Antonio Requeni

AR (Buenos Aires, 1930) se define como un poeta de las cosas cotidianas. Autor de varios libros de poemas, entre los que encontramos Umbral del horizonte (1969); Manifestación de bienes (1965), Inventario (1974); Línea de sombra (1986) y El vaso de agua (1997). Además, publicó Los viajes y los días (crónicas de viaje); Crónicón de las peñas de Buenos Aires y El pirata mala pata (cuentos para niños). En la siguiente entrevista nos habla de sus inicios como poeta, de su obra literaria y de cómo la poesía está atentando contra sí misma.

Por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos

Cuando lee un poema ajeno o bien cuando ueste escribe un poema, ¿a qué le otorga más importancia?
– Eso se relaciona con mi concepto personal de la poesía: una forma estética del lenguaje. Lo que me interesa fundamentalmente es la palabra en función estética y emotiva. Las palabras deben trasmitir un concepto y una emoción. Frente a quienes privilegian la reflexión especulativa y consideran que el sentimiento es una debilidad, yo sigo creyendo que la poesía es el lenguaje de los sentimientos. El poema debe reflejar las experiencias vitales del poeta, como quería Rilke. También cabe en el poema la reflexión sobre esas vivencias, pero lo importante es la proyección emotiva y el trabajo estético con el lenguaje.

¿Qué importancia le da a las formas tradicionales en la poesía, como ser el soneto?
– Escribir sonetos es una actitud transgresora. Yo creo que saber escribir un soneto, manejar los metros tradicionales de como el endecasílabo, ayuda a hacer mejor el verso libre, porque el poeta tiene mejor entonces noción del ritmo, de la música. Yo leo muchos versos libres que son en realidad prosas, prosas recortadas en forma de verso. Escribir buenos versos libres es tan difícil como escribir buenos versos medidos; y tanto en unos como en otros puede estar la poesía.

Según su experiencia, ¿qué es lo que más lo motiva para escribir: el dolor, la alegría, la nostalgia, el asombro, la reflexión, la expresión por sí misma?
– Según las épocas. Cuando era joven lo que me movilizaba eran el asombro y la alegría. Yo descubrí gozosamente el mundo, la naturaleza, la música, el amor. El dolor nunca me incitó. Sobre todo, lo que me mueve a escribir son mis experiencias, lo que me ocurre. No parto de temas abstractos; me siento más atraído por las cosas cotidianas. Creo, en este sentido, continuar una tradición. La mía no es una poesía de ruptura. Muchos creen que para innovar lo importante es destruir. Yo creo que se puede ser original dentro de una forma tradicional (Baudelaire, por ejemplo), sin necesidad de romper estructuras o desarticular el lenguaje. Vanguardia y tradición, para mí no deben excluirse sino complementarse.

¿Cómo surge su libro Umbral del horizonte; cómo surgen sus poemas?
– El libro, publicado en 1960, surgió de un viaje que hice por Europa durante todo el año 59. Yo tenía 28 años y fue una especie de viaje iniciático. Creo que con ese libro, después de haber publicado otros cuatro, dejé de ser un poeta malo. De aquellos libros anteriores rescato algunos poemas pero, en general, estaban muy saturados de influencias. Después de Umbral del horizonte, encontré mi voz personal.

¿Tiene en proyecto algún libro?
– Los viajes –y he tenido la suerte de viajar bastante- siempre me estimularon para escribir. Tengo la idea de hacer un libro que se titularía Los viajes, donde voy a juntar algunos poemas inéditos con otros ya publicados. Por supuesto, no será un libro turístico. Lo que me ha interesado siempre en otras ciudades y paisajes es adentrarme en su espíritu, experimentar la emoción del tiempo y de la historia.

¿Cómo fueron sus primeros pasos junto a la poesía?
– La vocación es algo totalmente inexplicable. Uno no sabe porqué empieza a escribir. Un buen día descubrí en la piecita de la azotea un cuaderno que había escrito mi madre. Ella, de joven, cuando encontraba algún poema que le gustaba, lo copiaba en ese cuaderno. Fue para mí una revelación. Años después tuve la suerte de tener como profesor de literatura a un excelente poeta hoy casi olvidado: González Carbalho, gran amigo de Alberti, García Lorca, Neruda. En su Canto General, Neruda lo hace protagonista explícito de uno de sus poemas de la serie Los ríos del canto. Para mí, González Carbalho es uno de nuestros líricos más refinados y conmovedores. Yo le llevaba mis poemas y él me los corregía, me prestaba libros, me orientaba. Era muy exigente. Pocas veces, ante un poema mío, me dijo: “Esto está bien”. ¡Y cuánto se lo agradezco!

¿Cómo interactúa en usted el lenguaje poético con el periodismo?
– Hace tres años que estoy jubilado después de haber trabajado como periodista casi cuarenta años. El periodismo me enseñó a mirar hacia fuera-yo, antes era muy introvertido- y a ceñir mi lenguaje, a ser menos preciosista. Creo que el periodismo me enriqueció, me amplió la visión, el panorama vital.

En su opinión, ¿existe el poema perfecto, se ha escrito o se escribirá?
– Lo dudo. Puede ser que alguna vez alguien escriba el poema perfecto, para lo cual debería de ser un poeta perfecto, un hombre perfecto. Aunque algunos se acercaron a la perfección del poema tal vez no hayan sido tan perfectos como personas. Pienso en Shakespeare, en Dante, en Quevedo.

¿Por qué piensa que hay una cantidad abrumadora de libros de poesía que no están a una altura madura como para publicarse?
– Porque la poesía sigue teniendo un extraño prestigio y muchos creen  que ser poeta los transforma en seres especiales. Por otro lado, la proliferación de talleres de los talleres de poesía incita a la publicación. Hay talleres donde más que enseñar a escribir enseñan a publicar, cuando tendrían que empezar por enseñar a leer.

A pesar de eso, los suplementos literarios publican menos poesía.
– Claro, porque prevalece el interés comercial. Hay muchos libros pero pocos lectores y menos venta. Entonces los diarios, que han entrado en el consumismo, no publican poemas. El espacio que debería ocupar un poema lo dedican a un aviso publicitario. Hay una desvalorización general de la poesía, pero la poesía –o los poetas- tienen su parte de culpa. Creo que la poesía se está suicidando, está atentando contra sí misma.

Pero llegar a decir que la poesía ha muerto, como lo afirma Kundera…
– No creo que la poesía se vaya a morir. Eso de que se está suicidando es una imagen. Pero la poesía tiene una repercusión cada vez más reducida. Ya no tiene sonido ni significado para el hombre. La poesía era leída antes por una inmensa minoría, como decía Juan Ramón Jiménez. Personas normalmente cultas y sensibles leían a Borges, Marechal, Pedroni, Nalé Roxlo, Rega Molina, Bernárdez y González Tuñón, entre otros, y los entendían y se conmovían. Es difícil que ese lector “normalmente culto y sensible” entienda y se conmueva con los versos de laboratorio, enigmáticos o abstrusos que ahora se publican. No abogo por una poesía facilonga. García Lorca escribió imágenes y metáforas nada fáciles, pero tiene magia y prende en el lector. La mayor parte de la poesía que se escribe contemporáneamente carece de magia, de lirismo, de estado de gracia, de poder de comunicación.

Ahora, ¿Usted cree que de alguna manera el poeta tiene una gran responsabilidad por todo esto? ¿Cómo debe reaccionar? ¿Tiene que hacer algo?
– Creo que debería tomar conciencia de este problema. El hecho de que la palabra “verso” haya sido instalada popularmente como sinónimo de macaneo y cháchara, debería hacerlo reflexionar. Vivimos, por otra parte, un mundo despoetizado, que la maldita globalización y el consumismo tienden a despoetizar cada vez más. Yo creo que la poesía cumple, o debería cumplir, una gran función social, que es sensibilizar, espiritualizar, humanizar al hombre, para que no termine convertido en un robot, como alertaba Raúl Gustavo Aguirre en una de sus lúcidas páginas. Pero eso lo va a lograr la poesía cuando como antes se identifique con el hombre; cuando el hombre se conmueva con ella, cuando la poesía deje de ser como hoy, una especialidad para especialistas. Muchas veces leo los versos actuales y no sé de qué me están hablando; versos aparentemente sin tema ni sujeto, como juegos de palabras o pensamientos que se piensan a sí mismos. Cuando leo un poema quiero sentirme conmovido; encontrar al poeta, al hombre, detrás de las palabras. Quiero una poesía que surja de la vida, no de la literatura.

¿Cuáles son los poetas a los que siempre vuelve?
– Muchos. Yo siempre amé la poesía española; Quevedo, Gracilazo, Juan Ramón Jiménez, Machado, y especialmente la generación del ’27: García Lorca, Alberti, Salinas, Guillén, Cernuda especialmente, mucho Miguel Hernández. Soy hijo de la poesía española. También los americanos Darío, Neruda, Vallejo, el ecuatoriano Carrera Andrade, poco conocido entre nosotros. Entre los argentinos releo a poetas intimistas, de transparencia expresiva, que siento próximo a mi temperamento por su calidad emotiva y estética: Banchs, Fernández Moreno, Marínez Estrada, Marasso, Borges, González Tuñon, González Carbalho, López Merino, Nalé Roxlo, Luis Franco Bernárdez, Ledesma, Matronardi, Petit de Murat… De la generación del ’40, de la que creo ser un apéndice –o una peritonitis- admiro a Enrique Molina, Olga Orozco, Barbiero, Calvetti, Manuel Castilla, Raúl Galán, Gianuzzi, María Elena Walsh, Arman, Miguel Ángel Gómez, Paine, Solá González, Etchebarne… Son muchos.

¿Qué recuerdos tiene de sus amigos poetas como Alejandra Pizarnik y Manuel Castilla. ¿Cómo los recuerda?
– Castilla fue el hombre más chispeante que conocí en mi vida, cualquier cosa que uno decía, él tomaba sus palabras y las daba vuelta, las modificaba, y hacía un chiste, Jugaba con las palabras con una gracia inolvidable. Como poeta, me parece uno de los mejores de su generación. Respecto de Alejandra, la conocí cuando era muy joven. Éramos vecinos. Yo iba a su casa y conocía a su familia. Recuerdo al padre, un judío polaco, alto, flaco, buen mozo. Murió muy joven y su muerte afectó muchísimo a Alejandra. Tuve con ella una relación muy fraternal, sobre todo en aquellos primeros años, aunque poéticamente éramos muy distintos. Ivonne Bordelois publicó recientemente un epistolario de Alejandra donde hay varias cartas que me envió desde París. Son cartas en las que me hablaba más de sus experiencias humanas que literarias y creo que reflejan muy bien su personalidad de aquella época.

Publicado en EVT, AÑO 3, N° 7, julio de 1998

Link: Poemas de AR



Categorías:Entrevistas, EVT Nº 07

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