El buen oficio de la divinidad inferior

Por Alejo González Prandi

Schwob_Marcel

La vida de un hombre solo que aguarda el atardecer –o la muerte- junto a su perro a las orillas de un escalón de plaza, era para Marcel Schwob un acontecimiento que superaba los hechos históricos más trascendentes de la humanidad. Schwob no buscaba en los demás la importancia de sus intervenciones o intenciones públicas. No utilizaba a los hombres para narrar la Historia, sino que sólo pretendía conocer los rasgos particulares para alcanzar la esencia. No le importaba el título o la sangre de las figuras eminentes.

Este escritor francés decía que “el arte es todo lo contrario de las ideas generales; sólo describe lo individual, sólo propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica”. Tal vez, uno de los libros en el que ejecutó esa máxima con mayor maestría fue en Vidas imaginarias, que este año cumple 110 años de su primera edición.

“En la burda colección de materiales que nos suministran los testimonios de la época, abundan poco los rasgos singulares e inconfundibles. Los biógrafos antiguos son especialmente parcos con ellos”, explica Schwob y se consuela al recordar que fue “el propio Aristófanes quien nos proporcionó la satisfacción de saber que era calvo”.

Quizás para ofrecer una prueba posible sobre lo que él pretendía como lector de biografías, escribió una serie de semblanzas apócrifas que vistió con la imaginación del que logra ver en una vida todas las demás. En esas páginas de Vidas imaginarias están Eróstrato, incendiario; Crates, cínico; Séptima, hechicera, Frate Dolcino, herético y Catherine La Encajera, ramera enamoradiza o El Mayor Stede Bonnet, pirata de fantasía, entre otros.

Cada uno de los personajes varía entre el origen fantástico, la comunión burguesa o culturas nunca advertidas por Occidente. El destino mayor está ajustado al perfil menor. En ese universo de aparentes nimiedades elegidas todo tiene que ver con todo. “El arte del biógrafo consiste precisamente en la selección. No tiene porqué preocuparse por ser exacto; su cometido es crear en un caos de rasgos humanos. Leibniz dijo que para hacer el mundo, Dios escogió lo mejor entre los posibles. El biógrafo, como una divinidad inferior, sabe escoger entre los posibles humanos el que es único”, explicó Schwob.

El autor de Vidas imaginarias no esconde la piedra que ha recogido, sino que la arroja para hacer de sus víctimas hombres de mejor oficio: “Desgraciadamente, los biógrafos se han imaginado las más de las veces que eran historiadores. Y nos han privado así de algunos retratos admirables. Han supuesto que solamente la vida de los grandes era susceptible de interesarnos”.

“El arte del biógrafo consistiría en dar a la vida de un mísero farandulero igual valor que la del mismo Shakespeare”, sentenció.

En ese sentido, Schwob rescata Las vidas de las personas eminentes, de Aubrey, quien dijo que “Milton pronunciaba la letra R muy dura” o que a Erasmo “no le gustaba el pescado, aunque nacido en una ciudad pesquera”. Nuestro Rodolfo Wilcok habría sido una agradable amistad para Schwob, con su inventiva en La sinagoga de los iconoclastas.

Desde su desaparición física, Schwob fue considerado el dueño de una de prosas más exquisitas del simbolismo decadentista y uno de los hombres más cultos y refinados del siglo XIX. Entre otros libros, cabe mencionar Corazón doble (1891), Mimos (1893), El libro de Monelle (1894) y La cruzada de los niños (1896).

Apollinaire y Valery le profesaron su admiración. Borges dijo que “en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas”. Hoy, sus seguidores se han desenmascarado y prefieren recordarlo con exposiciones abiertas al público, como la que se realizó en Nantes, Francia, desde el 6 de marzo al 3 de junio de 2005, con el nombre de El hombre de la máscara de oro –en homenaje a uno de sus títulos más destacados-.

“Las idas de los grandes hombres son el común patrimonio de la humanidad; lo único realmente privativo de ellos son sus singularidades y sus manías”, aseveró alguna vez. Ejemplos de ello son sus estudios sobre Robert Louis Stevenson y su magnífico Francois Villon. Todo lo demás es pura Historia.

Publicado en el blog La Víspera, en 2006

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s