El Bicentenario: una oportunidad para la memoria (Segunda parte)

Por Aldo Parfeniuk

Si uno mira con cierta amplitud a estos sistemas generados en un mismo período independentista, advierte rápidamente que se dan a partir del modelo común que todos encontraron en un “estado del mundo” indisimuladamente eurocentrista. El canon en discusión -que, reitero, sigue rigiendo entre nosotros- nace bajo el paradigma antropológico evolucionista: paradigma útil para los europeos como teoría justificatoria de las prácticas colonialistas de la época; del mismo modo que en etapas posteriores, según los nuevos intereses de los dueños del poder, resultarían de utilidad el funcionalismo o el estructuralismo. Nuestros intelectuales fundadores, en su necesidad de elaborar una identidad nacional–argentina, acorde con el protocolo y las exigencias de que algo hay que hacer cuando acontece el Centenario de una nación,  se animaron a proponer, a lo sumo, la figura del gaucho -es decir de lo criollo- como arquetipo digno de ser modelizado.

Es lo que propondrá Leopoldo Lugones en sus conferencias de 1913 (publicadas en l916 con el título de El Payador) asimilando la figura y las características del héroe griego (arquetipo de la occidentalidad) a la de nuestro gaucho. De allí saldrá el prototipo de defectos y virtudes cuya representación literaria ejemplar recaerá en las espaldas del personaje central del poema de José Hernández.

Por cierto que de los otros contenidos y formas de la vida en las regiones alejadas de Buenos Aires ni noticias en tal sistema literario: nada de lo indígena o aborigen, ni de la negritud -por dar un par de ejemplos; y no sólo sus temas sino sus formas-, pues pertenecen a una otredad que no tiene lugar en el programa estético-político configurado a partir de lo civilizatorio hispano-europeo.

Y esa es la deuda que quedó pendiente y que hay que saldar en este Bicentenario. Pero no esperando -una vez más- que lo otro entre dentro de lo uno (sabiendo que el precio de tal entrada  es, sin más, la pérdida de lo distintivo que hace a su identidad), sino que lo otro tenga espacios y condiciones para ser según sus propias formas y modos: según sus diferencias, y no sus coincidencias.

Por eso, en realidad, lo que hay debiera tratar de superar el análisis es, justamente, la reedición de maneras de pensar lo que nos sucede como país y como sociedad sólo desde nuestras miradas, desde nuestras categorías.

De lo que se trata es de diagnosticar y tratar de explicarnos qué (y cómo) debiera hacerse para conseguir sustituir la impuesta figura de la sinécdoque por una más amplia y representativa del todo; representativa, especialmente, de las partes más pequeñas y diferentes de ese todo.

No se trata de imaginar de qué manera las provincias interiores debieran organizar publicaciones que reúnan, sin omisiones, a todos aquellos “valiosos” poetas que escriben dentro de sus límites. Lo que hay que lograr, desde el interior mismo de esos espacios subalternizados, es la consideración, en planos de igualdad, de las formas, también subalternizadas, con las que las culturas (no la cultura) de las regiones interiores constituyen sus expresiones, sus “discursividades”. Y en esta tarea hay (siempre habrá) lucha, asimetría, conflicto; alguien que impone (por ejemplo que la buena poesía; o simplemente la poesía, para ser tal, debe ser escrita y publicada: y no publicada en cualquier parte) y alguien a quien se le imponen condiciones y formas: formas de hacer que en realidad son disfrazadas y obligatorias condiciones de formas de ser.

La operación “copla”
Es ilustrativo pasar revista a la manera en que, apenas pasado el Centenario (1910), se articula y pone en marcha el proceso de ordenamiento de nuestro Cancionero popular del interior del país -especialmente provincias del centro y noroeste- por parte de Juan Alfonso Carrizo y quienes subvencionan económicamente el proyecto.

La condición básica de tal empresa era que se definiera como auténtica tradición de argentinidad (por cierto fuera de las grandes ciudades, donde las formas y géneros eran distintos) un nacionalismo hispanista católico sin lugar alguno para lo aborigen o inmigratorio no español (y hablo no solamente de lo afro sino de muchas otras “minorías” culturales que aportaron lo suyo para forjar el escamoteado “crisol de razas” que en rigor somos)

Al respecto es ilustrativo lo que dice Diego Chein (en el Nº 9 de la revista Silabario, Cba., 2007) titulado “Proceso de constitución del campo nacional de la folklorología: posicionamiento, articulación social y resignificación de la teoría”, aportando datos desconocidos -u olvidados- sobre los proyectos de constitución de cancioneros como el de Juan Alfonso Carrizo. Al respecto Chein nos recuerda que el proyecto de Carrizo es financiado por dos prominentes figuras de la oligarquía tucumana -según fueron Ernesto Padilla y Alberto Rougés- pero a condición de que presentaran determinadas voces y modos. Es contra tal programa -vale la pena recordarlo- que realizará su tarea, mucho más inclusiva por cierto, el santiagueño Bernardo Canal Feijoo, junto a quien compartirá esta mirada, integradora especialmente de “lo indiano”: Ricardo Rojas.

Volviendo al presente. Recoger, ordenar y analizar el cancionero popular (o lo que tras ese concepto pudiera entenderse hoy en día) tratando de dar cuenta de nuestra identidad, demanda hoy, entre otras cosas, reparar aquellas ausencias tan significativas y tratar de exponer sin prejuicios ni condicionamientos, no lo que previamente “esperemos” encontrar, según algún esquema categorial adoptado a priori, “bajado” de la Universidad, sino lo que haya, según singularidades que no dejen de obligarnos a “abrir” nuestras cabezas, como vulgarmente se dice. Si lo que se busca es la forma copla (según la tradición española entiende que es la forma de la poesía popular) todo aquello que no caiga dentro de su molde no será tenido en cuenta. Ante esto uno se pregunta: ¿pero acaso las etnias de las distintas regiones no cantaban? ¿Y los negros, qué tradiciones tenían?

Aunque sólo por un momento, supongamos que la biodiversidad, de la que se ha probado que es imprescindible para garantizar la fortaleza de la vida sobre la tierra, es una metáfora fructífera para pensar, no sólo la multiculturalidad, sino la multiplicidad de poesías (y por supuesto, de poéticas) de un país diverso como el nuestro. Una de las ventajas de observar  desde un mirador “otro” -.por ejemplo el de las investigaciones culturales- es que, al sustraerse a las clásicas internas propias del campo, permite todo lo que logran las perspectivas sesgadas, que suele no ser poco; especialmente cuando se detienen en lo que acontece en las sombras (en los silencios) que rodean a la cosa: ámbitos mucho más significativos y decidores de lo que permite verificar un centro de la cuestión, no sólo preconstruído por quienes ostentan saber de antemano cual es el código y la respuesta correcta, sino la mayoría de las veces agotado de tanta discusión recurrente.

Es necesario no confundir lo anterior con lo que se quiere hacer entender -en la jerga propia del lenguaje planetarizado de la posmodernidad- cuando se habla de “hibridación cultural”, acerca de lo cual (y aunque referido a las artes plásticas, se puede aplicar a otros casos) advierte Nicolás Bourriaud, en Radicante, su último libro conocido: “..´la hibridación cultural´, noción típicamente posmoderna, fue en realidad una máquina de disolver cualquier singularidad verdadera bajo la máscara de una ideología ‘multiculturalista’ (…) La supuesta diversidad cultural, preservada bajo la campana de vidrio del ‘patrimonio de la humanidad’, termina siendo el reflejo invertido de la estandarización general de los imaginarios y de las formas: cuanto más vocabularios plásticos heterogéneos de tradiciones visuales múltiples no-occidentales integran el arte contemporáneo, más claramente aparecen los rasgos distintivos de una cultura única y globalizada”. El autor termina la idea diciendo que “el supuesto respeto por el otro, típico de ‘la cortesía estética posmoderna’ genera en todo caso un colonialismo al revés, tan cortés y aparentemente condescendiente cuanto violento y negador fue el precedente”.

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