Nuevo libro de Marcelo Carnero

El próximo viernes, a las 20.30, en Acevedo 1031 (CABA), se presentará el tercer libro de poemas de Marcelo Carnero, Pequeño territorio de lo cierto (Curandera, 2011). Aquí, un adelanto.

Ratas

Recuerdo la casa, era una casa vieja, frágil, temblando con el viento en las tormentas. Al recordarla pienso que es una casa muy querida por mí. Detesto las casas donde no pasa nada, las casas

con todo en orden, los pisos, las paredes limpias. Las detesto porque creo, siempre, que una casa es su persona, su habitante. Y desconfío de la gente que no tiembla con el viento o las tormentas. Y de aquella casa si hay algo que recuerdo, son las ratas. En las alacenas, los bajomuebles, los rincones. Y aquel verano fue de las ratas. Y el silencio, robusto como una nube, cerniéndose sobre nosotros. Pero las ratas… aparecieron apenas comenzó la primavera. Y se quedaron, contra nuestra sorpresa, contra nuestra desazón de ver, cómo los lugares donde pasaríamos el verano ya no iban a ser nuestros. Aunque eso todavía no lo sabíamos. Como si algo que hasta ahora importaba, hubiera comenzado su traslado, siempre imperceptible hacía el desierto. ¿Pero cómo nombrar ese deterioro? ¿Cómo vivir en el eco, en la inacción, impulsados por una fuerza que ya no somos y nos repite? Quizás el encuentro con esa forma de vida, nos repliegue a la nostalgia de sentir en la propia, la vida subterránea que nos vive. Pero no podemos habitar el terror, hay que salir, profundizar la brevedad de la hermosura. Aunque muchas veces no tengamos forma de descansar, y abramos los ojos, pesadamente, frente a una realidad irrefutable. Parece mentira cómo un hecho, que en su origen creímos menor, como la aparición de las ratas, se haya entramado con otros hasta tomar cada tejido de la realidad y volverse determinante. Porque aquella primavera, también encontramos un cuerpo. Y encontrar un cuerpo, siempre parece un hecho concreto, determinante. No recuerdo quién de nosotros lo encontró. Pero el cuerpo estaba ahí, deshecho. Y precisamente, las primeras ratas que vimos, se lo estaban comiendo. Y después, una mañana, escuché la historia: se filmó una película, en la cual, para llevar a cabo la última escena, soltaron miles de ratas con un dispositivo sonoro que las haría volver, pero el dispositivo falló y las ratas no volvieron. Se quedaron ahí, todavía están ahí.

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