Tierra que crece

La curandera Victoria Schcolnik

El viernes pasado llegó a los lectores el segundo título de la editorial Curandera, Una tierra, de Victoria Schcolnik. Antes de que la autora leyera algunos poemas, Marcelo Carnero fue el encargado de presentar el nuevo libro.

Una tierra es una de esas zonas de la lectura que se va descubriendo de a poco. Quizás porque se confunde lo real con lo irreal. Quizás porque el tiempo es ficción, sueño, mantra imposible. Todo se escapa de las manos. La semilla es devuelta por la tierra que nunca se acostumbra a la muerte.

Schcolnik advierte que no hay precisión ni medida para el dolor; tampoco acumulación de pérdida. Sí está el vuelo del pétalo, el aroma del fruto, la creencia del niño, la piedra acariciada por la fe del agua. Cuerpos vivos: que el viento los toque y los desarme. Que la poesía los reúna y los transforme para nosotros en palabra.

Tres poemas de Una tierra:


Mi cuerpo estuvo unido al tuyo

a través de un dios. Y si ahora

ya no sabemos cómo alabarlo,

y no hay rezo que una, confiemos

en ese tiempo que nos hizo un mismo animal,

que a pesar de vivir bajo el agua

sabe arrastrarse por la tierra.

Si estuvieras a mi lado, cuidándome

con la misma equidad con que el agua moja la arena

sin inundarla, manteniéndola fresca; te diría

con mis manos entre tus manos -como un ovillo de hilo

que ya no puede enredarse a sí mismo

sin la cinta que lo mantiene enlazado-

que la lentitud con la que me conducís por los días

es lo único que sabría ofrecerte

además de mi amor: una paciencia, apenas

con que se acerca la muerte. Esto podemos darnos,

un campo de flores que recibe el viento, y de repente

el pétalo, el fruto que se desprenden y se van

buscando el verdadero lugar donde marchitarse o crecer.

La semilla en mi mano es una piedra

hecha a la medida del puño.

Es extraño como lo que vi y delineé,

ahora apenas me toca, y quizás

la palabra sea la única que puede volver

a traer la piedra entera;

aunque la semilla siga posada en mi mano

como esos juguetes que los niños

esconden bajo la tierra, creyendo que todo lo que hay debajo

está destinado a crecer.




Categorías:Alejo González Prandi, Libros, Poetas

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