El misterio del Señor Sen-Sen

Narraciones breves

Por Josefina Estrella-Alonso

El señor  Sen-Sen… ¡pucha que era bolas! Lo recuerdo y me entra una risa que no es del todo risa. Porque no me alegra, no me hace feliz, por eso.

Era un tipo flojo, medio blando, que se bandeaba como vote cuando lo tironea la corriente. Lo veías caminar y era un pajarito que se larga por primera vez al nido: sólo y con miedo.

Invierno y verano: ¡el mismo sobretodo! Yo pensaba: será su piel, por eso no lo suelta nunca. Uno no se puede cambiar la piel, a no ser que sea serpiente… y eso si que no lo era.

Era el maestro del pueblo; abarcaba todos los grados, y vivía en la misma escuela, en unos cuartos traseros abiertos a un jardín, que él con sus manos había dado forma, tan extraña y flotante como él mismo.

Por supuesto, vivía solo. Los domingos caminaba por la plaza, manos a la espalda, nariz en vertical. El sonido de sus botines era el gruñido asmático que lo señalaba con el dedo. Hablar…, nunca hablábamos, desencuentros del tiempo, seguramente.

Los chimentos lo consideraban sobrio y parco; no bebía, no fumaba, nada de mujeres, nada de otras cosas. Sólo la escuela y el jardín. Según mis cálculos, andaría por los sesenta, y no era feo; usaba lentes negros, Nadie pido verlo nunca sin ellos Yo pensaba: ¿se los quitará por la noche? ¿se afeitará con ellos? Sus lentes eran mi obsesión.

Además, había otra cosa misteriosa, siempre llevaba guantes. Es decir, que, entre el sobretodo, los lentes y los guantes, quedaba bien poco para ver, del señor Sen-Sen. Saber cómo era la cara que él tendría que tendría que mostrarse cuando estaba solo en su cuarto y la noche llegaba muy despacio y en silencio. ¡Eso no era posible! Y yo tenía eso en la cabeza. “El que busca encuentra”, decía mi abuela que en paz descanse. Y así fue.

Una noche, de forma enteramente casual oí esto: “… ¡no pudo el señor Sen-Sen, no pudo! Luego, la risa. Una risa inmensa de grande y burlona que se infló como un globo y fue subiendo hasta el cielo. Negro de tormenta, sin una sola estrella, el nombre del señor Sen-Sen me clavó en la vereda; pegué la vuelta y miré: un balcón entreabierto, un fleco de luz, dos sombras de mujer. La risa inmensa estaba en todo esto.

Ese balcón… esa casa… al final de una cuadra llevada ente árboles como verde escolta… ¡Caray! ¡Sí… las dos hermanas! Una maestra de piano y otra, modista. Eso, al menos, figuraba en la chapa de la puerta; lo demás se decía en voz baja en el café, o en la peluquería de Braulio, entre los hombres solamente. ¡Con que sí, también el señor Sen-Sen había tentado suerte allí! ¿Con cuál de las dos? ¿Y por qué hoy esa ventana permanecía abierta y no cerrada, y ellas estaban allí y no adentro como las otras noches?

Repasé la semana y caí en la cuenta de que estábamos en lunes: día de descanso y por lo tanto: ¡cerrado!

Un trueno, un relámpago, y la lluvia; gotas gordas empezaron a caer sin dar respiro. Una mano se alargó a recibir la lluvia. Luego, la lluvia. Luego, la cabeza buscó ese mismo frescor.

– Mirá, Isabel, llueve… llueve… corré a entrar el canario!

Y otra vez la risa inmensa de grande, abarcándolo todo. Voz y risa eran las mismas que habían clavado allí al nombrar al señor Sen-Sen. Le pertenecían a María Fina, maestra de piano. Metí la cabeza bajo el brazo y corrí hasta casa; ¡yo sabía algo más del señor Sen-Sen!

Con el sueño me llegaba la risa, y detrás: “el señor Sen-Sen no pudo”. Y la mano formando hueco, para recibir la lluvia… lluvia… su perfil… la luz y la sombra… y el cinto de fuego de la burla, en la risa apretada por los dientes de María Fina. Quería quedarme quieto, pero mis músculos se estiraban, rebotando y no tenía domicilio sobre ellos. ¡Qué demonios me importaba a mí que el señor Sen-Sen hubiera ido a buscarla! Ninguno de los dos era cosa mía; sin embargo, estaban unidos ahora en mí.

¿Para hacerle el amor se habría quitado las gafas, los guantes, el sobretodo?… ¿El señor Sen-Sen… en un cuerpo a cuerpo con la mujer?… Y si había sido… ¡sólo que no pudo! María fina lo había dicho: “el señor Sen-Sen no pudo!

Yo me lo representaba a mí hombre-pájaro, en ese cuarto lleno de mujer, como a una larga vertical negra. Sufriendo por la amplitud de sus pies que más allá de las botamangas, se le juntaban con timidez, Veía se cabeza descubierta, las profundas entradas desnudando la frente, llena de sudor. El antifaz negro tapando sus ojos, y la nariz, más afilada que nuca. Pero esta vez, sus manos no se cruzaban atrás sino por delante, bien sujetas dando la impresión de sostenerlo.

El foco de luz del sueño dejó de enfocarlo, t cayó de golpe sobre María Fina. Pero, estirándome un poco, seguía viéndolo por la luna ovalada del espejo. Como en un segundo plano. Y empecé a cinchar por el, lo juro, como en los partidos de los domingos, por mi cuadro favorito… Pero María Fina lo abarca todo… El sueño me la daba en colores, y mis sentidos la mojaban en perfumes de lluvia, y de otras cosas más profundas, más confusas… Sentada en el borde de la cama, mientras se desvestía, lo desmenuzaba con frialdad, con la misma curiosidad con la que podría mirar a esa hormiga dar mil vuelta alrededor del obstáculo, hasta llegar otra vez al camino liso. ¿Podrá? ¿No podrá? María Fina era un monolito, maravillosamente vestido. Yo trataba de verlo los ojos; los ojos dicen más que las palabras. Pero no llegaba; Sen-Sen continuaba inmóvil, cerrado, de la cabeza a los pies. María Fina quedó libre de ropas y se tendió de costado, una mano sosteniendo la barbilla y la otra, sobre la pierna cogida.

Los minutos pasaban, el tiempo entero, pasaban con una lentitud de tortuga. Mis ojos abarcaban ambas figuras y le mandaban un mensaje telepático a mi señor Sen-Sen: ¡dale, viejo, no aflojés! Y en eso la mano de María Fina, la de la pierna, movió un dedo y el dedo dijo: “¡vení! ¡Por fin!, me dije, le veré la cara. Él se había llevado la mano a los lentes, con la intención de sacárselos. Yo subí con esa mano, me cerré con sus dedos sobre la patilla derecha y empecé a quitar el antifaz. Toda mi fuerza, todo mi deseo, toda mi esperanza la puse en esa mano que no era mía y que, sin embargo, yo hacía mía.

Después… no sé,,, me encontré encongido sobre la cama, tanteando algo que no existía. Una sola y única idea giraba dentro de mi cerebro vacío: María Fina le vio la cara; solamente allá sabe ella sabe cómo es la cara del señor Sen-Sen. Y esta idea giró y giró hasta cansarse de chocar contra los huesos y se quedó inmóvil ante mis ojos: María Fina conoce su cara.

Me vestí a los tirones; corrí por las calles… ya no llovía, las estrellas ocupaban su lugar de costumbre y de tanto en tanto, al golpearlos el viento, lloraban los árboles.

No importaba que fuera lunes: día de descanso; yo tenía que hablarle. Que me echara, que se riera, cualquier cosa… ¡yo se lo preguntaría lo mismo! Me prendí del timbre; la puerta no se abrió, pero se encendió la luz detrás de las persianas del balcón. Por allí, sacó María Fina su cabeza llena de papelitos enrollados. Me puse frente a esa abertura y la luz le descubrió le rostro.

La burla salió enroscada, apretadita a la risa enorme y sonora; desde adentro hacia fuera: me la escupió en la cara. No subí hasta sus ojos, me quedé afuera… en esos dientes… sobre esos labios… Cuando se calmó un poco, mis orejas y mi corazón y todo yo, por dentro, la escucharon decir muy suavemente.

– ¿Otra vez por aquí, señor Sen-Sen?

Publicado en EVT, Año 2, N° 6, Verano de 1997-1998


Categorías:EVT Nº 06, Narraciones breves

1 respuesta

  1. Gracias Josefina
    por la sangre y la palabra
    sé que estás en algún lugar del viento
    tu hermana alba

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