El réquiem que hizo a un hombre

Opinión sobre la obra de Humberto Díaz Casanueva

Por Celedonio Torres Avalos

Neruda nos recuerda en sus memorias que la poesía de Humberto Díaz Casanueva era “… bella e inmaculada, como ha seguido siéndolo per sécula”(1) . En efecto, esas dos palabras envuelven y eternizan su poesía. Sin embargo, creo que la palabra más justa para percibir su poética es precisamente ese carácter inmaculado. Y esta palabra debe entenderse, a mi criterio, desde un punto de vista místico, que en el caso de Díaz Casanueva vibra en todas las fibras de su obra.

Sí, de los grandes y ya clásicos poetas chilenos, él es el místico por excelencia, con un misticismo que parte de lo simple y cotidiano, de lo concreto, de lo respirable. De esta forma Díaz Casanueva necesita adueñarse de las cosas para luego pasar a otro plano de la existencia: los objetos, la arquitectura, los paisajes, son peldaños hacia lo “absoluto”.

En un primer período la poesía de Humberto Díaz Casanueva parece segura de sí misma, controlada, con un andar claro y, se podría decir, de un tono ordenado. En la mitad de ese camino al poeta le cae en los brazos la muerte de su madre y no tiene fuerza para sostenerla y esa muerte se le cae al fondo de sus versos. Se le cae al papel y no la puede ordenar, no entiende sus palabras y sus lejanas señales de ausencia. Se le cae la muerte de su madre y se le rompe la vida en mil pedazos como si se le cayera un plato vacío al piso.

Humberto Díaz Casanueva tuvo que juntar los pedacitos rotos de su corazón y de su poesía y empezar a escribir nuevamente a partir de esa muerte. Así escribe el libro de poemas Réquiem, quizás, a mi modo de ver, el libro más involuntariamente logrado del poeta. Desde ya el tema del libro es la muerte de una madre y en él pasa de una poesía con versos a veces sueltos y dispersos, más de imágenes (con aires surrealistas), a una poesía más unida, musical y a la vez conceptual, de larga divagación dolorosa y de una mirada onírica sobre las cosas que desafían la realidad dura de la muerte.

Una de las características más reveladoras de este hermoso libro es su visión terriblemente interrogadora, por ejemplo, escribe el poeta: ¿quién se esconde en el tiempo y me mira?(2) ; ¿Puede callar el hombre si está roto por los hados?(3); ¿qué está haciendo tan sola en el medio del mar?(4); ¿Dónde está la encina pura en que han hecho alianza los hermosos pájaros?(5) ; ¿cómo ha de ser tu congoja ante nuestros platos vacíos?(6). Estas preguntas, y otras que el poeta invoca, parecerían dirigidas todas a un solo objetivo: interrogar al destino, el Otro Lado, quizás esperando aunque sea una señal de vida, aunque sea un oráculo a descifrar.

Tal vez el poeta a quien canta en estos versos, ante quien se inclina de rodillas y reza, con furia y ternura de niño, tal vez no es tanto a la muerte de su madre, sino a la muerte en sí misma. En él suelta todo su vuelo místico. Su queja nos recuerda al Job bíblico. Ya el nombre del libro hace una fuerte alusión a obras religiosas tanto poéticas como musicales.

Gabriela Mistral, escribió sobre el libro Réquiem: “Un día me llegó el bello, breve y mágico poema Réquiem… Supe de golpe y sigo sabiendo que tal libro era y es uno de los poemas de nuestra lengua que no serán disueltos ni por la roña del tiempo ni por el atarantamiento de los críticos ni por la veleidad de los lectores”(7).

Y muy certeramente señala Mistral: “Maravilloso poema, momento de gracia pura, porque ciertos dolores, gracias son si revivimos su trance sin morir ni blasfemar…”(8). Concuerdo y también cuando ella, haciendo una alusión a la tragedia griega, habla de “purgación del alma”. Sí, porque este libro se podría considerar como un profundo trance en la condición de un hombre dolido, como el paso del duelo hacia lo vivo, hacia la esperanza, en definitiva, como una purgación del alma. No en vano el poeta termina el libro con estos versos llenos de vida, amor y fe: “…Y llorar, nada más que llorar, ver que te pierdes en el mar/como una llamarada entre los témpanos,/y sentir que permaneces, sin embargo,/permaneces como una respiración contenida en la tierra,/llorar y esperar que pasen los años/y de la cara llena de llanto salga un destello/y un día venga mi hija corriendo entre la yerba y me muestre/la granada vertiginosa, la paloma encendida, el sueño/arcano/¡que renace del fondo de la tierra!”. De esta manera Díaz Casanueva asume un último llanto, despide para siempre a su madre, y se convierte en un hombre renacido.

Un poeta para descubrir y admirar, poco difundido en la poesía argentina.

Notas:
1. Confieso que he vivido, Editorial Planeta, p. 168, 1988
2. Réquiem, Poema I, p. 50, Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 1970
3. Ob cit, poema III, p. 52.
4. Ob cit, poema III, p. 52.
5. Ob cit, poema IV, p. 53.
6. Ob cit, poema VII, p. 56.
7. Ob. cit; p. 47.
8. Ob. cit; p. 48.
Publicado en EVT on line, noviembre de 2006


Categorías:Celedonio Torres Avalos, EVT Nº 12, Humberto Díaz Casanueva, Opinión

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