Rimbaud y la rebelión fundamental*

Por Eduardo Azcuy

La aventura “Rimbaud” es ejemplar y define de una vez para siempre los límites de la poesía. Su primera rebelión –entre los 16 y 18 años- es la de la existencia rabiosa, la cólera en la sangre. Es el voyou, como lo ve Fondane(1). Su alzamiento abarca aspectos exteriores, es una insurrección contra la sociedad condicionada, contra los privilegios y la desigualdad. Su odio se torna agresivo, implora las “destrucciones necesarias”  y los “rodillos niveladores”; se burla de las idiotas alegrías burguesas, practica el mal, insulta y clama con acentos obscenos y se encanalla en la abyección. Lo anima un oscuro deseo de venganza. “Considera a cada ser como alguien de quien, en primer término, es preciso vengarse”(2). Escribe “Mort à Dieu!” sobre los bancos de las plazas públicas y en su letanía de negaciones cabe la autoridad, la Iglesia y el orden.

Como Nerval y Baudelaire, manifiesta en forma emocional y confusa la idea socialista de una comunidad fraternal. Aislado por la mediocridad burguesa se refugia en una posición antisocial y construye su universo privado en las antípodas de la vulgaridad. Su primera rebeldía que simboliza un esfuerzo individualista e inorgánico por reformar el mundo, le dicta estas frases terribles, recogidas por Ernest Delahaye:

Hay destrucciones necesarias… Hay árboles viejos que es preciso cortar, hay lugares de sombra secular cuya amable costumbre perdemos. Esta sociedad misma: pasaremos por ella las hachas, los azadones, los rodillos niveladores. Todo valle será colmado, toda colina rebajada, los caminos tortuosos se volverán rectos y las asperezas serán aplanadas. Se arrasarán las fortunas y se abatirán los orgullos individuales. Un hombre ya no podrá decir: “Yo soy más fuerte, más rico”. Se reemplazará la envidia amarga y la admiración estúpida por la apacible concordia, el trabajo de todos para todos. (3)

Esta rebelión mostrará bien pronto el aspecto más trágico de su drama interior. Con inigualable talento Rimbaud ha poetizado sus vivencias, ha transfigurado en estrofas llameantes su incontenible furor vindicativo y subversivo; pero como a todo auténtico poeta, lo irá invadiendo una difusa “nostalgia” primitiva, una mística impulsión por retornar a un estado de pureza salvaje, libre de inhibiciones. Esa intuición fundamental coincide con su orgullo de creador y con el drama de su infancia perdida tras la crisis de la adolescencia. En adelante Rimbaud sumará a su rebeldía una postura metafísica. Su pureza tradicional se funde con su orgullo, con su tendencia al aislamiento, con su deseo de plenitud, con su anhelo de ser diferente, de hallar las sendas del retorno a los orígenes. Reencontrar la eternidad, he ahí una meta ambiciosa para un poeta provinciano de dieciocho años. Sin embargo, Rimbaud tiene plena conciencia de su empresa.

Para retornar a la “fabulosa inocencia”, al illud tempus mitico, Rimbaud cuenta con un arma falible: la experiencia nicas del éxtasis, entregado a su ambición de “ascender al cielo” para abolir la condición humana y reintegrar la situación paradisíaca del hombre primordial, restableciendo la comunicabilidad que existía entre el Cielo y la Tierra. Su experiencia también puede homologarse con las místicas indias y las técnicas budistas del “retorno hacia atrás” que al remontar el tiempo “a contrapelo” acceden al eterno presente atemporal, anterior a la “caída”.

Todos son actos de trascendencia, de ruptura de nivel, mediante los cuales, el hombre supera la condición humana “por arriba”, se reintegra a la libertad y se libera de los límites del “yo” merced a un esfuerzo “espiritual” que determina una mutación ontológica del ser. El hombre “enfermo”, desterrado en el Tiempo, desciende a los infiernos, “muere” y “resucita”. Durante el éxtasis es abolido el universo sensorial y el místico emerge similar a los dioses. Se halla “curado” del dolor y de la angustia existencial. En ese sentido los yoguis son terapeutas del alma y Buda es “el rey de los médicos”. También el poeta, como quería Novalis, “es un médico trascendental”.

Pero Rimbaud, que busca morir a la conciencia psicológica para nacer a la conciencia cósmica, no sigue el camino de la iniciación gradual y reflexiva. Su terapéutica es anárquica y amarga. Marcha sobre el “filo de la navaja”, en sentido descendente. Su meta es la de los místicos y los yoguis, la de los iniciados en las tradiciones secretas y la de los discípulos del Zen. No tiene maestros y la poesía sólo le ofrece vislumbres fugaces del “estado otro”. Sin embargo, su decisión se afirma. Como Gurdjieff, podría haber exclamado: “Mi camino es el del desarrollo de las posibilidades ocultas del hombre. Es un camino contra la naturaleza y contra Dios.” La experiencia poética, unida a su disposición natural para acceder a otros niveles de la mente, le crean la ilusión de que se ha forzado la poesía (Nerval había pretendido forzar el sueño), y encarnizándose en los excesos y en el desarreglo de todos los sentidos, lograría ampliar el orificio penosamente abierto en el muro de la conciencia ordinaria. Pero Rimbaud es impaciente y brutal. Si por momentos una presencia turbadora asoma en sus poemas y el aventurero de lo fantástico interior, convertido en una “opera fabulosa”, penetra en lo desconocido, bien pronto retorna para permanecer apegado a la tierra, preso de sus pasiones y su orgullo.

Su actitud es la del “pecador”, tal como lo concibe Arthur Machen, el olvidado autor de The Great God Pan. Para Machen, adepto a la Orden hermética del Golden Dawn, el pecado es una pasión positivista y solitaria del espíritu. A su juicio, entre los actos considerados pecaminosos o culpables (el asesinato, el robo, el adulterio) y el Pecado con mayúscula, existe la misma relación que entre el alfabeto y la poesía más genial. El hombre vulgar, “normal”, no será jamás un santo, pero tampoco un pecador. “Los grandes, tanto en el bien como en el mal –escribe Machen(4)- son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos… La esencia del pecado sería tomar el cielo por asalto, penetrar de manera prohibida en otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar en otras esferas, sean altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos y los pecadores son todavía más raros.”

Rimbaud aparece entonces revestido con los atributos del pecador de Machen. Su ambición manifiesta es “tomar el cielo por asalto” utilizando las sendas prohibidas. Los que han visto en Rimbaud sólo un poeta, un decadente, un vicioso o un artista bohemio, se han equivocado totalmente. Sus aberraciones y sus posturas arbitrarias obedecen a un sistema meditado y puesto en práctica con increíble decisión. Es el hombre duro, implacable, “el sin corazón de Rimbaud”. “La ausencia de sentimientos –escribe Jung refiriéndose al Ulises de Joyce(5)-, es el contragolpe a la sentimentalidad insana”. “El hombre debe ser valiente, sin piedad,duro. Lo más duro es lo más noble”, exclama Nietzsche. “La causa de mi superioridad es que no tengo corazón”, escribe Rimbaud.

“Rimbaud odia al ‘hombre de la superficie’, a los superfluos y vacíos, a los idiotas autosuficientes que pretenden saberlo todo y que no son más que vanidosos proyectos. Experimenta nauseas por los imprescindibles, por los satisfechos, embiste contra la seguridad y la respetabilidad y desprecia a los funcionarios y a los escritores que “juntan una parte del fruto del cerebro” y acumulan “los productos de sus inteligencias miserables proclamándose autores”.

Sus irreductibles enemigos son el conformismo, los lugares comunes, el oficialismo y los mitos pequeño-burgueses. Su actitud permanente consiste en escapar a los condicionamientos y a la subordinación que significa hallarse atrapado en la máquina social. Ese comportamiento, que forma parte de su ascesis, le permitirá dar el “salto por las cosas inauditas e innumerables”. Como afirma Krishnamurti, sólo la mente que está en absoluto descontento es la que puede dar el salto hacia la realidad, no la mente respetable, rodeada de una valla de creencias.

Notas:
(*) Fragmento del libro El Ocultismo y la Creación Poética, perteneciente al capítulo Rimbaud y la Rebelión Fundamental, de Eduardo Azcuy (Monte Avila Editores, 1982)
1. Benjamin Fondane, Rimbaud le Voyou, París, 1933
2. Jaques Rivère, Rimbaud, Buenos Aires, 1944, p. 21
3. Véase Arthur Rimbaud, Oeuvres Complètes, texte établi et annoté par Rolland de Réneville et Jules Mouquet, París, 1946, p. XXII.
4. Citado por Louis Pauwels y Jacques Bergier, El retorno de los brujos (Le Matin de Magiciens), Barcelona, 1961, p. 253 y ss.
5. C.G. Jung, Ulises, en Realidad del Alma, Buenos Aires, 1940, p. 118.
Publicado en EVT on line, diciembre de 2004

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