Poemas de Rafael Oteriño

oteriño

NOSOTROS

En estos muros hubo nieve.
Estas guardaron los cuerpos más de un invierno.
Este techo era altísimo: tocaba el cielo.
Esta puerta se abrió a mi paso antes de que vinieras.
Esta casa fue nuestra casa.

Nada desconocido puede sucederme ahora.
Lo que me cuida, lo que me protege, pagado está.
Ninguna infancia es más numerosa que su recuerdo.
Incluso el presente podría haber sido adivinado.
Ayúdame a decir: no temo.

¿Adónde nos conocimos? ¿En qué levantada mano no
               estabas?
Nosotros marchábamos ligero, ligero;
las cosas iban quedando atrás despacio, despacio.
Debió hacerse noche para que nos viéramos:
ahora todo se ha vuelto casa, incluso el mar.
                                                                 A S.

(Del libro Lengua madre, 1995)

 

MARCHAMOS

Marchamos porque queremos el viento
de la mañana en los ojos.
Marchamos porque la negra noche
nos llama desde muy atrás,
y no queremos ir
y no queremos hundirnos
en su negra piel.
Marchamos por piedad,
por desobediencia marchamos.
Marcha el hijo, marcha la madre,
todos marchamos.
Y en la soledad de una piel
y otra piel,
un hilo de luz nos conduce más lejos,
una falla del planeta
en la que nos volvemos a mirar
sin reconocernos.

(Del libro La colina, 1992)

 

VISITANTE DE LA NOCHE

Toda la noche hemos estado velando,
los cerrojos están a punto de estallar
de tantas vueltas que hemos dado a las llaves;
la ropa fue recogida y guardada en los cajones
y nada ha quedado afuera, sólo una luz encendida
para aventar sospechas.
                                      Y ahora que amanece,
¿qué forma tendrá aquello que guardábamos?,
                                       ¿quién nos puede decir
que no estuvo la noche entera al pie de nuestro lecho?

(Del libro Rara materia, 1980)

 

ROBINSON
III

En todo momento he pensado en ti:
te he visto en sueños con la carpa blanca de los que
        se despiden,
te he cruzado de noche con la sonrisa de los
        desesperados:
los ojos muy abiertos como si todavía quedara
        alguna revelación.
Y he recordado de qué manera inventabas noticias
        del otro lado del mar;
cómo buscabas cada día el leve abrazo del amor:
cimas momentáneas, momentáneas auroras.

Sé que ahora mismo cruzas sobre las aguas
como el pastor en la planicie desnuda,
como el guardián con su hato de llaves,
como el que busca inútilmente la luna con un
        candil
Y sé que nada de eso encontrarás porque se ha
        Perdido,
porque tu lengua se ha vuelto demasiado extraña.
Y no sé si el tiempo o el espacio te lo devolverá.

(Del libro El invierno lúcido, 1987)

 

UNA PALABRA

Para decir: piedra
pez, viento, paloma,
tuve que vivir.
Para nombrar un barco,
Para decir estela,
horizonte de mar, bahía,
tuve que vivir.
Para virar,
para guiarme por las estrellas,
para seguir un rumbo fijo,
tuve que vivir.
Para señalar el Norte,
para enviar un mensaje:
hermosas días, hermosas noches,
tuve que vivir.
Tuve que vivir
para decir caballo: mi caballo.

Todo debió pasar
por mis pies, por mis manos,
tocarme, golpearme,
penetrar mi piel
como el lento acoso de una fiera.
Para afirmar: “este es el aire
y el fuego”,
“esto lo líquido y lo sólido”,
y que aire, fuego,
líquido,
sólido,
desnudaran su corazón de medusa,
su confundido aroma.
Más allá de todas las preguntas,
por encima de todas
las tentaciones,
tuve que vivir.

Para decir una palabra,
para decir una sola
palabra,
la primera palabra
y la última,
para que naciera esa palabra,
tuve que vivir.

(Del libro La colina, 1992)

 

EL NADADOR

El ágil golpe de piernas, la zambullida, los brazos
girando acompasados mientras la orilla queda atrás,
demostrarían, a primera vista, felicidad,
triunfo sobre lo natural estable;
sólo que el cuerpo ignora setenta metros de oscuras
    aguas debajo
y peces que ríen del esfuerzo torpe, sin dirección,
y barcos que se bambolean repitiendo: “todo vuelve
   a sus legítimos dueños”
y líquenes ganados por una pereza fantasmal
y la estrella, por fin, en el lecho que tanto buscó,
mientras en la superficie el nadador nada, nada

(Del libro Rara materia, 1980)

 

ESA MAÑANA

Esa mañana, al despertar,
pensé en la semilla que se pierde,
en la que da frutos;
pensé en el revés de la hoja,
en la hoja entera que da su mirada al sol;
pensé en la rama que no alcanza
más allá de los techos
y no puede ver el mar;
pensé en la cola de pez que se agita en la arena,
en la pluma de pájaro que la desafía;
pensé en la cuerda que se estira
y en la cuerda que se corta;
en la lágrima que resiste
y en la que se derrumba y penetra en la tierra;
pensé en el jardín que se seca
y en el jardín que florece en el tiempo
y vuelve cada noche
a dibujar el mapa de nuestro valor;
pensé en un rey, en su reino;
en una puesta de sol, en el sol;
pensé en las piedras blancas que rodean mi casa.
Pensé y lloré.

(Del libro La colina, 1992)

Publicado en EVT, Año 2, Nº 4, Verano de 1996/97

Link: Entrevista a RO

One thought on “Poemas de Rafael Oteriño

  1. Pedro junio 16, 2010 / 1:40 pm

    increíble este poeta. gracias por acercarnos este tipo de poesía. voy a buscar más información sobre él

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