Javier Heraud: “El Rimbaud latinoamericano”

Por Norma Pérez Martín

Fallecido trágicamente a los 21 años (1942-1963), en tiempos de crueles enfrentamientos guerrilleros en el Perú, este singular poeta fue llamado por la crítica el “Rimbaud latinoamericano”. La fugacidad del río constituye en su obra, más que la valoración de este símbolo prestigioso en las letras universales, un elemento esencial que Heraud instala con premonitoria lucidez para referirse a un tiempo de duelo y a una época indigente y desarticulada.

La obra completa del joven artista se publicó en Lima en 1964. Sebastián Salazar Bondy subraya en el prólogo las virtudes estéticas del joven nacido en Miraflores y estudiante de Letras de la Universidad Católica de Perú. La poesía, la vida y la muerte se entrelazan en una breve existencia biográfica de J. Heraud.

Washington Delgado escribe, aludiendo a los tres poemarios escritos por el poeta que nos ocupa: “Javier Heraud es el paradigma de una generación y por eso, analizar su obra, es no sólo un merecido homenaje a su memoria, sino además una incursión en la poesía actual y viviente. El río, El viaje y el entonces inédito Estación reunida (ganador de los Juegos Florales Universitarios) constituyen, como dice W. Delgado “un notable acierto expresivo”. Los encabalgamientos sugerentes, los juegos paralelísticos adquieren en Heraud resonancias insospechadas.

La arquitectura poética de este juglar precoz logra ritmos interiores conjugados desde realidades que se cruzan, se apoyan o se enfrentan con singlar maestría. En el libro El Río, premonitorio y de originalidad discursiva asombrosa, presenta cantos donde el autor se asume como río fluyente, río de tiempo, a partir del epígrafe machadiano. El yo explicito del poeta peruano se reitera en sucesivas páginas: el poemario confluye con transparente auto observación: “Llegará la hora / en que tendré que / desembocar en los océanos, /que mezclan sus / aguas turbias; / que tendré que / silenciar mi canto / luminoso”.

En la composición El deseo justifica su agitado tránsito por la vida, cuya brevedad no le impide haber asumido el aprendizaje de un destino paradigmático. Canta así en uno de sus fragmentos: “No me reproches nada: / si he estado ausente / todo un largo racimo / de días apretados, / es porque supuse / que nunca se puede / vivir tanto, / mis manos ya eran / manos sólo para / el clamor y el refugio.”

En una de las cartas dirigidas a su padre, desde La Habana, donde Javier Heraud cursaba con fervor la carrera de Letras y de Cinematografía, confiesa: “Los sufrimientos nuestros no deben tener una vida” (16 de mayo de 1962). Este joven de “poesía diáfana y sosegada”, de “palabra melancólica”, como lo calificara Mario Vargas Llosa desde París, fue un lector ávido, inteligente, sensible. Además, tenía una plena conciencia hacia dónde y cómo apuntaba su mensaje poético. Recuerda el poeta Arturo Corcuera: “Sobre El viaje me hizo revelaciones que atraen ahora mi atención” (pues Heraud le escribe): “es un libro que he escrito como entre sueños. Ni yo mismo sé explicarme ciertas cosas”. El joven Heraud, educado en un colegio inglés de Lima, poseyó una vastísima cultura universal. Dejó testimonios acerca de sus autores preferidos. Tenía gran admiración por Proust, pero la mayor influencia y veneración fue Eliot. De Thomas Eliot heredará el poema épico filosófico, objetivo, con vasto contenido espiritual, llegando, a veces, a citar versos enteros de este maestro de la poesía contemporánea. Heraud sintió atracción por los símbolos tradicionales (el viaje, el río, el tiempo): en el caso del viaje, éste aparece de diversas maneras, ya sea como viaje imaginario por laberintos del yo, ya sea como referencia concreta acerca de sus andanzas por París, Moscú, Luxemburgo, Cuba, Madrid y por el propio país natal. Pero lo importante en su obra lírica es la dimensión estética y el alcance mítico que asume el propio viaje, más allá de los datos referenciales. Para Heraud el río implica el presente: el otoño se alza hacia el futuro y el viaje aludirá al pasado. Siempre habrá en su poesía un dolor mesurado, cauto, raigal, sin estridencias ni calificativos obvios. Su palabra se abre en sugestivas significaciones, entre relaciones y oposiciones conjuntas: “el viaje / del descanso, / o el viaje sin descanso, / el viaje y el descanso…”

Javier Heraud dijo “Yo no me río de la muerte”. Dejó como entrega póstuma página elegíacas tituladas Estación reunida (Lima, 1961). En el canto IX leemos: “estación de desengaño, / qué difícil es reírse de / las cosas / y sembrar la discordia / entre los pájaros”.

En este libro hablará el “verano maldito”, de la “eterna estación del desencanto”, del “sol malvado y angustiante”. Estos calificativos denunciarán la exaltada rebeldía del poeta, en consonancia con su actitud militante asumida en plenitud hasta desembocar en el martirio. Sin embargo, en el poema En espera del otoño confiesa: “La primavera / -digo- / entreabrió mis palabras”. Más adelante se referirá al “otoño sagrado”. Al hablar de la estación otoñal, declara su Arte poética. Dice en Poesía del otoño: “Si te he amado y poseído entre las noches / ha sido porque tu me lo pedías / y porque venías hacia mí, no te buscaba”… “Nunca te he buscado, poesía, / ya no te busco / te siento ahora en mi garganta”… “el canto ya está escrito / y no puedo ahogarlo ni destruirlo / porque contra ti, poesía, nada puedo…”.

Edgar O’Hara, en una publicación colectiva, aparecida en Lima en el año 1980, al referirse a este joven poeta que sigue ejerciendo gran influencia entre las jovenes promociones líricas del Perú, subraya: “En Javier Heraud distinguimos claramente la fusión de los elementos formales y sus significados, los recursos variados de sus libros, incorporando nuevos contenidos”. “Heraud es un poeta que pasa de la individualidad (ese yo en primera voz) a la colectividad (ese nosotros determinante) que destaca su profunda sensibilidad para con el mundo”.

La renovación estética que marca Heraud en la poesía peruana, y la innegable claridad de su lírica, están reconocidas por las traducciones a varios idiomas que se han hecho de sus libros. Su poesía ha vencido a la muerte y nos queda, abierta y libre, para siempre.

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

Link: Poemas / JH, por Celedonio Torres Avalos

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