Poemas de Luciana Ravazzani

(Pánico el Pánico, 2012)

Conocías de sabores raros de helados,

sabías sobre técnicas de bronceado seguro,

copiabas recetas de nueces y aceites de madres de tías,

te gustaba la coca cola con limón

como la servían en lo de Marta.

Tu vida giraba en la visita a tres o cuatro casas,

tuve suerte con las hijas de tus amigas,

de regreso en taxi algunas veces no quejábamos igual

y nos sentíamos más solas pero más unidas.

Te escribo de tres en tres, por pedacitos,

me acuerdo de vos y busco papel y lápiz,

algunos recuerdos se me escapan siempre, invariables.

La enfermera vestida de rosa,

esas incoherencias que tiene el dolor,

me dijo: “si quieren pueden hablarle”.

Yo no le creía porque vestía rosa,

porque parecía saber,

porque dijo: “el oído es lo último que se pierde”.

“La esperanza está primero” le dije,

entonces, no respondió.

¿Sabía caminar? Sí, sabía caminar,

era así, pero los pasillos…

De llorar tenía que olvidarme ahora

porque ¿sabía qué decir?,

me habían dicho que a la mañana,

¿reanimar? pero ni yo había podido darle ánimo,

ya no me creía, el médico tan joven

estaba contento con sus palabras,

el gérmen, decía y yo ahí sí podía llorar

que no iba a poder decir nada más.

Las primeras horas de tu muerte no fueron horas,

algo se había detenido en el corazón, el entendimiento.

Y de repente yo seguía viva y tuve hambre,

tuve hambre como una sensación nueva,

es que iba a tener que aprenderlo todo otra vez.

Las primeras horas de tu muerte no fueron horas,

algo se había detenido en el corazón, el entendimiento.

Mamá: podría ser ésta una carta en verso

aunque optaría por hablarte en otras circunstancias.

Una vez alguien dijo que las cartas esperan respuesta

y puede ser, yo sé que no es posible, hace unos meses

que no estás en boca de nosotros, nadie dice

de tu postura de hombros levantados como si fueran

a tomarte una fotografía en cualquier momento.

Decías, no iba a ser tan alta como vos y tenías razón,

después llamabas a la mía una buena altura

tu consuelo pacíficamente embustero,

como mi duelo a que no me faltaba tanto.

Nos medíamos en la enorme cocina de la abuela.

Así jugábamos, mamá, nos reíamos de esas cosas

aunque no nos llevaran en verdad a ningún lado.

No queríamos llegar a ninguna parte,

si ya estábamos juntas qué hacía falta.

Luciana Ravazzani

Una de las características de Intenciones de hablarte (Pánico el Pánico, 2012) es haber llegado a la tierra donde se funda la buena poesía: siembra hecha de emoción e idea. Ahí la celebración y agradecimiento del lector. Este segundo libro de Luciana Ravazzani vibra a través de una elegía  de correspondencias, aunque esas cartas ya no esperen respuesta. La autora arroja sobre el vitró de ciertos actos y ejercicios de la intimidad, los perímetros, las acciones y fluctuaciones de un vínculo que la memoria se obstina en seguir acariciando. En lo pequeño figura la inmensidad, nunca remarcada, de escenas descritas con intensa observación. O aún más: ¿acaso hacer visible lo invisible no está en el ser mismo del poeta? Incluso puede develar las múltiples máscaras del mundo: “La enfermera, vestida de rosa,/ esas incoherencias  que tiene el dolor,/ me dijo: ‘si quieren pueden hablarle‘”. Las tres partes del libro (Los días, Diario del Hospital, Los días del después) no son marcas en una línea de tiempo. No necesariamente los hechos están ordenados. El principio, otra vez, puede ser una continuidad. La poesía de Ravazzani dice, desnuda, es fiel a su necesidad.



Categorías:Libros, Libros recibidos, Poetas

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