El vago de Villon

Por Alejo González Prandi

En una curiosa y magnífica biografía sobre el poeta François Villon, Marcel Schwob describe la vida y el tipo de aventuras a las que se consagraban los vagabundos de la Edad Media. En esos días “la gente vagabundeaba mucho”, dice Schwob; y para testimoniarlo nada mejor que el propio vate, autor de La balada de los ahorcados.

Este hombre sencillo, criminal, irónico, rencoroso, ágil para encontrar un lugar temporario entre poderosos protectores como Charles d’ Orleáns o Juan de Borbón, era un gran entusiasta de la marginalidad, un promotor de bromas pesadas y grupales que solían finalizar con heridos, presos y también muertos.

Acostumbrado a una vida turbulenta, conoció la soledad, enfrentó la justicia, fue desterrado de su ciudad –París-, perdonado y reincidente. Fue poeta. Se sabe que nació en 1431. Un signo de pregunta todavía invade la fecha posible de su muerte, aunque es probable que haya sido entre 1463 y 1464.

Villon no estaba solo. Pudo compartir su tiempo con clérigos, estudiantes, vagos, que concebían y realizaban la vida con el mismo espíritu que los llevaba a estar al margen o directamente fuera de la ley, o al menos de una ley que no comprendían o no querían aceptar.

Esos “vagabundos”, vale aclarar, no eran todos iguales. Eran sabios de un estilo particular de vagancia. Tenían una personalidad, cultores de una filosofía que se sustentaba en el quehacer de cada uno de sus actos. Por cierto, la institución medieval no desconocía este aspecto y los clasificaba.

El clérigo en la Edad Media era el hombre letrado y de estudios escoláticos, aunque no tuviese orden alguna, en oposición al indocto y especialmente al que ignoraba el latín. El diccionario de la Real Academia Española también dice que era el sabio en general, sin importar que fuese pagano. Schwob agrega que estos seres recorrían las ciudades con el pretexto de instruirse, pero la mayoría demostraba poco a la hora de desnudar sus conocimientos.

Muchos visitaban las abadías con “rollos de pergaminos donde los monjes anotaban el nombre del último muerto de su cofradía”, acompañado de “pensamientos piadosos”. De esta manera, todas las abadías estaban más anoticiadas de la muerte que de la vida de sus propios hermanos, como todavía suele pasar. A estos “clérigos vagabundos y mendigos” se los denominaba goliardos, quienes luego en Alemania terminaron componiendo canciones en latín. Uno de esos papiros se lo conserva con el nombre de Carmina Burana.

El Consejo de Basilea entre 1494 y 1499 ordenó que se realizara el Liber vagatorum, que nació con el objetivo de catalogar a los vagabundos. Nuestros queridos goliardos figuraban entre “las categorías más peligrosas”. Más atrás figuran los Kammesierer, que eran los mendigos o alumnos jóvenes. Éstos se caracterizaban por no seguir a sus padres, por no tomar en cuenta a sus maestros, caían en “la apostasía y en la mala sociedad”, además de beber, jugar y perder dinero en orgías”.

Otra de las categorías eran los vagierer, “estudiantes viajeros, maestros de magia, conjuradores del diablo”, escribe Schwob y añade: “En ellos se reconoce al Fahrender scolasticus, bajo cuyo disfraz Mistófeles se aparece a Fausto en el drama de Goethe”. Schwob también menciona a clérigos vagabundos dedicados al violín o la gaita y a los “perdonadores”, una especie de farsantes que además “fingían ser hombres de guerra”.

Villon no estaba lejano a esta clase de mentiras, como tampoco lo estuvo la Humanidad a lo largo de su padecimiento. Mark Twain en su libro Sobre la decadencia en el arte de mentir afirma que “la Mentira es eterna, como Virtud y Principio. La Mentira, como recreo, como consuelo, como refugio en la adversidad; la Mentira, como Cuarta Gracia, como Décima Musa, como la mejor y la más segura amiga del hombre, es inmortal y no podrá desaparecer de la tierra…”.

Schwob, bohemio y aventurero, considerado autor de una de las prosas más bellas y refinadas del siglo XIX habiendo vivido sólo 37 años, retrató a su compatriota Villon como una persona que “no tenía el alma ingenua. Poseyó hasta el grado más alto la bella expresión literaria. Era un gran poeta. En un siglo en el que sólo la fuerza, el poder y el valor tenían algún valor, él fue humilde, débil, cobarde y practicó el arte de la mentira. Si fue sutil por perversidad, es precisamente de su perversidad de la que nacieron sus más bellos versos”.

No obstante, el mismo Schwob reconoce la valentía del poeta cuando el Parlamento trataba su condena a muerte –que finalmente derivó en un destierro-junto a la de otros criminales destinados a la horca. Villon, entonces, no dudó en defender a sus casuales compañeros, a los cuales no conocía, gritando desde el púlpito versos de su propia inspiración.

“Juega el amor sus dados de ladrón del destino:/ Si pierdes puedes saborear el orgullo/ De contemplar tu porvenir en un puñado de arena”, escribió en Amantes vagabundos el poeta Enrique Molina muchos siglos después de la desaparición del argot medieval. En esos versos anduvo Villon a lo largo de su luminosa y vagabunda vida.

Publicado en EVT on line, febrero de 2005


Categorías:Alejo González Prandi, EVT Nº 09, Opinión

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