El renacido

Sobre Humberto Díaz Casanueva
EVT_VozEn una entrevista realizada en 2001 por El Vendedor de Tierra, el poeta Víctor Redondo dijo que Último Reino dio a conocer en sus inicios a varios poetas desconocidos en la Argentina. Uno de ellos fue el chileno Humberto Díaz Casanueva. Muchos años pasaron de ese “descubrimiento” y la palabra del vate trasandino no tiene aún la difusión que su alta lírica merece.

Ni los 16 libros de poesía que llevan su firma ni el lugar que ocupa en la poética latinoamericana logran que las editoriales se preocupen por reeditar su obra. Así las cosas, en las librerías el nombre de Díaz Casanueva pertenece a los extensos anaqueles de los olvidados.
Para los que no conocen a este poeta chileno, EVT ofrece un principio de acercamiento a su poesía, a través de la mirada de Celedonio Torres Avalos. Para los que ya lo leyeron, ahora más que nunca vale el reencuentro.

 

Poemas de Humberto Díaz Casanueva

La escucho venir poniendo el oído a una flor
mientras mi corazón se va colmando en silencio
con pájaros de veinte años, en estas tardes de luna,
la misma luna que hace subir las mareas del amor.

Un aire dorado le mana y su cuerpo ya sin vuelo
como un vaso solitario que el  frío hiciera vibrar;
la luz del atardecer se filtra por su cuerpo
y se pierde entre pedazos de cielo y de su destino.

Con un sigilo de párpados, congela sus suspiros,
fascinada, cerradura de luz tiene su sueño,
en la tristeza inmóvil, usa un ruiseñor por lámpara,
da su lloro a la corriente de aire que balancea el día.

Sirenas de su secta, arrastran el leve olvido
Junto con el vecino invierno de blancos dientes,
¡ah! mi enamorada en la profundidad del frío
respira con ese aliento fijo de las estatuas.

(De Vigilia por dentro, 1931)

III

¿Puede callar el hombre si está roto por los hados? ¿jactarse
de rumiar su polvo? ¿le basta el silencio como un caudal
sombrío?
¿No pertenecen los sordos himnos a los vivos de la coraza
partida?
Aunque las palabras no puedan guiarnos debajo de las piedras
porque están llenas de saliva,
(son los carozos que arroja la caravana)
 yo he de cantar porque estoy muy triste, tengo miedo y las
horas mudas mecen a mi alma.
Yo vuelvo el rostro hacia el lugar donde la sombra cubre a su
recién nacida.
Palpo la piedra obscura que junta los labios, la mojan lágrimas
y se encienden un poco y tiembla como si todavía quedaran
sílabas cortadas.
Tú eres y no otra, tú que me estás mirando de todas partes
y no me pudiste mirar de cerca,
cuando las gradas de piedra aparecieron.
Vi de lejos el ángel que hendía la montaña,
vi tu corona de sudor rodando por la noche,
tu regazo lleno de hielo.
Ahora estamos de orilla a orilla y te llamo y los árboles se
agitan como si fueras a aparecer alumbrada por el cielo.
Madre, ¿qué estás haciendo tan sola en medio del mar?
Y solamente responde mi propio corazón como un bronce vacío.
¿No tienes una cita conmigo? ¿no me dejarás entrar en el
valle donde vagabundean las castas y los cuerpos desahogados
perseveran?
¿O tal vez no puedo traspasar el umbral porque los muertos se
arrojan coronas unos a otros y no me es dado entender los
huesos ávidos?
Pero tú sólo estás dormida,
bañada por la luz perpetua del amor
y tu abrazada voluntad vaga entre las cosas terrenas como un
coro desvelado que crece y me arrebata cuando te llamo
en el silencio.

(De Réquiem, 1945)

CANTO SEGUNDO

I

¡Venid, sostenedme, oh vivos sobre el ara! Ahora mismo venid
y vuestra casta presencia
      disipe la nube echada a mis pies.
Vosotros afirmáis: -“No es nada”. Y el sumidero se cubre
de la yerba que brota cantando.
“No es nada, no es nada”. Repito; pero una campana dentro
del corazón que se acurruca.
Venid, venid, amparadme de mi boca como pleito de señales
que claman por palabras,
De mis pasos que entreteje una aguja invisible.
No tardeís, oh vivos! Mi oído es un aleteo que sostiene
 el silencio despeñado.
Cuando voy a mi casa por la noche, me abrazan en la
obscuridad,
En  sus brazos hay un foso, en su frente, un nido tumbado.
En mar arroja mis sentidos como anclas quebradas,
El mundo desaparece en un temblor, la calle se enrosca como
la cola de nieblas desatadas.
Siento la nada en torno mío. Yo soy nada, nada, nada,
interrogaciones, negaciones
tumbos de mi propia muerte,
sombra que se desprende.
Pero a la vez soy todavía Yo.
Estoy como suspenso, con las manos aferradas a un columpio
vertiginoso;
Pero llego a mi casa, ahí el perro lanudo está suelto, sus
lunares brillan como ojos.
Devora mi umbral, me aúlla como al vagabundo.
Pero los niños me abrazan como siempre. ¡Ay, los niños me
esclarecen y atestiguan!
“Oh, no es nada –les digo- oh niños he encontrado esta
muñeca helada caída de una ventana gigante que da al
mundo,
 ¡tiradla al fuego!
Y decid a vuestra madre, quiero un poco de té rodeado de
besos!”.

(De La estatua de sal, 1947)

Obras claves del autor
El aventurero de Saba (1926), Vigilia por dentro (1931), El blasfemo coronado (1940), Réquiem (1945), La estatua de sal (1947), La hija vertiginosa (1945), Los penitenciales (1960), El sol ciego (1966), Sol de lenguas (1969) y El niño de Robben Island (1985).
Publicado en EVT on line, noviembre de 2006

Link: Opinión de C. Torres Avalos.



Categorías:EVT Nº 12, Humberto Díaz Casanueva

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