El solitario de cabellos bermejos

Narrativa breve

Por Elmo Valencia

I

Desde pequeño, el solitario de cabellos bermejos había soñado siempre tener una guitarra.

Aquella mañana de enero de levantó temprano, guardó su almohada de paja bien seca en la horqueta de un palo, y se fue silbando para el pueblo.

Silbó hasta que se le candaron los carrillos.

Todo lo que tenía era su almohada, su vestido de cuero de venado y su par de sandalias, ni siquiera el árbol bajo el cual dormía era suyo, la noche se lo había prestado con la condición de que con su silbido maravilloso espantara del bosque a los fantasmas.

Ahora quería tener una guitarra. Una guitarra con lo cual también pudiera espantar la calavera de todos los desastres, los signos fatídicos, los alaridos y el “corte de franela”.

Ahora quería cantar para que no volviera a oírse el rugido feroz de la gran bestia; para que en las madrugadas no lo volviera a despertar el golpe aterrador Apocalipsis.
Por el río que le besara el vientre a su morada ya había visto pasar varios muertos.

II

Cuando el solitario de cabellos bermejos llegó al pueblo, los brazos se le llenaron a tirarle guijarros y a gritarle: “Luna brava, luna brava, vete al diablo”; “pero él, riendo como un niño, se metía las manos en sus grandes bolsillos de cuero de venado y los hacía correr aventándoles manzanas.

Era un alma silvestre; no conocía la venganza.

Una de las manzanas fue a caer a la boca que estaba abriendo un perro perezoso en ese instante; cosa curiosa porque donde hay violencia no hay tiempo ni para bostezar. Mientras tanto, los muchachos seguían gritando: “Luna brava, luna brava, vete al diablo”.

III

Pero en el pueblo nadie tenía una guitarra.

Era hombres que no sabían cantar. Entonces, el solitario de cabellos bermejos volvió a su morada con los ojos llenos de polvo y de tristeza. Se lavó la cara en el río por donde bajan los muertos  y se acostó a dormir. Aquella noche humedeció de llanto tibio la paja seca de su almohada.

IV

Cuando despertó, alguien había colocado una guitarra a su lado, estaba hecha de plumas y bambú, y todas las cuerdas eran de oro.

Seguramente había sido colocada allí por la luna que lo amaba.

Entonces comenzó a tocar y a cantar hasta que una tormenta le anunció negros presagios; entre las ramas, en el momento en que un pájaro nocturno abrió el pico, a tres bandoleros se les quebraron los cuchillos. En medio de una llovizna acariciante, el solitario de cabellos bermejos, con su guitarra de plumas y bambú, alcanzó a huir.

Esa noche la tierra no pudo beberse una sola gota de sangre inocente; el hombre de la guitarra se había salvado de ser degollado como una paloma.

V

Cuando volvió, el pueblo había desaparecido comido por las balas.

No había quedado ni un solo niño, de aquellos que habían tirado guijarros, para contar el cuento.

Entonces fundó otro pueblo al son de su guitarra, alrededor del árbol que le había servido de la morada.

Y allí jamás se conoció la violencia, porque una alma silvestre, un solitario de cabellos bermejos, que se cubría con cueros de venado y usaba sandalias para hacerle más dulce su vivir al polvo, tenía una guitarra.

Fue un pueblo donde los hombres supieron contar.
(Extraído de la revista Cuadernos, agosto 1964, N° 87)

Publicado en EVT, AÑO 3, N° 7, julio de 1998


Categorías:EVT Nº 07, Narraciones breves

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