Un tren a Venus

Anécdotas, reflexiones y recuerdos de Francisco Madariaga.

Entrevista realizada por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos

criollo

Mis recuerdos más felices son los paseos en las grandes lagunas, las cabalgatas, el conocimiento de los gauchos más viejos, y más antiguos, que hablaban nada más que guaraní, no gauchos de opereta, sino gauchos como del siglo pasado; el conocimiento de las viejas y de las brujas, de las hechiceras más antiguas.

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En Buenos Aires, empecé a conocer poetas. Conocí a Alfredo Martínez Howard, que me presentó a Enrique Molina. Después conocí a Olga Orozco, a Aldo Pellegrini y finalmente, en el ’54, a Oliverio Girondo. En otro grupo conocía a Edgard Bayley, con quienes fuimos grandes amigos personales. Con todos ellos íbamos mucho a la casa de Girondo. Él llevaba mucha gente de literatura, no solamente de acá, sino también de afuera.

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A Girondo me lo presentó Aldo Pellegrini, en la calle Florida. Era un día de diciembre, de un calor tremendo. Aparece Girondo todo vestido de blanco y con un gran sombrero negro, medio apaisanado, me mira a la cara y me dice: “¡Carai!, qué cara de comisario de campaña que tiene usted”. Nos metimos en el Jockey Club, una confitería que estaba en Viamonte y Florida. Ahí lo conocí.

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Hasta los catorce años viví en Corrientes, en pleno campo, en la época más bravía del farwest correntino. Una región muy salvaje y muy bella. Cuando estaba en el campo no había tenido contactos literarios, salvo dos o tres extraños libros que mi padre conservaba en un arcón de madera. Eso era lo único que conocía cuando llegué a Buenos Aires.

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En los encuentros en la casa de Oliverio, no se leía mucho. Iban intelectuales y artistas de distintas tendencias. Girondo, en ese sentido, era muy social. Lo mismo Norah Lange, su mujer. Era un hombre acostumbrado a ese tipo de cosas. Alejandra Pizarnik que era muy jovencita, iba mucho. Neruda iba pero se ocultaba. Cuando llegaba, llamaba a Oliverio y le decía: “Oliverio, quiero estar tres días en tu casa sin que moleste nadie del Partido Comunista. No quiero saber nada. Presentáme poetas, no políticos. Después cumpliré con mis obligaciones”. Se quedaba tres días y tres noches durmiendo en lo de Girondo. Pero a Neruda no llegué a conocerlo. Poquitito antes de que yo fuera a lo de Girondo, él ya dejó de ir. Y así a Federico García Lorca lo tuvo más de una vez en su casa, cuando vino en el ’36. Eran grandes amigos. Los tres, Neruda, García Lorca y Girondo eran muy amigos.

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En mi telaraña infantil
Sucede Oliverio Girondo

Pablo Neruda

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Mi primer poema lo escribí a propósito de un viaje en tren. Me acuerdo que este tren paraba en la estación de Concordia. Estando en el camarote, junto enfrente de la casa “del inglés”, que era el jefe de la estación, donde tenía un gran jardín, veo un busto de Venus. Entonces, le pregunto a mi mamá y ella me dice: “Es un busto de Venus, que era una diosa griega”. Así surgió mi primer poema. Lo conservo por ahí. Nunca lo publiqué. La imagen de un busto, visto en un jardín, desde el tren.

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Oliverio era un hombre de grandes humos; a veces era muy sarcástico, y en otras se encolerizaba. Era muy bueno, pero claro, tenía sus momentos de cólera. Era generoso con artistas que habían caído en desgracia económica, como a Figari, el famoso pintor uruguayo. Lo mismo pasó con Jacobo Fijman. El primero que lo internó fue Oliverio, que lo ayudaba porque estaba en la miseria. Creo que también lo becó a Petoruti, el pintor, y a otros más que ahora no me acuerdo. Son cosas que él no me contaba, sino otra gente.

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El primer choque con la literatura importante fue con Rimbaud, en el Colegio Nacional. Descubro de golpe a Rimbaud, a través de Martínez Howard. Después vino una lectura muy mezclada de todo tipo de poesía de todos los tiempos. Española, no española, romántica, hasta que de repente, a través de Enrique Molina, conocí el surrealismo bien traducido, sobre todo por Aldo Pellegrini. Fundamental como choque, como experiencia estética, aunque nunca fui totalmente surrealista, por lo menos al estilo europeo. Por una razón: el surrealismo europeo abolió el paisaje en su poesía en nombre del rechazo de la hipertrofia de la razón, en nombre de la rebeldía. Se olvidó del paisaje, salvo el caso excepcional de George Schehadé. En cambio, en América y en África el paisaje se mete dentro del surrealismo.

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Antes de publicar mi segundo libro, le dije a Oliverio que me corrija la sintaxis. Yo tenía una sintaxis muy endemoniada. Entonces, por las noches iba a lo de Girondo, y él con un gran lápiz que tenía, me hacía tachaduras, y se enojaba: “¡Pero carajo, esto no es español!”, “¡Ponga así, carajo!”. Olga Orozco también en el primer libro mío me hizo muchas observaciones, que me fueron muy útiles.

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Yo siempre defendí el surrealismo más por sus conquistas estéticas, sus poetas y demás, por su defensa a la poesía. Cuando todo medio siglo anterior era una tragedia ideológica de la relación arte-sociedad; es decir, cuando había nazismo, cuando había estalinismo, no se resolvía esa dicotomía. Y algunos se suicidaban y a otros los mataban. El surrealismo se plantó frente a esa dicotomía y dijo: “No”. Buscó un punto de lucidez y defendió los fueros de la poesía. No al servicio de ningún cartel político, aunque se tenga sensibilidad política. Esa fue la lucidez grande del surrealismo. La gran defensa de la poesía la hizo el surrealismo este siglo.

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Yo pienso que Crevel hubiera sido el más grande poeta del surrealismo sino se hubiera matado. Para mí los poetas más importantes del surrealismo son Benjamín Peret y Robert Desnos.

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A Enrique Molina lo conocí en el ’45 o ’46. En esa época él navegaba. Era marinero de la Marina Mercante. Me acuerdo que una noche con Enrique fuimos a esa pizzería tan famosa, El Cuartito. Empezamos a tomar, empezamos con Fernet, que hace bien, como dice Edgard Bayley, para bajar las copas. Se hicieron como las cuatro de la mañana, llovía y no teníamos transporte. Nada. No había un taxi. Salimos de la pizzería y nos metimos en una galería grande y desierta. Nos quitamos el sobretodo. Habíamos comprado cada uno el diario para usarlo como almohada. Nos envolvimos en el sobretodo y nos acostamos a dormir. A eso de las seis y pico, junto con el rumor de la calle, apareció alguien que nos despertó. Un escándalo. Nos levantamos. ¡Qué gracioso fue eso! Pero dormimos…

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A Edgard Bayley le decíamos que se parecía a un coronel del ejército inglés. Era descendiente de ingleses y salteños. Tenía una personalidad muy contradictoria. Un hombre con una gran formación cultural, estética y, al mismo tiempo, con mucha vida callejera. Arbitrario de muchas cosas, en sus juicios estéticos y también con respecto a la gente cuando no le gustaba alguien. Pero después reconsideraba las cosas y las empezaba a ver positivamente. Era así, muy contradictorio. Tenía mucho humor, un humor inglés, pero a veces tenía un mal carácter.

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Edgard Bayley los dirige
como antes dirigía las flores,
la luz de ciertos días, los amaneceres y el roer
lento, secreto, desgarrador, y burlón
de la soledad que se filtraba en sus venas.

Enrique Molina

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El año pasado, en una vieja estancia perdida entre los esteros, hicieron una yerra y después una fiesta a la noche. Todos estaban con un revólver de cada lado, y mientras bailaban con la otra mano largaban los tiros. Entonces mi hijo me dice: “Papá, quiero recoger todas las cápsulas”. Yo le contesté: “Seguilos. Metete en el baile y recogelas”. Se trajo como cien cápsulas vacías.
Uno de ellos estaba con un chico de 11 años, que sería su hijo. Se sacó el revólver, la metió dentro de la loneta –estaba borracho- y le dijo: “Tomálo, ponélo en la base de ese árbol y te quedás a cuidarlo ahí. Cuidálo, porque si lo tengo yo en la mano, seguro que mato a alguien”. El hijo se tuvo que quedar ahí, pobrecito. Entonces, el chico mío iba, lo visitaba, le llevaba empanadas, caramelos, qué sé yo… ¡Qué mundo! ¿No?

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No viviría en Corrientes, porque aparte de amarlo le tengo miedo. Un terror inexplicable, por esa imagen del farwest, de la violencia. Y no solamente por eso. Por los mitos, por la brujería y una serie de cosas. Lo adoro pero le tengo pánico, y eso que siempre me fue bien, porque aprendía a conocer el gaucho más violento. No lo domino en sentido de poder, sino que sé cómo manejarlo. Me lo enseñó mi padre. A parte le hablo en el idioma de ellos, el guaraní.

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Un día de invierno, a las seis de la mañana, salimos con Olga Orozco, mi mujer de ese momento, y otros amigos de la casa de Girondo, después de una de esas festicholas tremendas. Estábamos un poquito pasados de copas. Íbamos por la avenida Além gritando (hacía poco que había caído Perón), y en eso nos para la policía. A mí se me ocurre decirle a uno de ellos: “Aténgase a su oficio. Mire nada más que el documento y váyase”. Como era de esperar terminamos todos en la comisaría, en los calabozos, que estaban llenos de putas borrachas que cantaban y gritaban. Y Olga, que era muy buena cantora de tangos, dice: “Buenos muchachos, vamos a divertirnos”. Entonces, empezó a cantar a gritos tangos, mientras que las putas le contestaban del otro lado, aplaudiéndola. Así toda una noche. Por último, conseguimos comunicarnos con Girondo, que apareció al día siguiente con un abogado para rescatarnos. Lo lindo era el intercambio porque las putas aplaudían cuando Olga cantaba.

Publicado en EVT, Año 2, Nº 4, Verano de 1996/97

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