Jaime Pinos Fuentes: Criminal

Por Celedonio Torres Ávalos

La poesía chilena nos abraza nuevamente con una voz original, plena de realismo, clara y penetrante. Es la voz de Jaime Pinos Fuentes con su libro CRIMINAL editado en La Calabaza del Diablo (2003), Santiago de Chile. Todos los poemas del libro son una unidad. Muestran distintas escenas y testimonios de un hombre que ha incurrido en diferentes crímenes, como ser robo, violación y asesinato.

No estamos ante un libro meramente narrativo, sino sustancial, en un ámbito entre la épica y la lírica. Pinos Fuentes nos muestra, con una poesía sencilla que tanta falta hace, un porqué de ese criminal, una explicación a modo de instantáneas, desde una humanidad que no necesita interpretaciones ni teorías para entender. Así se lee en el poema “Discurso del Resentimiento”:

Lo que hice lo hice,
no lo digo por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

La pobreza,
la droga,
la violencia.
Estigmas,
cicatrices de nacimiento.

A los otros les tocó el premiado.
A mí, sólo una mierda de vida
y toda una vida de mierda para malvivirla.
Una niñez con dolor.
Una madurez prematura impuesta por los rigores de la supervivencia.
Una vejez indigna entre el abandono y la enfermedad.
Una muerte anónima recibida como un alivio.
Así fue para mis padres y los padres de mis padres.
La miseria, qué duda cabe, es un mal hereditario.

No fui el único.
He visto las mejores mentes de mi generación
destruidas por la locura.
Lo que nunca entenderán los psicólogos y los terapeutas
es que la droga no es una puerta falsa
cuando la mente es el único lugar adonde ir
más allá de los límites del gueto.
Cuando se prefiere la angustia de la pasta
a la droga, muchísimo más dura, de la realidad.

En cuanto a la violencia,
una mera abstracción para los privilegiados,
los parámetros cambian cuando se ha vivido en ella
como un pez en el agua.
Cuando un punzón o un fierro hechizo
son simples utensilios domésticos
y la sangre y la muerte
eventos cotidianos,
apenas parte del paisaje.

Que me dieron oportunidades, dicen.
Que pude ser otra cosa.

Pero si alguna vez me dieron algo
fue la condena de crecer en el encierro.
Desde niño, una cárcel tras otra.
Hogares, las llamaban.
Si alguna vez me dieron algo
fue tan sólo para sacarse fotos.
Un ejemplo de rehabilitación, decían entonces,
mientras sonreían a la cámara.
Si alguna vez me dieron algo
fue un destino jugado a la ruleta rusa,
las cartas falsas del perdedor.
Fue la  impotencia, la frustración.
Fue esta rabia.

Repito,
no es por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

Yo soy la cosecha.
Yo soy lo que sembraron.

Los últimos versos son de contundente elocuencia. La vida hizo de él un condenado, alejado de toda contención familiar y social. En el poema “Informe Psiquiatrico” se lee un reporte que hacen facultativos “peritos” en el que se asevera que el criminal padeció el maltrato físico y el abuso sexual reiterado como además señala su adicción a la cocaína/ pasta base/ marihuana/ anfetaminas benzodiazepinas. Ese sufrimiento de la infancia se describe con precisión de cirujano en el poema “Recuerdos de Infancia”, donde el hambre esa mordida, la violencia de la abuela y el abuso sexual de los tíos se describen en una poética de golpe y hierro candente.

¿Es este personaje el verdadero culpable de sus crímenes?, mejor dicho ¿es el único responsable de los crímenes?; ¿quién verdaderamente es el creador de este fauno perdido en un laberinto de horror y miseria?. La respuesta la da el mismo poeta en el vibrante poema “Primer Carta a la Poderes”, donde se lee:

Señor Ministro del Interior:

Usted habla de mi vida
Como si hubiese elegido dedicarla a delinquir.
Pero se equivoca.
Yo quería hacer algo con ella.
Tenía aspiraciones, tenía proyectos.
Nunca quise este final,
todo el horror,
todas esas muertes.
Alguna vez imaginé las cosas de otra forma.
Los delitos que cometí
fueron para mejorar el remedo de vida y de familia que tengo.
Sin embargo, todo fue inútil.
Todo sucedió como si estuviera escrito.
Hasta llegar a la soledad de este cubículo
donde la luz permanece encendida
día y noche
mientras el tiempo no pasa
y lo mejor que puedo esperar de la vida
es una muerte rápida.

Usted habla del crimen
como si fuese un vicio que algunos practicamos
por una especie de abyección congénita
o de desafío antisocial a las reglas de la colmena.
Pero se equivoca.
El criminal no nace, se hace.

Y el camino de la abyección es un largo aprendizaje
que, para muchos como yo, coincide con el de la supervivencia.
Ser un individuo útil para la sociedad.
Lo intenté.
Nadie quiso contratarme por mis antecedentes.
Sesenta lucas.
Eso es todo lo que pude ganarme honradamente.
Es la sociedad la que nos rechaza, Señor Ministro.
Es esta colmena la que, como a zánganos, nos desecha por inútiles.

Finalmente,
aunque hoy sea acribillado
por quienes en algún momento me exaltaron
y sea una vergüenza nacional,
le recuerdo, Señor Ministro,
que soy parte del producto interno de esta sociedad.

Aunque usted,
desde la cómoda oficina en que se encuentra,
jamás entenderá.

Desde las alturas del poder,
nunca podrá siquiera imaginar
lo que es la vida
acá
en los bajos fondos.

No hay un intento de defensa a su favor, sí de justificación, y su justificación es nada menos que el testimonio de su vida, y aunque parezca mentira, alguna vez imaginó las cosas de otra forma. Tampoco pide perdón, porque él sabe con certeza que no tiene perdón. Dice en el poema “Discurso del Perdón”: No pido perdón / Los delitos que cometí / fueron atroces, lo sé. / Pero sé también / que ningún gesto de arrepentimiento / va a mitigar / el dolor de las víctimas. / Que el daño es irremediable / Yo soy el que no tiene perdón. / Yo soy el condenado.

Dentro del libro, como un claro en la tempestad, el “Tila”, tal su nombre, se confiesa escritor, en el poema “Discurso de las Bellas Artes” expresa: No pude ser feliz, ello me fue negado / pero escribí, confiesa. Escribió hasta su suicidio. Probablemente si no hubiese escrito, si la poesía no hubiese ordenado su locura y dolor, quizás se hubiese suicidado antes y esa muerte hubiese tenido menos sentido que la que tuvo después de terminar La obra, su libro.  Ese libro le dio sentido a su vida y un sentido a su muerte. Se quitó la vida quizás porque ya no tenía nada más que escribir. Si la poesía no nace de lo más vivo, de lo más animal, de lo más descarnado y profundo del hombre, ¿de dónde nace?

El final del libro es una invocación a Dios, tal vez porque no haya respuesta para la vida del “Tila”, o mejor dicho, para todas las vidas. Es la condición humana ante el misterio de mundo. En el poema que cierra el libro, Requien, dice: “Los que vivimos en esta ciudad enferma, / como lobos y ovejas, / bajo el imperio sangriento de la depredación. / Los que seguiremos repitiendo, / víctimas o victimarios, / la vieja historia de Caín. / Los que lo aborrecemos / porque amamos la muerte, / a Ti, Señor, te pedimos: / ten piedad de su alma, / te piedad de nosotros”.

Jaime Pinos Fuentes, un poeta para considerar. CRIMINAL, una poesía para seguir sembrando.



Categorías:Celedonio Torres Avalos, Libros

1 respuesta

  1. Celedonio. Te agradezco mucho el comentario. Creo que hiciste una lectura atenta y sugerente del libro. Te envío un saludos desde Isla Negra, litoral central chileno, y te mando el link a la web y el sello editorial en que trabajo junto a un grupo de compañeros: http://www.lanzallamas.org Estamops en contacto. Jaime.

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