Lección de Viola

Miguel Ángel Viola nació en Villa Ballester (Buenos Aires) en 1927 y murió a pocos días de cumplir 70 años de edad. Entregó su vida a la poesía y a la docencia. Entre más de una docena de libros publicado t tres inéditos, dedicó buena parte de su obra escribiendo excelente literatura para chicos. Algunas de sus obras son: Poemas para cinco muertes (1958), Piedra India (1960), Viaje de negrita (1975), Panteón de señoritas (1977), Para un títere de piedra (1979), Visitas en la pared (1983). Una mínima selección de poemas y un análisis sobre la poética de Victorio Veronese, integran nuestro homenaje a un verdadero poeta de raza.
piedra

CONCÉNTRICO
 ¡Oh infinito espacio ordenado por islas humanas! Las máquinas con voluntad
deciden el mar terrorífico de sus creaciones detrás de los astros.
 Los yacimientos de extinguida humanidad flotan entre esquirlas y pacientes
máquinas descomponedoras de cuerpos y ciudades antiquísimas.
 De pronto, innumerables puntos llegados del espacio ponen sitio a una ciudad dictada por la eternidad. Pero el combate será entre dos diestras computadoras.
 Y así, un robot prodigioso, entre murallas galácticas de la ciudad alcanza-
 Bles, destruyen a todo robot, y lo arrastra como una órbita aguda alrededor
de los muros resplandecientes.
 Miles de autómatas, ante los muros inviolables trazan la llanura del alejamiento y se abandonan a sus lejanos planetas por escalonados mares del cielo.
 Antes destinan una ofrenda en el sitio invulnerable al combate: una máquina
que llena los espacios y permanece.
 Las murallas galácticas son abiertas para que la ofrenda alcance la ciudad.
 Después de su vientre se deslizan increíbles proyectiles que atraviesan otras
 murallas del universo agredido y toman la ciudad celeste que estalla en un
sol hecho de antiguas palabras.
Quien esto ha soñado es una remota máquina imaginadora llamada Homero

(Del libro Sala de Péndulos. Inédito)

 

LOS METALES DIVINOS

Los metales divinos rompen mi ser, y asoman
sus párpados de música bajo la eternidad;
minero de mí mismo, voy partiendo mis rocas
tendiendo hacia la hondura azul de mi cantar.

Dentro de mí recorro puras grutas de gritos
en las que está el metal que mi mano reclama;
con él hago la flecha para mi arco de ritmos,
la disparo a la sombra de todo lo que canta.

Mi ser es como un vaso colmado de racimos
de luz, de sangre y nervios que se llenan de cantos
en los que voy subiendo disparado en mí mismo
hacia donde Dios tiene la música en las manos.

(Del libro Piedra India)

 

PANTEÓN DE SEÑORITAS

    “Todas las cosas son, se me
parecen”

              Héctor Miguel Ángeli

Al volante del cielo
como el viudo purísimo de un cuerpo,
os llamo,
huesos, constelaciones,
criaturas numerales
que demora un temblor de gran cocina.

Señoritas,
aquí viví, en vuestras axilas
atendido por el café redondo
y el zapallo empapado en crepúsculo.

Señoritas,
atento sólo a corpiños fluviales
con oscuras semillas de banderas.

¡Oh, brazos que llevan la mañana
de la ropa tendida!
Aquí,
aquí os amo
como cuando me daban
una elegía de higos oscuros en el pelo.

Como entonces,
-cacerolas donde moscas en éxtasis
avanzaban los ojos de la siesta-
espío el depilatorio
de un blanco desigual de gran velero.

Mi infancia
estuvo acá.

Señoritas, hoy encuentro
una fruta que acerca el mar.
Una hormiga que vive en los minutos
conocidos del aire.

Un agua antigua grita por la casa
la reunión del crepúsculo y los vidrios
que deslizan jardines rencorosos.

Hay papeles llevados por el cielo.

Yo llego como cuando traía
los bolsillos de la mañana llenos
de mariposas y agua.

Señoritas,
el orín festival lleva a las piezas
la mañana amarilla de los gatos.
Vuestras risas, apenas,
Retiran el azul de las cocinas.

Ciertos pies olvidados en la lluvia.
¡Quién,
quién,
quién vio al jardín marcharse?
¿Quién, al patio alcanzar todo el otoño
en un balde de sol después del cielo?
¿De las terribles camas caer los besos;
las sábanas
salir a digitales llanuras de los cuerpos?

¿Quién, de entre vosotras, señoras,
-tía amadísima-
con boca y ceremonia
de piedras negras, baja
al té y a las miradas de la tarde?

¿Quién de vosotras,
tended las sábanas del deseo
                                         -dice-
y el mantel del domingo celeste en la cocina?

Señoritas,
deudos de agua furiosa son mis pasos
en el sitio mayor del nacimiento.

Aquí reúno cuerpos y memoria
de furiosos arados genitales
cuando la muerte acude al infinito
desnudo de la tierra.

 

II

Señoritas,
porque no tiene nombre,
no morirá la hormiga
porque es pueblo del sol,
                                      volcada
especie de los siglos que consume
la identidad del número crecido.

Señoritas,
murió el nombre de Ofelia entre la lluvia;
las cosas que nombraba no obedecen
sino a una muerta que arbolaba el mundo
con ojos y cuidados corazones.

Señoritas,
entre el deseo y la vida, hay un día
vengado por el cuerpo y su destreza
de otorgar la derrota a sus llanuras.

Ni las manos deciden,
ni los ojos envuelven todo el cielo
que somos,
                            Moriremos.
Si volvemos a los ojos
y a las manos, ya no nos parecemos

Es por eso que no tendré aquel patio
con nubes sentadas,
                       señoritas
ni el balcón que volaba
su nombre de malvón del mediodía.

Yo no quiero llorar como un camino.
Me voy.
Dejo la muerte sola.
Y aquella edad sin nombre;
una elegía de higos oscuros en el pelo,
todavía.

(Del libro Panteón de señoritas)

Publicado en Año 2, N° 6, Verano de 1997-1998

Link: Miguel Ángel Viola de ayer a hoy, por Victorio Veronese



Categorías:EVT Nº 06

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