Un encuentro con el silencio

Entrevista a Rafael Oteriño

Recibió en junio de este año (1996) a EVT en su casa de Mar del Plata, donde actualmente reside. Entre la poesía y su profesión de juez, encuentra el silencio como un camino para reconciliarse con el mundo. Sus libros de poesía son: Altas lluvias (1966), Campo visual (1976), Rara materia (1980), El príncipe de la fiesta (1983), El invierno lúcido (1987), La colina (1992) y Lengua madre (1995). Entre otras distinciones, ha ganado el Primer Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación (1985/88). Desde 1993 es miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras.

Por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos

La primera pregunta es sobre tus inicios en la poesía, tu juventud poética. ¿Cómo comenzaste?
– Debe haber sido a los quince años, y para llamarles la atención, voy a decir que empecé admirando la poesía gauchesca. Pero esa poesía gauchesca me llevó rápidamente a la poesía de paisaje, de naturaleza, como es la de Ricardo E. Molinari, y con ella me parece que entré a la verdadera poesía. Lo que estaba en el espectro de las lecturas era Lugones, Banchs, por supuesto Borges. Sí, allí encuentro el verso que me gustaba, que es el verso largo y descriptivo. He publicado seis o siete libros y han pasado veinte años o veinticinco desde mi primer libro, que es del año 1966. Así que este año se cumplen treinta desde mi primer libro.

¿Cómo se articulan tus dos ocupaciones, la de poeta y la de juez?
– Se conjugan, no es que necesariamente se lleven bien ni que se trate de lo mismo; no es lo mismo, de ninguna manera. Estudié abogacía para ser juez, porque creí y creo que hay un orden, y a la vez fui poeta y sigo haciendo poesía porque creo que ese orden no lo explica todo. Las dos trabajan sobre la palabra, las dos suponen un distanciamiento; no son actividades sociales; y yo soy más bien una persona aislada, que lo que hago es sentir, meditar; y mi poesía trata de ser una meditación, y mi sentencia, por cierto, reflexiona. Como diría Robert Frost, de una inquietud, un significado; de una duda, un significado. Pero evidentemente la poesía no es una ciencia, y el derecho sí lo es.

¿Qué queda después de terminado el poema?
– La tarea de escritor es como una exploración. A veces se alcanza un pequeño esclarecimiento de la vida, de una zona de la que se puede hacer pie. Quedan, no obstante, un montón de zonas oscuras, hasta que aparece otro poema que trata de explicarlas. Y al cabo, haciendo pie en esas pequeñas islas esclarecidas, se van sacudiendo los libros. Son verdades provisorias, que sirven un momento.

¿A qué elementos atribuís mayor importancia en un poema: a la música, a la imagen, a la temática?
– A la primera línea. En la primera línea está todo cifrado. Da todo el desarrollo musical que va a venir después y, normalmente, tiene encerrado el concepto. Lo que sucede es que no lo tiene explícito. En ese momento me viene a la cabeza la primera línea de las líneas circulares de Borges: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. Bueno, lo que viene después ha de explicar ese desembarco.

¿Qué pasa cuando el sentido inicial del poema pierde su rumbo?
– Si el poema se pierde en la tercera, cuarta, quinta línea, quiere decir que el poema no lo domina; no tenía claro lo que estaba por decir. Pero como la poesía tiene tanto de musical, quizás termina diciendo otra cosa. Cuando me he dejado llevar por una idea poco clara, termino en un balbuceo que no significa nada: me he dejado llevar sólo por la música de la palabra, y para mí basta.
Yo busco que cada poema tenga un sentido por detrás. No hago poesía que no comprenda. Escribo para esclarecer algo, pero busco, por lo menos, tener una necesidad de cada poema. Yo sé porqué existe cada poema.

Una razón de ser de cada poema.
– Sí, tengo ese propósito: tener muy claro y definido que cada poema trate una situación y desarrolle una situación, pero no hacer un mosaico para componer entre varios poemas, lo que no puede decir en uno solo.

En los últimos libros tuyos, sobre todo en La colina, hay una suerte de poeta hablando de la poesía, el poeta indagando, refiriéndose a la poesía.
– Sí, por supuesto. Pero no es algo original mío, es uno de los temas de la poesía de los últimos años: el poeta refiriéndose a la poesía. En mí siempre está la reflexión sobre el poema, el poema dentro del poema o el poema explicando el poema.

oteriñoEn tu poema La Poesía hay un verso que dice: “Cada poema es un sacrificio”. Lo relacionamos con el tema de la creación, ¿no? ¿Qué es la creación?
– Evidentemente es un proceso grande el de pretender crear algo. Yo utilizo la palabra creación. Para muchos la palabra creación es una palabra reservada a lo divino. Yo creo que uno crea algo, y es un sacrificio en la medida en la que uno apuesta a la vida.

Entonces, en qué consistiría ese sacrificio.
– La poesía no siempre es explicable. Tal vez ese sacrificio alude a la frustración de no hacerlo alcanzado. Uno se sacrifica porque apuesta su potencia y de golpe descubre que no tiene nada en las manos. Podrían valer aquellas reflexiones de Borges (citando a Carlyle) que decía: “Toda obra es deleznable pero su ejecución no lo es”. O sea, el propósito es noble, ahora, el resultado normalmente es pobre. Ahí está el sacrificio. El resultado no tiene la estatura del propósito.

En otro poema vos decís: “Para decir una palabra tuve que vivir”. Es decir, que en el poema el lenguaje no lo es todo.
– Tal vez yo esté hablando de la legitimidad de cada verso. Cada verso resulta legitimado en la medida que está sustentado por una experiencia de vida. No creo en la poesía solamente verbal, de un lenguaje aislado de la experiencia, sino en una experiencia que alimenta el lenguaje. Por eso está dicho de esa manera: “Para decir una palabra (…) tuve que vivir”. Para poder nombrar pez, viento, paloma… tuve que vivir. Si no lo hubiera vivido, no tendría autoridad para decirlo. Esas palabras preexisten a mí, pero para poder yo utilizarlas tengo que haberlas hecho pasar por mi experiencia. Y así, entonces, el poema se legitima.

¿Sos feliz escribiendo?
– Realmente, sí. Soy feliz inclusive con el silencio. No escucho radio, tampoco escucho música. Sé que es una falencia, pero el silencio es tan rico… Con la poesía, escribiendo o leyendo o aprendiendo de los que leo, me alcanza.

¿Cuál es la tarea del poeta frente a los hechos de la historia? ¿Hay que escribir con un compromiso?
– El tema del compromiso en la literatura tiene una sola respuesta hecha para siempre: el compromiso es, principalmente, con la literatura. El primer compromiso es escribir bien, es ser buen heredero de la tradición, que existe.

¿Qué papel o importancia ejerce el lector en la creación poética?
– Ninguna creación se hace pensando en el otro. Si hay un lector ideal, hay un público ideal que cada uno fabrica. A veces tiene un rostro definido, y a veces un rostro indefinido; es un conjunto de personas, una dirección donde uno apunta. Pero uno escribe por una necesidad absolutamente interior. Así que no lo veo como una necesidad que se deba plantear el poeta; yo, por lo menos, no me lo he planteado. Más bien me preocuparía el día que me empiece a preocupar por la falta de lector. Siento que escribo porque es una fatalidad, porque no puedo hacer otra cosa, o porque es lo único que sé hacer. Porque es el modo que tengo de explicarme el mundo. Y si después aparecen lectores, bueno, mucho mejor, por supuesto. Si estoy utilizando una expresión convencional como es el lenguaje, evidentemente pienso que otro lo va a leer. Pero si no hubiera otro, seguramente lo haría igual.

¿Crees que la extensión espiritual del poeta puede prescindirse de la idea de Dios?
– A los veinte años uno siente que puede vivir sin Dios. Luego, va apareciendo esa pregunta, y estoy muy atento a ella. Por eso es que me interesa tanto el silencio, porque ahí es donde aparece.

¿Qué opinión te merece la poesía de los jovenes?
– Cuando yo era joven había una poesía pésima y una poesía muy buena. Hoy no hay una poesía pésima, hay una poesía decorosa. Pero a la que le falta una gran respiración. Falta paisaje, y al no existir un paisaje definido, no se diferencian unas voces de otras. Hay voces interesantes como la de Malatesta, de Santa Fe.
Al poema hay que trabajarlo, llevarlo a destino. Hay un poema en el que digo: “Barquillo de papel en el que debes conducir a un puerto seguro”.
Ahí está, esa es mi poética. La idea de un poema no nace de un cantito de sirenas, unos ruiditos. No. Es una superposición entre emoción e idea.

¿Cuál es el consejo que le darías a los poetas jovenes desde tu experiencia a treinta años de tu primer libro?
– Todos hemos publicado y mucho, pero el primer consejo sería no precipitarse a publicar, porque hay tiempo. Y leer mucho, no importa si aparecen influencias. La literatura está plagada de influencias y está allí, para que aprendamos de ella. Y si se nos filtra una línea ajena, reconozcamos que fue por admiración. Leer y disfrutar, entonces.
Por otra parte, ser servidor de la poesía y no esperar que la poesía nos sirva. Realmente no nos ha de servir para nada. Pero si nosotros podemos servir a la poesía como lectores o como poetas, aportando una línea o manteniendo encendida la llamita de la creación, ya es bastante. Pero no se puede esperar gloria, éxitos, reconocimientos, a través de ella. Bastante don es poder escribirla.
El consejo sería que prueben si pueden estar a solas con el silencio.

Publicado en EVT, Año 2, Nº 4, Verano de 1996/97

Link: Poemas de RO

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