El bramido de la tierra

Narrativa breve

Por María del Rosario Andrada

Un aletear tiñó los cielos. Emprendieron vuelo hacia algún lugar del cosmos. Un aire enrarecido penetró de pronto. Una sensación de asfixia hacia latir más el pulso en esa tarde de verano. De pronto. Bocas gigantescas se abrieron en la tierra. Miles de fieras bramaron al unísono. Las paredes se rasgaron estrepitosamente. Todo sucedió en un segundo.

El gemido del niño la paralizó por completo.

– Sebastián…! Sebastián…!

Allí estaba al niño cubierto por un velo de polvo, bajo los tirantes que se habían desprendido del techo. Había chapas de zinc por todas partes y pedazos de adobe en lo que era el dormitorio.

Desde fuera podía ver cómo había quedado la casa. Con su hijo en brazos emprendió una loca carrera hasta la casa más cercana, que distaba unos cincuenta metros y que estaba en lo alto. Temía que el suelo se abriera y lenguas de fuego emergieran de los abismos.

Estábamos acostumbrados a sentir que la tierra temblara de pronto. Nos criamos bajo el pánico del verano, cuando nos despertaban para que saliéramos afuera, y teníamos que esperar que la tierra dejara de bramar y el aire empezara a tranquilizarse, para meternos de nuevo en las piezas. Por supuesto que nadie dormía. Nos amanecíamos esperando que saliera el sol.

Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…

Óyenos Virgencitas, nuestras plegarias…

Padre Nuestro que estás en los cielos…

De rodillas, cuatro mujeres oraban, clamando al Señor para que esto no se repitiera. Estaban en una pieza, el único lugar habitable. Una vela encendida y detrás una imagen.

La vieron entrar y siguieron orando.

La mujer que acababa de llegar se hizo la señal de la cruz, dejo al niño que lloraba y se unió al rezo de las mujeres.

Ahora, todas rezaban con desesperación.

Un terrible alboroto se escuchó afuera. Era el ladrido enardecido de los perros y el canto de los gallos. Al poco tiempo, cundió nuevamente el silencio. Los perros dejaron de ladrar. Todos se miraron. Fue una pausa muy grande, como si esperaran la muerte. Sabían que la tierra temblaría de nuevo. Y así fue nomás… un grito aterrador profanó el silencio, y el adobe las cubrió a todos.

Allí estaban sepultadas con los ojos abiertos de pánico, con las manos ensangrentadas.

Cuando Antonio y Gerardo llegaron a la casa, una escena macabra los esperaba. Luego de sacar y sacar escombros, encontraron a Gregoria en posición fetal. Ella también había muerto, pero entre sus brazos había algo aprisionado. Lograron abrirlos y el niño comenzó a llorar.

Publicado en EVT, AÑO 3, N° 7, julio de 1998

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