Poetas reunidos (N° 7)

El jardín de la palabra

 

NIÑA DE LOS LAPACHOS

Ay, niña de los lapachos
Virgen del sol encendida
déjame ahogarme;
en el remanso verde de tus ojos
envuélveme en el negro y torrentoso
temporal de tus pelos.
Quiero beber el río caliente de tu sangre
Como el último sediento del planeta,
Mira mi luna que yo miraré tu tierra.

Juan de Dios Pérez (Salta, 1942)
El poema pertenece al libro Astillas del mismo sueño (Salta, 1997)

 

VERDE ARQUITECTURA

Oh, verde arquitectura,
De verde que huele a hombre y a pájaros,
de verde he teñido mis huesos de machetes y de lluvias,
de machetes que desgajan el último sol de la nada.
La raíz de los que parten la bíblica geometría de los surcos.
El desnudo sudor de los cañaverales en los rostros.
La esclava multiplicación de los dientes,
y  las manos que triunfan el vidrioso barro que se escapa.
Oh, presurosos gladiadores inhumanos.
Oh, cosecha final de los leones.
De los que viajan más allá del equilibrio y se devoran
                                                      con los fantasmas de las cañas
con las viejas costillas que traspasan la deshabitada
                                                     resurrección de los vagones.
La inconclusa salvación de los que viven la antigua forma
                                                                    de perforar la tierra,
la ntigua cicatriz de la existencia.
Oh, salpicados ríos de los planetas.
Oh, vértebras de piedras.
Oh, el gastado espejo de los sueños y de los hijos.
Oh, verde arquitectura sepultando a machetazos
                                                     la negra espalda del hombre.

Juan José Pérez (Ing. San Martín, 1965)
El poema pertenece a Astillas del mismo sueño (1997)

 
Los niños con hambre de Ruanda no llegan
ni a las migajas de la luna,
no escuchan la música de los colmenares
no beben de las praderas en vuelo rasante de mariposas.
Revolotean sobre ellos negros pájaros
En el blancor de banderas de tregua
Y tragan más y más hambre en silencio
Con bocas secas y mustios labios:
necrosados tejidos de vida por ausencia de caricias.

Jornada de muerte:
                                inocentes sin rostros sin cantos
inmolados en investidura de ángeles.
La alborada no da nombre a la mañana.
En sus vientres no latirá más el águila.
No darán sus frutos.
No tendrán más alas de abejas laboriosas.
No serán más pájaros nómades
buscando la estación de las lluvias.

Clarines de guerra, himnos de triunfo
y el temblor de los tambores de agonía.
Enmudece la música, cierra el paso a tanta memoria
en ecos que se apagan
en tierras firmes, islas, océanos y mares.
Antebrazos metálicos ametrallan la Buena Nueva.

Pasaron nubes y vientos ennegrecidos de luto
nadie distingue señales en los altos cielos.
Son sólo bloques de tiempo petrificados en los
                                                                            corazones.

Cecilia Scarinci
El poema publicado pertenece al libro Horizontes nómades (1997)

 

CÉSAR

HOY busqué mi Vallejo
entre mis piedras de hambre;
hallarlo fue
más que alegría de aquel mi otro tiempo,
certeza de este hoy presuroso,
tanto que no deja lugar para recuerdos,
así de tan veloz el apurado.

Y allí estaban grito y latido todo en uno
en cada verso, en cada
palabra latida con todas las respiraciones de todas las vidas
que murió
y en cada letra rotunda como gota de
   sangre suya
en arterias de otros.

Ah!, si hubiese olvidado sus poemas que
    me sé de siempre,
no haber sabido de él hasta este día,
en que necesitaba descubrirlo.

Rubén Derlis
El poema publicado pertenece a Viento solar (1997)

 

21

Y ahora estoy aquí.
Y en este cielo miro, en estas cosas
por donde habito la primera vez.
Descansamos las cosas y los libros
en esta nueva altura
con la misma ciudad a orillas de los ojos.
También sobre este cielo, una paloma
se lleva la mañana
partida por el tren.
Y yo me quedo aquí. En la ventana nueva.
Queriendo amar un sol ajeno todavía.
Ya náufrago en su isla de palo la bandera
mira los vientos que timan sus colores
y al repetido oleaje se abandona.
Los árboles detrás. Acaso vegetales.
Con la sombra quebrada entre las ramas.
Y todo está muy serio y casi grave.
Por hoy no es nada más
que un rígido paisaje de paredes
con sólo una paloma que ha pasado.
Acaso cuanto miro jamás me pertenezca
y siga siendo piedra o sangre en vuelo.
en el cerrado silencio de lo ajeno.
Pero hay algo en el curso de mis ojos,
en la oscura certidumbre de mis manos,
en esta vos que dice mis palabras
que guarda desde hoy y para siempre
ser cielo, ser paloma y ser bandera.

Roberto Di Pasquale
El poema publicado pertenece al libro Las alusiones (1992)

Publicado en EVT, AÑO 3, N° 7, julio de 1998

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