí sabemos, sentimos, que los astros giran en sus órbitas.

Todas las metáforas escritas por el poeta tienen en ese encuentro, en esa unión, en esa suma, su verdadera, y tal vez, la única dimensión. Gracias a ello podemos transformar el infierno en paraíso, el invierno en primavera.

El erotismo es la manifestación más profunda del bien, es el único paraíso al cual los cuerpos tienen acceso. El bien nace de la relación de esos cuerpos que van al encuentro del placer. En ese instante único los sexos fundan la eternidad, vencen a la muerte, en ese instante somos eternos, infinitos, inmortales.

Toda relación erótica es optar por la vida.

El erotismo nos hace escuchar el silencio del mundo entre susurros y gritos y ayes de alegría, porque es celebración de la vida.

No comparto los conceptos de que el amor es una elección y el erotismo una imposición; ni el erotismo es una imposición ni el amor es una elección. Rimbaud no eligió ni se impuso ser poeta, la poesía, vaya a saber uno porqué designio, lo eligió y se le impulso a él, a Arthur Rimbaud. Picasso no eligió la pintura, la pintura lo eligió a Picasso. Con el amor y el erotismo no sucede lo mismo, nadie elige amar a esta o aquella mujer, a este o aquel hombre. Nadie se impone el amor; el amor, vaya uno a saber por cuáles designios, nos impulsa a amar a ésta y no a otra mujer, a éste y no a otro hombre.

No sé si la vida sería más fácil o más difícil, pero estoy seguro de que sería distinta, si uno dijera: “Voy a escribir El Quijote sí o sí”, y escribe El Quijote. Si el proceso fuese así, seríamos todos Cervantes, seríamos todos genios.

Muchos han leído y vivido más que Neruda, muchos han trabajado más que Neruda, pero no hay escrito Residencia en la Tierra, y jamás lo escribirán. ¿El por qué? No lo sé. Y estoy seguro de que ninguno lo sabe. O sí: Dios, si es que existe.

Erotismo es testimonio, el testimonio más sublime, más excelso, más eminente del quehacer de los cuerpos; es el quehacer de los cuerpos en su más hermética transparencia porque nace de lo más profundo del ser; es lo invisible que se deja ver a condición de seguir siendo invisible; es lo inefable que se puede comprender, siempre y cuando permanezca inefable. En ese instante, en ese pequeño infinito, donde los cuerpos se muestran y demuestran que vienen y van de un mundo a otro mundo, que es este mundo.

El erotismo es la más libre manifestación del ser; allí los cuerpos se reúnen para celebrar la creación del Universo, para agradecer y oponerse a Dios.

Lo que moviliza el acto erótico es el deseo, la imaginación, la necesidad de trascender; y no sólo de trascender, también la necesidad de ser, de ser aquí y ahora; lo que moviliza el fenómeno poético es la imaginación, la necesidad de trascender, también de ser, de ser aquí y ahora. El erotismo es poesía porque la poesía es erotismo: es el erotismo de la palabra en su más elevada significación. El erotismo hace que el instinto animal del sexo se convierta en fenómeno poético, es decir, en hecho estético, diferenciándose de lo obvio, de lo obsceno, de lo pornográfico.

El erotismo convoca verdades opuestas: violencia-ternura, odio-piedad. Estas verdades opuestas son el vasto territorio del erotismo. Los cuerpos tienen necesidad de verdad y belleza y lo logran a través de la relación erótica. En ese vasto continente la verdad está colmada de violencia y ternura; la belleza, de ritmo y armonía. El ritmo de los cuerpos de los amantes no es un ritmo más, es un ritmo único. La armonía en los cuerpos de los amantes no es una armonía más, es una armonía singular.

La violencia en el erotismo es una de las formas de manifestación de la angustia existencial, es una necesidad de odio, pero no de odio-hacia-el-otro, es odio-con-el-otro: odio hacia la finitud de los cuerpos. Los cuerpos no aceptan que la muerte convierta la vida en un destino, en un no ser, en una nada, en Nada. Justamente porque no podemos dejar de ser víctimas de Thánatos, es que en ese instante infinito de la suma de los cuerpos, agradecemos y desafiamos a Dios y ofendemos a la Muerte. El odio, la violencia nace de saber que en ese instante infinito llegará a su fin. Por eso Dios, si existe, tendría que tener piedad de nosotros y comprendernos más y amarnos mejor. Sólo él y nosotros sabemos cuánto dolor y cuánta angustia nos produce ese fin, ese acabamiento, ese dejar de ser; allí, en ese encuentro de los cuerpos, en esos pequeños infinitos, en esos pequeños ensayos de lo que va a ser esa gran y última representación que es la muerte, se origina el odio, la violencia de los cuerpos en toda relación erótica.

La ternura en el erotismo es la piedad elevada a su más eximia expresión. La ternura es el otro rostro de la angustia existencial. Es necesidad de ser piadosos, piadosos-con-el-otro, por la misma razón que odiamos-con-el-otro: piadosos por la finitud de los cuerpos. Sin piedad no hay erotismo. Sí, la ternura, es decir, la piedad, como el odio, nace de saber que ese instante infinito llegará a su fin.

Violencia y ternura, odio y piedad son los rostros visibles de la rebelión de los cuerpos. Y no hay rebelión más justa que la rebelión de los cuerpos. Y esto Dios –si existe-, lo sabe.

Erotismo es comunicación, es la forma más profunda, clara y transparente de conocimiento, de sabiduría.

La poesía es también comunicación, conocimiento, sabiduría.

La relación erótica es la consumación del deseo: el deseo es el principio y el fin de todo acto erótico. El deseo nos impulsa hacia la creación de ese instante donde los cuerpos arriban a todos los puertos después de haber surcado todos los mares. El deseo moviliza a los cuerpos. El deseo nos hace ser haciéndonos. El deseo nos hace ir en busca del otro; ir en busca del otro es ir hacia uno mismo, es la manera más profunda de estar en el mundo, la más terrenal, la más humana, la más divina, la más celestial.

Publicado en EVT, Año 2, Nº 4, Verano de 1996/97

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