Pasos de bailarina

Narraciones breves

Por Alberto Tasso

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Me has dicho que no vivo sino de sombra. Es que en la llanura ya no hay noche ni alba, sólo un perpetuo atardecer. Me dices algo con tu sonrisa contenida, con la respiración trémula, con las manos que aprietan fuerte. “No entiendo qué pasó esa noche. Quiero saber”. Aun si te dijese la verdad no sabrías, y para saber no necesitas mi palabra. Desarrolla una teoría, examina las vísceras de un pájaro, deja caer el azar los trozos de papel de mi carta. Inquiere sin preguntar. No obstante, te diré algo.

Volveré a hablar de la bailarina, y sé que me arriesgo a un nuevo desencuentro. De cuando fui a visitarla. Ella, igual que siempre, con su lenguaje ambiguo, da vueltas a mi alrededor como un cuerpo celeste que no tiene nada que hacer sino eso. Busca café y lo trae silbando. Respira hondo y abre las piernas como si estuviera por poner un huevo. Filosofa en el estilo oriental de moda, como si cortase guirnaldas de papel para la estantería, tan simétrico y liviano en su modo de producción. Tiene un sweter grueso y una pollera delgada. Habíamos quedado en que yo iría a cenar a su departamento. Suceden cosas y llego casi una hora tarde, aunque con un regalo: un pequeño frasquito muy mono de perfume artesanal. Creo que de sándalo. Se lo pasa por el lomo de la mano izquierda y dice. Dice “¡Qué rico!” y me muestra sus dientes, en una de sus sonrisas clásicas, que son como una estocada que yo no sé detener sino con el centro del cuerpo. Tengo alma de presa, ¿lo sabéis? Y ella, que puede ser tan bella como fea, me asesina como a una figura humana colgada del cordel en el Tiro Federal. Además, al llegar yo, reacciona como si ya no me esperase: Creía que no venías” dice levantando las cejas. Me pide que aguarde y pasa a bañarse. Contengo mis deseos de espiar por la cerradura. Analizo los ruidos: golpeteo de manos, succiones, abluciones, gorgoteos, chasquido de las gotas de agua sobre la cortina de plástico, el rumor bajísimo de un canturrear, casi como el rumor de sus pensamientos. De pronto ya ha salido. Me toma las manos para hacer un ejercicio, quizá algo de yoga: consiste en juntar los pies de ella y los míos por la punta de los dedos, o del zapato más bien, porque estamos calzados, ella con una especie de pantuflas que ponen una doméstica intimidad en la situación. Agarrados de las manos y estirados hacia atrás, con el cuerpo recto, como formando una A invertida. En esa posición hay que agacharse, ponerse de cuclillas. Lentamente, como quien sabe lo que hace, y por qué. Yo no lo sé, pero ella sí, y eso es bastante. Cuando estamos ambos agachados no puedo evitar mirar entre sus rodillas y alcanzo a ver la mata de pelo de su pubis. Pero no puedo concentrarme en esta visión porque ella actúa como si estuviese sobre un escenario: respira hondo, cierra y entreabre los ojos y habla, porque me está pasando una metodología, en realidad. Yo también soy víctima de su programa de capacitación. Es que ella es bailarina: su cuerpo forma parte del Cuerpo de Ballet de un improbable organismo del Estado. Mientras me cuenta las complejidades de la danza, que requiere aprender a moverse sacando afuera el ser, así como una mano abandona el guante, hace giros, semicírculos, todo eso sin chocar con nada en el departamento de un ambiente, voltea los brazos como aspas de molino, abre los dedos en abanico, en un abanico que se pliega como una cortina de junco delante de su entre poema, a unos centímetros de su exacta pelambre. Los centímetros son tan equívocos como en un mapa: aún si me arrojase de cabeza no acertaría a entrar en el territorio.

– Así fui aprendiendo a expresarme, entendés. Tuve que irme abriendo. Si no, cómo podía llegar a otro. Es difícil, ahora lo sé, pero durante mucho tiempo no sabía, no podía, simplemente no podía, te das cuenta. Trabaja horas y horas en un cuarto sin espejos ni pasamanos. Estaba en esa casa que me prestaban en San Miguel. Dos por tres aparecía mi marido. Yo ya salía con J., no vivíamos, pero él venía a verme seguido, y entonces se encontraban. Qué momentos. No era nada fácil para mí. Para ellos tampoco, me imagino. J. es ajeno a todo lo mío, no tiene nada que ver en realidad, ponecarpetas asfálticas en los caminos. Y digo que es como una res, a pesar de todo es sólido, y hasta cálido. En fin.

– ¿Por qué ajeno?- la interrumpo. Te prepara escenarios para bailar. Delante del paisaje.
– No seas malo. Él no sabe de esto. No entiende. Imaginate: antes de ser vial fue policía. Pero es… ¿cómo te diría? Me sostiene. Me siento muy contenida. Eso, muy…
– Ya lo veo, no sigas.
– Sí, hablemos de otra cosa.
Quiero que me leas ese escrito tan lindo sobre los viajes.

Mientras habla se ha tirado en la cama, boca arriba, con los brazos abiertos en cruz en una pose que también tendrá un significado, y lo ignoro. Porque no he leído a Jun, bueno es decirlo desde ya. Ni a Campbell. Cábala y mándala son para mí sólo palabras con rima consonante que nunca uso. Las piernas abiertas, como el hombre en el círculo que dibujó Leonardo. Me siento en el borde de la cama y empiezo a leer. En la segunda página apoyo el codo sobre el colchón, tirándome hacia un costado para aprovechar mejor la luz de la lámpara. Llego a un momento de intensidad narrativa. Ella muestra algunos signos de vida muscular en el rostro pero algo ausente, como si estuviese dopada.

Cierra y entreabre la boca, en la actitud del médium. Yo extiendo y balanceo la mano una y otra vez, en las necesarias gesticulaciones para afianzar el discurso, y una que otra vez rozo el muslo de la bailarina, ya duro, ya fláccido, según sea la tensión que ella recibe. No creo que de mi lectura. ¿Acaso de arriba? ¿De los astros? En las entrelíneas me divierte imaginar que su profesor de yoga es marciano. Un momento dejo casualmente apoyada la mano, como quien ha puesto un adorno en la mesita del living. Un depósito innecesario y casual. Así decorativa y estática primero, formal, nada sino eso: una mano apoyada con la palma hacia arriba, tal como ella las ha puesto hace un rato. Siento que me comunico. ¿Verdad que estamos en lo mismo?

Pero no, son sólo mis deseos. Para empezar, no creo en los extraterrestres, el yoga me deja frío, no curto vegetales, me veo privado de la fe popular. No lo puedo remediar. Tengo la practicidad de la hormiga, que sólo avanza con propósitos ciegos. ¡Qué pobre y hambriento debo ser (y estar) para andar recogiendo así las migas de pan dejadas caer por Grethel en el caminito del bosque! Ella ha quedado tirada como una colcha sobre la cama. Mi mano se ha dado vuelta, entonces, y acaricia como quien no quiere la cosa los pliegues del vestido salpicado de flores azueles. Luego toca –mi mano, que yo ni me muevo- su piel, al concluir el ruedo. Después recobro el mando: regreso a los brazos y le tomo la mano. Hago un viaje al tobillo, que es como el renil de una yegua de polo: fino, golpeado, vendado. Me acuerdo de los libros de sexo que leí cuando tenía trece años. Vuelvo a sentirme abochornado por la relación de que este cuerpo en trance y transitado por los mensajes de arriba se ha vuelto a mis manos inexpresivo y mudo como una caja fuerte. En el departamento hay un silencio total, salvo el gotear de una canilla. No la cierro. Me pongo el gabán para salir.

(El cuento pertenece al libro Amores que no cierran –en imagen, Barco Edita, 1996.)

Publicado en EVT, Año 2, N° 5, Invierno de 1997

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