“Si la poesía no es auténtica, no debe escribirse una línea”

Entrevista a Leopoldo “Teuco” Castilla

Nos quisimos dar un lujo. Entonces, le pedimos a Leopoldo “Teuco” Castilla que respondiera desde Salta a unas preguntas enviadas por correo electrónico. El poeta nos habla de poesía y su relación con los títeres, viajes, “maestros” y la infancia “maravillosa”. Entre otros libros de poesía, es autor de La lámpara en la lluvia (1971), Generación terrestre (1974), Teorema natural (1991), Nunca (2001), Libro de Egipto (2003)). Es autor de varios libros en prosa. Recibió premios nacionales e internacionales. Poemas suyos fueron traducidos a seis idiomas.

Por Alejo González Prandi, Andrés Haedo y Celedonio Torres Avalos
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¿Qué aporta la poesía a tu actividad de titiritero?
El títere es acción, la poesía tal vez le pule la economía del lenguaje maravilloso de los títeres, pero, sobre todo, le añade, quizás, algún trasfondo lírico o absurdo o surrealista. Si es que puede haber algo más lírico, absurdo y surrealista que un títere.

Sabemos que has viajado por distintos lugares del mundo. ¿Cómo influyen esos viajes en tu creación poética?
Son hermosos los caminos, nunca nos dejan ir ni volver del todo. Sí, he viajado por bastantes países. Y todo por culpa del olor de una frazada cuzqueña con que me cubrían en mi infancia y, también, por culpa de Tom Sawyer y Huckleberry Finn y sus huidas por el Misissipi. En la poesía, me enseñaron a conocer más al hombre en otras latitudes, pero, al fin y al cabo, uno va con los ojos y la emoción puestos, no los deja en la casa. Y, simplemente, escribe de aquello que lo asombra o conmociona. En esos viajes, también, se me llenaron los versos de escenas que nunca hubiera soñado ver si no se me hubiera dado por andar: un monje durmiendo en una cueva en la jungla, su siesta entre centenares de cobras en Thailandia o, en Penang, una casa enorme sólo para mariposas. Aunque sin estas cosas, también nuestra tierra tiene sus alucinaciones.

¿Podrías contar tu experiencia en la Unión Soviética?
Le debo ese viaje a un gran embajador: Nicolás García Pinto. La Unión Soviética me invitó a escribir un libro sobre el proceso de la Perestroika. Viajé por varios países mirando ese intento, lamentablemente fallido, de darle al socialismo una salida cualitativa. Conocí a ese pueblo efusivo, emocionado que es el pueblo ruso, a los georgianos esos vascos anclados en la Cólquida donde Jason encontró el vellocino de oro y que son tan parecidos a los salteños cuando están en estado delicioso. A los uzbekos, descendientes de Tamerlán, en cuya tumba flamea sobre una alta caña una cola de caballo, memoria de este gran emperador de las estepas, gente mansa, en secreto, y a la vez feroces, en una mezcla de altiplano y lejano lujo mogol. Y a los letones, y a los bielorusos, en medio de la nieve inmortal. Fue una experiencia increíble, vivir ese momento histórico. Quedó un libro de crónicas y ensayos. Puede que un día vuelva.

¿Qué opinión tiene de la poesía que se escribe en la actualidad?
Siempre digo que alguien que escribe versos es una flor de invernadero en este mundo tan lleno de crueles y deshonestos. Cada poeta debe tener fe en su propio mundo. Si escribe con emoción, sea esta del tipo que sea, con rigor y con riesgo, y, si encima el diablo le da una mano, suele salir buena poesía. Cuando se escribe con el “deber ser” de la poesía, lo que sale es literatura anodina. De todo hay, como en todas las épocas, pero creo que en ésta, los argentinos no tenemos que deslumbrarnos hasta la epigonía, como ocurrió en otros tiempos, por grandes referentes contemporáneos. Esto nos llevó casi al vasallaje, sino dígame cuántas críticas negativas – y le doy treinta años de suplementos literarios argentinos- leyó usted en este país sobre un poeta inglés, norteamericano, francés o italiano.

La Argentina dio muy buenos poetas. ¿Quiénes son o fueron tus referentes más inmediatos? ¿Por qué?
No sé si referentes, tengo maestros, en mi juventud Walter Adet, años más tarde, Raúl Brié, dos poetas enormes, el uno ignorado y el otro inédito en nuestro país. Y después, la hermosura de la poesía de Alfonso Sola González, Horacio Rega Molina, Conrado Nalé Roxlo y otros poetas de esa generación que me deslumbraron, cuando empezaba a escribir. Y, a lo largo de todos estos años, todos mis amigos poetas que, con un deleznable buen gusto y sentido crítico, suelen destruírme los poemas que escribo, para bien de la poesía.

En Nunca dedicás un bellísimo poema a tu padre, ¿cómo desarrollás tu oficio de poeta con toda esa carga afectiva y de herencia literaria?
Mi padre fue un gran amigo mío del que aprendí muchas cosas. A amar la poesía, a saber ver, pero también aprendí de él, que si la poesía no es absolutamente auténtica, no debe escribirse una línea. Y que tampoco es una ridícula carrera sino una sola cosa: la vida misma de uno.
Por lo tanto, jamás tuve ningún tipo de carga salvo esa que sigo agradeciendo, la afectiva y, la enseñanza ética, insobornable, frente a la seriedad del acto de escribir.

¿Cómo recordás tu infancia en convivencia con músicos y poetas?
Era maravillosa. Ninguno estaba en sus cabales. Eran reuniones de faunos, bacos, músicos, pintores, vagabundos, poetas. La mayoría se extinguió en la celebración de esa existencia. Otros, en el drama extremo que ésta también exigía. Hicieron arte, poesía y música de alta calidad. Todavía me recuerdo a las cinco de la mañana cuando con siete, ocho años, expulsado de la mesa, por infante y entremés, los miraba arder en su barco ebrio, arrodillado, espiando hasta el amanecer por el ojo de la cerradura.

¿Qué motivos te llevaron a escribir prosa y cómo te sentís ante una expresión que difiere de la poética?
Debo confesar que por lo general escribo prosa cuando la poesía no tiene la delicadeza de venirme a ver. En esas treguas, entonces, es que me pongo a recoger madejas de la memoria y fundamentalmente, me siento a jugar. A escribir prosa para mí, para regalarme, sabiendo yo de los excelentes niveles que tiene la obra de cualquier narrador nato, dos o tres páginas que me hagan sonreir dos o tres días. La prosa termina completando la visión del mundo que empezó tratando de descifrar la poesía. Le aumenta detalles.

En Nunca homenajeás a poetas como Edgar Bayley, Enrique Molina y Francisco Madariaga. ¿Qué hechos o circunstancias te unieron a ellos?
Fueron grandes amigos míos a quienes admiré profundamente. Nos unió la poesía y una hermandad generosa y creativa, junto a Squeo Acuña, Julio Salgado, Leonardo Martínez, Graciela Aráoz, Víctor Redondo, Elida Manseli, Roberto Sánchez, Ángel Leiva, y otros poetas alucinados.

En Nunca predomina el verso libre, sin embargo sus cuatro últimos poemas son sonetos. ¿A qué se debe esa disposición?
Hice esos sonetos porque la poesía lo quería. Uno no escribe lo que quiere sino lo que la poesía quiere. Además de pedirme sonetos, pidió que experimentara un poco quebrando los versos para que en la forma del soneto jugaran los espacios y los silencios del verso libre. Pidió también, que los trabajara con versos encabalgados – realmente insufribles- y, bueno, no hubo más caso que obedecer. De todos modos, es una buena experiencia volver a la poesía rimada. Así, uno recuerda hasta donde pueden llegar los combates con el lenguaje cuando este se arma en contra. Hay veces que oigo a la gente intentar menospreciar un soneto o una copla. No saben cuánto trabajo cuesta sacar una buena copla.

¿Qué elementos puede brindar el arte a una sociedad descreída de la política?
La libertad y la solidaridad.

Como destinatario de varios premios literarios, ¿qué importancia le das a esos galardones y cómo afectan tu poesía?
Todo reconocimiento es lindo. En mi caso, las recompensas más grandes que me dio la poesía fue la del día en que con mi primer libro editado entre las manos, a los 21 años, lo iba regalando a los transeúntes sin poder descender de un limbo que me llevaba sonámbulo caminando a 10 centímetros del suelo. Y otra vez, cuando me contaron que unos presos ya sintiéndose muy agobiados por el encierro iban al centro del patio de la cárcel y decían a voz de cuello un poema mío.

Salta es tierra de grandes músicos, ¿cómo es tu relación con la música folclórica?
He escrito algunas canciones con música de Omar Berrutti, Horacio Guaraní, Aníbal Alfaro, Rolando Valladares, Gerardo Núñez y, si tengo suerte, Eduardo Falú. Esa música, como a la copla, la tengo en la sangre.

¿Podrías decir algunas palabras sobre tu madre, su valor, una descripción que la defina?
Tenía yo seis años. Ella me tendía en la terraza de mi casa, de noche, a que escuchara música clásica mientras miraba las estrellas. Hay en mi escritura mucho de su espíritu, a veces, tímidamente visionario. Mi madre veía cosas que para otros eran invisibles.

 

Imágen: Castilla junto a Jacobo Regen
Publicado en EVT on line, diciembre de 2004

Link: Poemas de Leopoldo Castilla

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