Poemas de Carlos Juárez Aldazábal

aldazabal

LIBRO

Este autor prefiere las corolas
y escribe poemas sin espinas.

Yo no digo corolas.
No hay semillas
que broten desde el mármol
ni girasoles decorando las lápidas.
Pasto seco, nomás, pasto y más pasto,
caminatas y lluvias para no entristecerme
por la corola insulsa.

Ayer me enamoré de una estudiante
vendedora de libros.
Leímos unos versos de Lihn sobre la muerte
y ella los comprendió,
a pesar del bolsillo sin monedas.

Después se apareció el odio bravo,
el odio corralón, el que junta las culpas,
las vende, las reparte,
el que no cuenta por qué llega de pronto:
el odio reservado.

Y al frente yo, con la estudiante
leyéndome poemas de su autor favorito.

Entonces recordé que en la camisa
me quedaba un billete
y dije “envuélvalo”, y tuve un libro,
y ese libro hablaba de corolas.

(Poema inédito)

 

PROFESIÓN DE FE

En Salta creemos
que no hay nada mejor
que
   escribir un poema,
   destapar un buen vino
o fornicar con morenas
           de esas que te muerden
       cuando se suelta el orgasmo.
Creemos que en la tierra
se esconde un terremoto
y que la esterilidad es un problema ajeno,
                          propio de los peces.
Creemos en el sol,
                   en el folklore,
      en la virginidad porfiada de las niñas del centro,
                               de las que van a misa.

Hay algo, sin embargo,
en lo que no creemos.

Sabemos que la angustia es un suspiro
de los gorriones que se sientan a contemplar los muros
encima de la cruz del San Bernardo.

(de La soberbia del monje)

 

LA HIGUERA

Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
  y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
        de lo absurdo.

Las runas se trazaban
sobre las axilas,
                 las esquinas de los barrios
          que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
              que conducía a la selva del fondo,
     la máquina del tiempo que me acercaba
                 al dinosaurio perro
              que me mordió una tarde
         y terminó ahorcado por el vecino,
                                      el malo de la jungla
                                      al que yo bombardeaba
                                      con piedras de Hiroshima
                          para reírme de la radioactividad
                                         que se elevaba
                          sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
                    mamá decidió parquizar el fondo
                    y eliminar las malezas
                    que afeaban las fuentes de las ninfas,
                                                seres de yeso
                            que se comieron la tierra de las parras
                            y confabularon con el vecino
                            para terminar con mi reinado
                                                  sobre la higuera.

(de Por qué queremos ser Quevedo)

 

TUMBAS EN RÍO GRANDE

Esta ciudad fue fundada por la poesía:
primero sustantivos, después verbos
y finalmente la gracia de lo anónimo.
Antes de la ciudad: tumulto de guanacos,
buscadores de oro, mercaderes.
¿Y mucho antes?: los selk’nam.

Como en todas las ciudades
existe otra ciudad detrás de sus muros:
“la casa de los muertos”, podríamos llamarla,
ya que la poesía, en Río Grande,
         permite esas licencias.

Aquí se juntan a charlar amenamente
personas que en la vida tuvieron sus disputas,
sus préstamos, sus deudas,
su cuota de poder y de desdicha.

¿Y doña Ángela Loij?

Dialoga con Lola y con Segundo.
Con los antepasados y los hijos.
Conmigo, que busco entre las lápidas su nombre,
porque su nombre me habla del destino,
la futura parcela dispuesta a mi descanso.

“Pobre, Loij, pobre. Fuego en la casa.
Pobre, Loij, pobre. Tierra en las patas,
toda la posesión de la sin tierra.
Pobre, Loij, pobre”, me cuenta la señora.

Yo también digo “pobre”
cuando cansado de buscar
                 entre las lápidas
me siento en una tumba
y soplo entre mis manos.

(de Nadie enduela su voz como plegaria)

Publicado en EVT on line, febrero de 2005

Link: Entrevista a C. Juárez Aldazábal



Categorías:EVT Nº 09

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  1. “El poeta es el que carga con el desamparo del hombre” «

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