Los umbrales de Polanco

Jorge Polanco

La última vez que estuvo en el país fue el 16 de febrero último, cuando participó del ciclo (o “no-ciclo”) Zoológico de Poetas, en El Empujón del Diablo. Asiduo visitante de Buenos Aires, desde Chile el joven Jorge Polanco Salinas respondió para El Vendedor de Tierra algunas preguntas relacionadas a sus libros, proyectos literarios, autores o poéticas afines y la situación de la poesía chilena actual.

 
Polanco publicó Las palabras callan –poesía- (Altazor Ediciones, Viña del Mar, 2005), y La zona muda. Una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn –ensayo- (Ril Editores y Universidad de Valparaíso, Santiago, 2004). Además, editó dos plaquetas de poemas: Umbrales de luz -prosa poética- (Zorra poesía, Buenos Aires, 2007), y Ferrocarril Belgrano (Inubicalistas, Valparaíso, 2010). Actualmente colabora en diversas revistas de poesía, donde “su preocupación primordial reside en los umbrales de la palabra”.

 

 
“En Las palabras callan (2005), el lenguaje intenta ser llevado al límite de la expresión verbal. Allí se busca el espesor lingüístico. Es un poema que contiene a veces un solo verso por página. Las hojas configuran también el poema, comparecen en su blancura liminal. En cambio, hoy estoy escribiendo un libro de poemas largos, que intentan por otra vía poner atención al lenguaje y al umbral de época en que nos encontramos (el lenguaje, por lo demás, siempre es político). En la experiencia de escritura de estos textos, la memoria individual va configurando una memoria colectiva. Con sus elipsis, interrupciones inconscientes, las marcas de la historia, los poemas aguardan por imágenes que digan. De este libro salió publicada una plaqueta en Ediciones Inubicalistas —Ferrocarril Belgrano — que tuve la ocasión de leer hace poco en Argentina, reeditada por Lucas Funes Olivera a través de La funesiana. Era importante para mí presentarla en Buenos Aires, puesto que el poema central nació de un viaje durante el 2010 (ya llevo once viajes más o menos seguidos a  Argentina).

 

“Sobre las poéticas con las cuales me siento ligado, creo que no es fácil responder con nitidez tal pregunta, es decir, puedo pensar en algunos poetas que vienen a menudo con sus indagaciones al “momento” de la escritura, pero no tengo claridad si la configuran como pie forzado. Además, ¿cuándo comienza un poema? No se trata de defender la originalidad, sino de atisbar que hay muchos caminos en que uno se extravía. Le doy mayor relevancia a la posibilidad de perderse en poesía que a ganar seguridades. Celan es muy importante en esa perspectiva; aquel Celan leído en castellano desarticulando el lenguaje y que, escuchado en alemán, balbucea las palabras en sus confines. O el último Hölderlin que llega a una palabra de la asfixia, de poemas inacabados. Así como el Kertész de la intransigencia consigo mismo y con el país que le tocó vivir. Todos ellos son escritores de la búsqueda de lucidez, de fidelidad a la verdad del contrapoder y del lenguaje, antes que a la literatura entendida como una forma más del mercado.

 
“A propósito de estas relaciones, tal vez pueda vislumbrarse de alguna manera lo que ocurre con la poesía chilena. Creo que la escritura poética y sus relaciones sociales sobre todo, no están demasiado alejadas de la penetración del actual sistema político. Gran parte de los poetas reproducen la lógica de mercadeo; si bien antes el “yo” era puesto en tela de juicio por poéticas como las de Nicanor Parra, Enrique Lihn o Juan Luis Martínez, hoy ese espacio vacante del poeta sigue ocupando un lugar, pero dentro de los premios y del espectáculo rancio denominado “poesía chilena”. Ése es el sitio asignado a partir de la ideología de la gestión y los proyectos en política cultural, que se trasunta en publicaciones de libros editados con el objetivo de aparecer por el simple hecho de aparecer. No se trata de criticar la posibilidad de que se publique mucho o poco, sino del predominio del gesto, al que algunos llaman “obra”, por la cantidad de páginas, libros o talleres puestos en una solapa. Lo peor que le puede pasar a un poeta es pensar que es un “profesional”, un especialista que está haciendo una “carrera” –en sus múltiples sentidos- literaria. Eso sucede hoy en Chile”.

 

Cuarenta  años

Eres un hombre de cuarenta años

con la vaga sensación de una juventud ruinosa

No has conseguido mayores logros,

salvo el apego incomprensible

y desesperado de una mujer que te observa

en la oscuridad. Eres un cuarentón,

y esta palabra también te abruma,

porque al finalizar el día piensas en el agotamiento

que debieron sentir otros hombres a esta edad,

cuando un hijo te llama antes de dormir

y no tienes certezas que decirle sobre el futuro,

salvo tal vez un beso en la frente,

recordando a tus padres a la misma edad

y con las mismas incertidumbres.

 

Eres un hombre que despiertas en la mañana

con la sensación de tu brazo estrangulando otros labios,

atrapado en una pieza vieja de Valparaíso

donde el amor es una mancha de humedad

de la que se quiere escapar a la primera luz del sol.

Luego a la noche

vuelves al cuarto sin ventanas

sentado, borracho en una acera,

sacándote los zapatos para no meter bulla.

Al pasar observas el espejo del comedor,

cuando unos pájaros emprenden su vuelo,

y uno de ellos se queda atrás

con una herida en su pie.

 

Seguramente en las pesadillas recuerdas la infancia,

esas tardes de inseguridad con los padres,

los vidrios rotos, los platos sucios y el vino por todas partes,

limpiando al otro día, como de costumbre,

las suciedades silenciosas que dejan los gritos

impregnados en los muros y las habitaciones.

Esos secretos que se guardan en los rincones de la casa,

sobre todo en la casa de los padres,

arrendada en la actualidad a otras familias

que pasarán tardes semejantes a las tuyas.

 

¿Cómo decirle a tus hijos que has deseado revertir

todo ese rencor en amor hacia ellos

pero que apenas puedes contigo,

en esos instantes de lucidez

cuando abrazas un vaso de alcohol antes de dormir?

 

Ya llegaste a la mitad de la vida

suponiendo que no se extenderá a los cien

-demasiado innecesaria-, hábito de la biología

en prolongarse y reproducir la especie.

A estas alturas no fuiste lo que te destinaban,

algo pasó en el camino: un extravío, una mujer,

una especie de insolación,

mientras vives con una familia de tramoya,

en el silencio de una casa

en la que todos quisieran dormir.

 

A veces te sorprendes murmurando,

sales a la esquina con la camisa, la corbata,

los calcetines revueltos del armario.

Vuelves la vista atrás con una lentitud pasmosa,

a la cama compartida donde ella dice tener depresión

y tú sólo escuchas la musicalidad de sus palabras

pensando que la casa está repleta de vidrios rotos.

 

Haces memoria de los golpes en la ventana,

las murallas raspadas por el sol

y la televisión encendida durante la noche.

La depresión tiene la imagen de una montaña

en la que se repite un extenuante monólogo,

un apretón de surcos en las manos

o una línea infranqueable dibujada en la frente.

 

Pero vuelves otra vez allí

con la vista perdida en la pared, el mentón temblando,

los brazos al costado, aguardando una respuesta

al otro extremo de la cama.




Categorías:Alejo González Prandi, Entrevistas

2 respuestas

  1. “donde el amor es una mancha de humedad”

  2. concreto y claro Polanco… quizá falta más hablar de esa desesperación del poetajovenchileno.. por a/pare/ser artista (transformarse en objeto de adoración, convirtiendo su objeto libro en souvenir de sí mismo) ante un público/lector? que se torna cada vez más imaginario o facebookeano… nosotros mismos…

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