La tradición de la lengua

Por Rafael Felipe Oteriño

Hay una vieja palabra que habría que observar: la palabra “creación”. Y esto vale tanto para lo relacionado con la tarea poética como para con las otras artes. Hay quienes la rechazan, porque su larga vinculación con lo Divino la vuelve inapropiada para lograr una labor humana como es la escritura. Pero aún para éstos sirve, al menos, para acotar que nunca el escritor escribe desde la última línea escrita por quienes lo precedieron.

En tal sentido, la tradición de la lengua –a esto nos referimos- tiene una enorme gravitación para el escritor. Primero, porque todo escritor es asimismo lector (en la mayoría de los casos, es, en primer lugar, lector). Luego, porque la frecuentación de la lengua tiene un provecho no menos importante: sirve para saber hasta dónde llegó ésta, y sirve, al mismo tiempo, para comprender las dificultades que atravesaron los que escribieron antes, y cómo resolvieron esas dificultades. Por contraste, permite saber al escritor adónde quiere ir.

Desde esa óptica , parece incluso difícil hablar de “derecho de autor” y de “derecho de propiedad intelectual”, pues dejan trasmutar una visión “economicista” de la cuestión, con excepción hecha de lo referido a su aspecto moral (el derecho a que la obra, una vez escrita, no sea tergiversada). Y cuando de creación se trata, nos hallamos siempre ante una visión “trascendentalista”, cuyo cometido es explorar en zonas donde la realidad no tiene precio.

Tampoco debe verse a la poesía como un campo de experimentación en que la imaginación y la temeridad traban alianza. La poesía es, ante todo, una amalgama de los esfuerzos para comunicar lo que parece incomunicable, para descifrar lo misterioso que nos rodea, para dar forma –al cabo, de esto siempre trata el arte: de dar- a los fantasmas que nos asaltan a la noche. Es una historia. Una historia en que la intangibilidad, la sensibilidad y la razón mantienen un largo diálogo. Y es, por detrás, una lucha. La lucha por hacer que las palabras dejen en libertad todo el sentido que encierran.

Y esto no debe entenderse como una lucha con fantasmas sólo personales (si así lo fuera, la importancia de la poesía sería mejor). Es una lucha de cuerpo y espíritu con los fantasmas de la época que al poeta le toca vivir. Y sus armas no pueden ser únicamente las que su naturaleza le ha prodigado como un don. Necesita de mayor instrumental. Su experiencia, la cultura, la mitología, la historia, han de acudir en ayuda del poeta, brindándole la particular cifra con que construirá su poema.

Dante es la mejor expresión de lo que digo: toda la Edad Media que lo precedió –con sus alegorías, sueños y miedos, y su sentido vertical de la existencia- está por detrás de su obra. Todo el esfuerzo del latín para convertirse en una lengua articulada, más abierta para expresar un mundo en cambio y una mentalidad cambiante, se dio cita con él.

La pregunta acerca de la creación, y según queda visto de su contracara, la tradición apunta, pues, a una inquietud mayor: ¿venimos de algún lado? Y cabe responder que sí, que venimos de algún lado. La tradición de nuestros mayores es la base de donde venimos. Gracias a ella aprendemos lo que queremos hacer y avizoramos lo que ya podrá ser dicho, excepto que dijéremos de manera distinta o con mejores recursos. Ella nos da los tonos, los ritmos, la música que sostiene el habla. Ella nos enseña a hablar.

Esta es la virtud de la tradición. Sólo a partir de ella, y en la medida que probamos nuestra voz junto a las otras voces de la literatura y vemos que no suena extraña, que no se desmorona frente a esas voces (esto ocurre muy pocas veces), sólo entonces podemos hablar de “creación”.

Publicado en EVT, Año 2, N° 6, Verano de 1997-1998

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