Conejos en la nieve

Poemas de Conejos en la nieve (Colihue, 2009)

Mandrini

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Eugenio Mandrini (*)

LOS PECES MÁS LEJANOS 

Antes me intrigaba saber por qué, sentados en la orilla del
día, los que venían a pescar permanecían allí, de espaldas
a lo que se supone que es el mundo, y entregados al olvido
del tiempo.

Ahora que soy uno de ellos, lo sé.

Estamos aquí desde que aprendimos que estas aguas son menos
turbulentas que las del espejo, aquel otro río donde alguna
vez echamos todos los anzuelos y recogimos sólo viejas
confesiones, estallidos apagados, tierra conclusa.

Estamos aquí desde que llegamos deseosos de partir, y no
nos atrevimos. Traíamos la meta de alcanzar a los peces más
lejanos, aquéllos que serán los últimos en morir, y todavía
no nos atrevimos.

Tal vez lo hagamos cuando eso, a nuestras espaldas, que se
supone que es el mundo, deje de cortejarnos con sus luces,
que entre derrumbes, aún titilan.

Los peces más lejanos, como es su costumbre, aguardarán,
multiplicados.

 

CONEJOS EN LA NIEVE

Alguien se pasea sin paraguas bajo la lluvia. ¿Para apagar
la locura que lo sigue como una sombra en llamas? ¿Para
gozar como nadie, en ese instante, el cielo sobre su cabeza
¿O para tocar la lluvia con todo el cuerpo y ahogarse en su
perfume?

Instantáneamente después de haberse amado, un hombre y una
mujer quedan en silencio. ¿Angustiados al intuir que allí
algo se ha roto para siempre? ¿Temerosos de presentir que
es la muerte quien ordena esos pequeños cataclismos? ¿O felices
de escuchar el eco de los gemidos que aún perduran en la
penumbra?

Un padre y su pequeño hijo van por la calle tomados de la
mano. ¿Quién elige el camino, quién el regreso? ¿Quién esa
noche soñará que llevó de la mano al otro? ¿Y quién, al
despertar, sabrá que él es el camino?

Un gorrión –ave deslucida salta obsesivo de un árbol a
otro y a otro. ¿Qué busca? ¿El espíritu del bosque? ¿La
razón de su inquietud? ¿O escapar de los abismos del aire?

El otoño ensombrece a los árboles y se lleva al olvido la
luz de las hojas. ¿Qué quiere demostrar? ¿Qué es el secuaz
de la tristeza? ¿Qué es la tristeza misma engastada en el
tiempo? ¿O que es el alimento irresistible de los exiliados
del mundo?

Quien a menudo se interroga en el espejo, ¿qué espera?
¿Una respuesta que lo haría añicos? ¿Multiplicarse para
repartir las penas? ¿O llegar al fondo de su maltratado
corazón?

La nostalgia, antigua dama que sólo sabe dar opacidad al
ojo y palpitación a la voz, apoya la cabeza en el hombro
de una nueva víctima. ¿Qué hacer entonces? ¿Cortarle los
cabellos llorosos y arrojarlos al fuego? ¿Morderle los labios
hasta apagarle los suspiros? ¿O seguirla, enternecido,
hasta su alcoba de niebla?

Cumplida su faena un estafador llora repentinamente
sobre un crucifijo. ¿Qué pretende? ¿Lavar de sombra el
aire? ¿Humanizar el rito hasta hacerlo arte o leyenda?
¿O creer que es posible la ilusión sin término?

Los que regresan al barrio después de haber vagado por los
mundos de este mundo, ¿adónde regresan realmente?
¿A esa mujer en cuyos ojos se adivina un corazón helado?
¿Al patio del tiempo inmutable en que el sol deliraba?
¿O al infierno del que huyeron, para que alma y últimos
días dejen de tiritar?

Un poeta escribió cierta vez que una mujer tenía en la voz
la flor de una pena. ¿Dónde encontrar esa flor? ¿En los
pantanos que el alcohol refleja en los vasos sin fondo?
¿En la memoria de algún colibrí que libó de esa flor hasta
dejarla sin luz? ¿O en alguien que soñó con los jardines
del paraíso y, puesto a morir, se hizo tatuar esa flor
en el consuelo del pecho, para iluminar el ataúd?

Interminablemente los perros aúllan a la luna. ¿Es acaso
un homenaje a sus ancestros, los tenores olvidados? ¿Es el
aullido un arpón y la luna el linde oscuro de la ballena
de Ahab? ¿O simplemente es un lamento que imita la voz
de la vida?

¿Y si de pronto al doblar una esquina o mirar al fondo de un
aljibe, como un sobresalto o un estallido, aparece la
Belleza? No importa si en forma de revelado amor, de cielo
en un prado nunca visto o de pájaro posado sobre una rama
invisible. Importa que es ella, desnuda en toda su luz,
invasora como el diluvio, real como la sangre de la historia.
¿Qué hacer entonces? ¿Cerrar los ojos y ordenar a la lengua
el olvido del grito para no enloquecer? ¿Arrodillarse
como el sediento ante el último espejismo? ¿O seguir
de largo, imperturbable o con cierto vaivén de
soberbia en los pasos, dado que la Belleza es sólo
un reino fugaz?

Ahora bien: ¿qué miro yo tan fijamente en la llanura blanca
cuando quiero escribir y el poema se niega? ¿Conejos
en la nieve?

 

(*) Nació en Buenos Aires en 1936. Poeta, narrador, Eugenio Mandrini escribió también guiones de historieta. Autor de los libros: Criaturas de los bosques de papel, Antes que el viento se apague y Campo de apariciones. Textos suyos integran las antologías de poesía Antes que el viento se apague y Testigos de tormenta, y el libro de ensayo Tango. Magia y realidad. Ha colaborado con diversas publicaciones del país y del exterior. Su novela La bilis resultó finalista del Premio Sudamericana-La Opinión, del que fueron jurados Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Rodolfo Walsh y Juan Carlos Onetti. Su libro Conejos en la nieve recibió el Premio de Poesía Olga Orozco; el jurado estuvo integrado por el poeta español Antonio Gamoneda, el chileno, Gonzalo Rojas, y los argentinos, Juan Gelman y Jorge Boccanera, y el premio se otorgó por unanimidad.


Categorías:Poetas

4 respuestas

  1. La verdad me encantó la poesía. reflexionar, adentrarse en el mundo interno interminable.

    Gracias Eugenio Mandrini

  2. Qué maravilla de Poeta y Poesía, un amigo querido me confió tu nombre, Eugenio sin saber que al leerte me dejaba un camino abierto hacia la magia de tu poesía, otra posibilidad de asombro al entrever tus letras.
    Te seguiré leyendo y quizá descubra la magnificencia de tu voz escrita. Aleluya Maestro, besos mil. Vic

  3. Maravilloso…he quedado con sed, agradezco haber dado con este autor.
    Gracias.

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