Javier Heraud

heraud

Javier Heraud Perez (Perú, 1942-1963) es uno de los poetas más importantes de su país. “Su corta vida fue un deslumbrante relámpago de energía y alegría”, escribe Pablo Neruda. Profesor de literatura y de inglés, estudia cine en Cuba y realiza viajes a Rusia, Paris y Madrid. En 1960, publica El río, y al año siguiente El viaje. Su vida acaba cuando le dan muerte a los 21 años en su tierra natal. Póstumamente aparece premiado su poemario Estación reunida (1961). Por su parte, Norma Pérez Martín y Celedonio Torres Avalos nos hablan de su obra, vida y trágica muerte.

1

Yo soy un río,
voy bajando por
las piedras anchas,
voy bajando por
las rocas duras,
por el sendero
dibujado por el
viento.
Hay árboles a mi
alrededor sombreados
por la lluvia.
Yo soy un río,
bajo cada vez más
furiosamente,
más violentamente
bajo
cada vez que un
puente me refleja
en sus arcos.

 

2

Yo soy un río
un río
un río
cristalino en la
mañana.
A veces soy
tierno y
bondadoso. Me
deslizo suavemente
por los valles fértiles,
doy de beber miles de veces
al ganado, a la gente dócil.
Los niños se me acercan de
día,
y
de noche trémulos amantes
apoyan sus ojos en los míos,
y hunden sus brazos
en la oscura claridad
de mis aguas fantasmales.

(Del libro El río)

 

MI CASA

1

Mi cuarto es una
manzana,
con sus
libros,
con su
cáscara,
con su cama
tierna para
la noche dura.
Mi cuarto es el
de todos
es decir,
con su
lamparín que
me permite reír
al lado de Vallejo,
que me permite ver
la luz eterna de
Neruda.
Mi cuarto, en
fin,
es una
manzana,
con sus libros,
sus papeles,
conmigo,
con su
corazón.

(Del libro El río)

 

EPÍLOGO

Sólo soy
un hombre triste
que agota sus palabras

(Del libro El viaje)

 

POEMA

Oscuro es el tiempo y leves
las sonrisas de los días.
El día asume su palidez
de infante: su regocijo se
expresa en las noches
del amor y la venganza.
Es la hora de los muertos,
ahí donde surgen los pálidos
rostros de niños consumidos
por el viento.
Largo es el camino y oscuras
las sonrisas de los días.
(Las tumbas conservan sus
viejos temores, los hombres
sus viejos escritos
y los niños nacen
con nuevos
rencores en los labios).
Y allí donde el día se ofrece
(oscuro regocijo de hierbas caídas)
abro mis ojos a la luz del amor
y de tus labios.

(Del libro El viaje)

 

POESÍA DEL OTOÑO

¿Por qué me acechas de este modo, poesía?
¿Por qué me persigues insistentemente?

Bien sabes tu que nunca te he llamado
Y menos ahora en que espero el otoño
Sentado entre pardas bancas de marzo.
¿Pero qué sabes tú de las cosas?
Nada te puedo explicar.
Si te he amado y poseído entre las noches
Ha sido porque tu me lo pedías
Y porque venías hacia mí, no te buscaba.

Sí, lo sé, no me lo digas,
yo accedí blandamente a tus llamados
ridículo y viejo
sumergido en las montañas y en los mares.
Nunca te he buscado, poesía,
ya no te busco,
te siento ahora en mi garganta.

Yo no puedo librarme de ti,
y no es que esto me haga llorar,
ay,
pero sucede que te vuelves excluyente
y no puedo poseer a la noche y a la luna,
ya no puedo poseer a los ríos ni a los mares
como la poesía de niño:
acariciándolos y dejándolos partir.

Hoy los retienes entre tus finas manos,
y cada noche,
y cada luna,
y cada río,
y cada monte,
es diferente al que grabaste en los árboles,
diferente al que escribiste,
diferente al que ahora imaginamos.

Y así como llenas centenares
de páginas sobre el invierno,
o sobre la primavera,
o contra el verano
o a favor del otoño.

Y siempre repito los mismos mares,
los mismos ríos, las noches,
pero que nunca son iguales para mí.
(Para otros pueden ser idénticos
las lunas o las noches,
o los días del otoño y del verano).

En estos días, por ejemplo,
nos hemos sentado calladamente
a cantar el advenimiento del otoño.
Y qué se va a hacer,
el canto ya está escrito
y no puedo ahogarlo ni destruirlo,
porque contra ti, poesía, nada puedo,
porque contra ti nunca he podido,
porque contra ti nunca podré.

 

ELEGÍA

Tú quisiste descansar
en tierra muerta y en olvido.
Creías poder vivir solo
en el mar, o en los montes.
Luego supiste que la vida
es soledad entre los hombres
y soledad entre los valles.
Que los días que circulaban
en tu pecho sólo eran muestras
de dolor entre tu llanto. Pobre
amigo. No sabías nada ni llorabas nada.
Yo nunca me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y árboles.

Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reír de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tiránica vestimenta.

Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
Y uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás he reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

(Del libro El viaje)

 

POEMA

Los pájaros cantan de madrugada en
el sol. Al alba prosigo lentamente
mi subida, cada vez con menos cosas
mías. Voy perdiendo mis recuerdos,
(mi madre, mis amigos, Dios, qué
lejos están de mí). Mis días en los
mares y en las costas, mis días en
las nubes y en los cerros, mis días
en la vida y en la muerte.

(Poema póstumo)

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

Links: Análisis de Norma Perez Martín y de Celedonio Torres Avalos



Categorías:EVT Nº 05, Javier Heraud

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