“En el fragmento está la epifanía poética”

Entrevista a Ariel Williams

Wiiliams

Con Los fronterantes ganó la mención especial del Premio de Poesía Olga Orozco, por decisión unánime de los poetas Juan Gelman, Antonio Gamoneda, Jorge Boccannera y Gonzalo Rojas. Desde Puerto Madryn, habló con La Costurerita sobre su obra y los distintos cruces e influencias que lo marcaron. Lejos de adaptarse a una sola expresión, su leguaje estalla en la particularidad de cada elemento. Pensamiento y emoción de un poeta que escribe a espaldas de las “vanguardias” porteñas.

Por Alejo González Prandi

Veo en tu poesía un paisaje fragmentado o quebrado, buscando la intimidad en cada una de las cosas que lo componen. ¿Coincidís con esto que digo?
Es muy interesante esa idea del paisaje quebrado, habitado o inhabitable para alguien. No sé si es el paisaje patagónico, porque, al escribir, las ciudades, los lugares, las culturas, las lenguas, los personajes son “parónimos” de lo conocido, aparecidos desde otro lado o derivando hacia otra cosa. Los lugares son alguien. Los seres de este libro son “fronterantes”, “borders” que hacen aparecer con ellos un lugar. Al escribir, algo (una voz, un personaje, un ritmo, un ambiente) abre un mundo, un lenguaje, una cultura.

¿Cómo influye la vida de todos los días en tu escritura?
La poética de lo cotidiano me atrae mucho. Ya se trate de los hábitos, los sentidos, las relaciones que estructuran nuestros días, o de la sucesión del tiempo, las ocupaciones, los pensamientos y las personas, o de las distintas luces que los atraviesan y les dan la apariencia de un sueño o una pesadilla. La poesía, en mi caso, nace de una ambivalencia: una cotidianeidad constantemente cuidada, preservada como si fuera un globo frágil que está en peligro permanente, y que es a la vez muy flexible, puede estirarse, deformarse, plegarse a las distintas fuerzas que la acosan; y por otro lado, fuerzas que extrañan lo cotidiano, lo agujerean, lo deforman, lo muestran con otra luz (a veces, solamente lo cotidiano mismo, que puede ser muy ominoso y extraño).

Una constante en Los fronterantes, libro que acabás de publicar en el sello suri porfiado, es la huella de la mutilación: cuerpos y tiempos mutilados, destinos interrumpidos por otros tiempos también truncos.
Sí. Por supuesto que las mutilaciones, los truncamientos del tiempo y los destinos se relacionan de manera directa con el cruce de las vidas con el poder tal como lo sufrimos en América Latina y Argentina. Pero no aparece mencionado de manera directa y explícita, sino en el borde, en la semi – oscuridad. Pero desde mi punto de vista hay siempre ambivalencia. Un destino truncado también puede ser recomenzado o proyectado de nuevo. Uno de los aspectos pesadillezcos de la cotidianeidad es la sensación de que todo va a seguir igual para siempre, o hasta la muerte. La posibilidad de reinventarse, que está siempre abierta, tiene mucho que ver con truncamientos, saltos y quiebres que les suceden a las vidas y a lo cotidiano. Además, el arte fragmenta: no puede presentar la totalidad, el destino se vive como poesía cuando es fragmento, esbozo de algo más amplio. Es en el fragmento que funciona la epifanía poética.

Otras presencias fuertes son la soledad, la oscuridad, la pérdida, unidas a la tierra: los múltiples escondites, lugares que se ocultan en una naturaleza aparentemente transparente, pero que ofrece vestigios de horror.
La pérdida y la soledad son terribles, pero también permiten comenzar de nuevo o imaginar otras realidades posibles. Bordear una frontera, salirse de la sociedad o de la lengua, abre la posibilidad inventar otro mundo. Los escondites, como lugares que “son alguien”, pedazos de tierra en los que alguien se reinventa. En ellos, se pliega el afuera de otra manera. Eso asemeja a los seres de Los fronterantes y de otros libros míos con aparecidos: parecen salir de la tierra, de un lugar que no se sabe bien cuál es, no clasificable con los parámetros establecidos. Por otro lado está el horror: un suceso coyuntural a partir del cual una sociedad tiene que redefinirse, replantearse como tal. Es el punto más allá del cual no se puede seguir. El horror suele ligarse a un lugar. Y también nos define como sujetos y destinos, tanto si se trata de un horror pasado del que nos tengamos que hacer cargo, como del umbral más allá del cual ya no somos nosotros, ya no pertenecemos a la comunidad ni al pliegue en el que nacimos, nos formamos.

La_costureritaPero también los colores son protagonistas y algo similar ocurre con los animales.
Escribo como lo haría un pintor “fauvista” o expresionista. Los colores no son solamente una herramienta (algo que yo podría manejar a mi antojo): son seres y fuerzas que viven, atraviesan, mutan por sí mismos. Lo mismo me ocurre con todos los seres: los animales, los árboles, las palabras, los lenguajes, los personajes, los ríos. Al escribir, siento que realmente existen ahí, están viviendo en la escritura. Por eso hablo de “apariciones”. Las cosas, los seres, los mundos se me aparecen al escribir.

En el libro, todas las existencias, las mujeres y hombres, los animales, sus partes, tienen el mismo valor. La muerte, al modo de Manrique, parece equipararlos.
La muerte, un tema inevitable de la escritura, es una forma que adopta una experiencia que yo describo como “lo neutro”. De golpe, me veo desconectado del yo, me convierto en una especie de mirada, pensamiento de nadie, absolutamente neutros. Una equiparación de todo, como si las cosas, los seres, se transformaran en meras superficies que “pasan”, y no son nadie para nadie. Igual tengo conciencia de que me ocurre a mí, o en todo caso, de que yo soy el que “acaba de ser desconectado”. Y produce, como efecto de “vuelta” al yo, una presencia más importante de los seres, una conciencia de su extrañeza y del asombro su ser.

El libro tiene cuatro divisiones: Mundo de la madre; (Provinsia Cero; Boda y Frigorífico. ¿Cómo las integraste?
Es difícil de explicar, es una época de muchas idas y venidas, proyectos inconclusos. Los fronterantes comenzó como problema. Yo había terminado de escribir “Conurbano sur”, donde reelaboraba un intento de lenguaje poético realizado en el libro “Cielorraso & compañía” (inédito). En el proceso de ambos libros, trabajé ese lenguaje cuatro años, y la verdad es que ya estaba cansado. Así, un intento derivó en “(Provinsia Cero”: todavía explora en el mundo – lenguaje de “Conurbano sur”, aunque ya abriendo otra experiencia. Le puse “Cero”, porque es como un texto de partida para otro libro que escribí por esa época: “Provincia” (inédito), que explora también el mundo provinciano. Antes, yo había intentado otro trabajo poético sobre el tema de la guerra de las lenguas y las regiones, llamado “Fronterhardt” (un chiste cómplice dirigido al escritor y amigo Marcelo Eckhardt): de él salió en parte el título “Los fronterantes”. Busqué un lenguaje expresivamente más neutro en “Frigorífico”: un homenaje a un poeta amigo, Diego Román. Escribí “Boda”, una serie de poemas que constituía casi un mundo cerrado en sí misma (en homenaje a otra amiga, la poeta Claudia Prado). Otros intentos quedaron inconclusos, como “Mundo de la madre”. Todos ocurrieron entre 1999 y fines de 2001 (antes de la crisis). Fue un período de ebullición, mucha creatividad, y gran incertidumbre sobre cómo seguir.
En 2005, busqué recuperar algo de lo hecho en esos años y pasé en limpio muchas cosas, terminé otras, agregué poemas. Ahí decidí agrupar varias series de poemas en Los fronterantes. No fueron escritas teniendo como horizonte un proyecto de libro único, pero pertenecen a búsquedas similares y pueden incluirse en la metáfora del “fronterar”. Se trata de personajes – umbrales.

¿Cómo se fue modificando tu escritura hasta llegar a Los fronterantes?
Me han ocurrido básicamente dos tipos de cambios: uno relacionado con coyunturas sociales y políticas que, repentinamente, abren para mí una dimensión nueva del lenguaje o la cierran; otro, más relacionado con obras y autores cuya lectura me conmociona de manera que ya no puedo seguir escribiendo como lo hacía. El primer tipo de cambio me ocurrió, en el menemismo, con la implosión del albergue Warnes y cuando la policía expulsó a los jubilados de plaza Lavalle. Esos dos episodios, las voces y las hablas sociales que aparecieron en la escena mediática, me conmovieron profundamente. Ya no pude escribir como lo hacía. Es cierto que venía leyendo a César Bruto, pero fueron esos sucesos los que abrieron todo un horizonte de lenguas sociales y sus mundos vitales como posibilidad poética. En ese horizonte escribí “Cielorraso & compañía” y “Conurbano sur”. Otro episodio de influencia similar, que todavía me cuesta describir, fue el de la crisis de diciembre de 2001. Puedo decir que la lengua se me apareció como algo terminado, como si viviéramos el fin de una lengua tal como la habíamos hablado hasta ese momento. Allí, también me hallaba bajo el efecto de la lectura de Carlos Battilana y Martín Gambarotta.
Para llegar a “Los fronterantes”, fue fundamental el agotamiento del mundo – lenguaje de “Cielorraso & compañía” y “Conurbano sur”. También, mi regreso a la Patagonia (mientras estudiaba, y por varios años más, viví en Buenos Aires): descubrir lo que sucedía literariamente aquí, la obra de escritores como Cristian Aliaga (mi Maestro), mi gran amigo Martín Pérez, Claudia Prado, Andrés Cursaro, Diego Román, Sergio De Matteo, Washington Berón, Mariela Lupi, Giovanna Recchia, Marcelo Eckhardt, María Silvina Ocampo, Maritza Kusanovic, Ricardo Costa, Andrés Kurfirst, Raúl Mansilla, Laureano Huayquilaf , Debrik Ankudovich, Gustavo Rodríguez, Mauricio Robles, Diego Cacciavillani, Jorge Spíndola y muchos otros.

Publicado en La costurerita, Año I, N° 1, noviembre de 2008


Categorías:Alejo González Prandi, Entrevistas

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