El Bicentenario: una oportunidad para la memoria (Primera parte)

En el año del Bicentenario, El Vendedor de Tierra publicará una serie de artículos firmados por diferentes autores, entre poetas, críticos y ensayistas. La idea propuesta es analizar y debatir sobre el desarrollo de la poesía argentina en estos 200 años, sus vínculos con la política, la historia, la sociedad, la tecnología, los medios de comunicación y las culturas que acontecieron y se forjan en nuestro país.


 

Por Aldo Parfeniuk (V. Carlos Paz)

Cultura popular y canon literario

Estas notas fueron escritas desde un mirador apartado de los encuadres propios de disciplinas y/o artes ordinariamente considerados como los únicos “lugares” teóricos admitidos para discutir ciertos temas, que en el caso de la poesía, sería, por ejemplo, la literatura.

La propuesta es tomar democráticamente a la cultura hecha por la mayoría de la gente como definición dominante del concepto de cultura y, desde tal lugar, considerar al poeta como el mejor, el más sutil antropólogo; como el mejor “oidor” y traductor de la voz de la gente: como el consumado lingüista, apto para dar a cada cosa, hecho o matiz de su cultura, el nombre y el tono justos. Por cierto, como aquél que es capaz de dar adecuada respuesta a lo que prevalece como expectativa social, transformando al texto poético en el resultado, en la prueba de esa eficacia. Eficacia históricamente demostrada en el hecho de que cada cultura, finalmente, se consuma identitariamente (o es representada en su identidad lingüística, idiomática ) en esos textos fundacionales de las lenguas nacionales según son los de sus poetas: Goethe, Dante, Cervantes, Hernández, etcétera; quienes nunca dejaron de escuchar lo que sus respectivos pueblos decían y cantaban, deseando -por supuesto- que fuese mejorado por la imaginación y capacidad de ruptura que esos portavoces, según son los poetas y artistas en general, poseen como marca distintiva.

Para trabajar desde tal perspectiva habría que consensuar otros indicadores y/o criterios de juicio, tales como los de: pertenencia a un ámbito reconocible, historicidad, correspondencia a un común código de clase social, identificación con una tradición cultural, emocionalidad, entre otras; categorías que, sin duda, poco tienen que ver con las que normalmente, y hoy sobre todo, propondría un crítico literario convencional. Entre sus criterios, seguramente encontraríamos que predominan los de: inventiva, capacidad de ruptura, imaginación, originalidad, cantidad de obras-ejemplo, entre otras que no hace falta mencionar. Por cierto, la cuestión de fondo siempre sería la disputa por las definiciones en base a las cuáles se decidirá qué es poesía y qué no, lo cual -conviene no perderlo de vista- sería llevado a cabo con el factor en contra (no menor) de que el discurso -las categorías de este mismo discurso- mediante el cual se lleva a cabo la disputa, no es una construcción popular sino del “enemigo”, de la clase dominante, formadora, legitimadora: no sólo de las categorías y los esquemas de ordenamiento y clasificación, sino de los conceptos, los términos y las palabras mismas. Esta es la “condena” del dominado: no poder hablar sino con/desde la lengua del otro; “ser procesado por los otros”, según en alguna ocasión apuntaba Aníbal Ford.

Constituido así como hoy lo conocemos en nuestro país, el campo de la poesía (en tanto sub campo de lo cultural, siendo éste último, a su vez, un sub campo de lo social), no puede ofrecernos un funcionamiento que contradiga la lógica general en la cual está inserto.

Sobre la parte y el todo
A fines de 2006, en una revista literaria de Buenos Aires especializada en poesía, Santiago Sylvester publica un artículo (“El país amputado”, en parte reproducido después, en el 2008, en una revista de divulgación cultural del Grupo Clarín) en el cual expresa su opinión respecto de la históricamente injusta atribución de “poesía argentina” a lo que básicamente se escribe y publica en Buenos Aires y su zona geográfica de influencia, especialmente la conectada con el puerto y las riberas.

El autor pasa revista en detalle a las antologías publicadas en el país, a partir de La Lira Argentina (1824), seleccionada por Ramón Díaz, y a las que suma muestras de autores que, aún hoy, contribuyen a consolidar un mapa de la poesía argentina que no es representativo de la totalidad del país.

Leamos un breve fragmento del artículo:

Pero antes de continuar con este análisis, y como parte importante del mismo, debo decir de inmediato que sería agregar un error a otro plantear este tema en términos de rivalidad nacional y llegar a la conclusión tranquilizadora de que la culpa está en la vereda opuesta. No hay vereda opuesta ni es necesario encontrar culpables; sí, en todo caso, corregir la distorsión. En este sentido se puede decir que, además de una indudable arrogancia centralista, también son responsables de esta situación las provincias. Esto tiene que ser expresado categóricamente para que la madeja no se enrede donde no debe, y para que éste análisis no parezca lo que no es: resentimiento o algún tipo de sentimiento devaluado (2006:109).

El fragmento basta para señalar una vez más la situación histórica de asimetría que en nuestro país siempre se dio no sólo en lo simbólico, sino en lo económico, político, material, etcétera.

La propuesta correctora de Sylvester -cuidadosa en cuanto a desactivar una confrontación que en realidad yo creo que constituye la clave del problema- es ver de qué manera se puede acceder a los espacios de visualización y consagración en los que se afirma el sistema literario, artístico y cultural “nacional” que históricamente padecemos y que repite la figura de la sinécdoque (tomar la parte como si fuese el todo), matriz que es reproducida por la mayoría de los países del continente, gestados desde el mismo concepto, desde la misma lógica ideológica-intelectual imperante en una época de la cual deberíamos despedirnos de una vez por todas. En ese sentido, el Bicentenario que ya estamos celebrando varios países latinoamericanos, es un buen motivo para proponer un nuevo paradigma que, sustituyendo a la sinécdoque, incluya a las partes no sólo invisibilizadas sino subsumidas por la parte dominante.

Pero es ingenuo pensar que la injusta situación responde a causas o desacuerdos locales, propios de nuestro país. La cuestión de fondo es más amplia y pone en escena -entre otras cuestiones- las relaciones entre universalismo y relativismo.



Categorías:Opinión, Poesía y Bicentenario

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