Hasta que pase la tormenta

lee

Hay libros que demoro en leer. Puede pasar mucho tiempo . A veces, me pregunto qué me lleva a comprarlos y a olvidarlos inmediatamente. Con Rose, de Li-Young Lee ocurrió todo lo contrario. Acordé un encuentro con Tom Maver, su traductor, para adquirir el ejemplar número 57, editado en Argentina por Barba de Abejas. En una breve pero muy productiva conversación, Maver me comentó sobre la interesante vida de Lee y también sobre el especial trabajo que hace Eric Schierloh con su editorial artesanal. Aunque esa historia es para otro momento.

Lee nació en Yacarta, en 1957. De padres chinos, después de pasar por otros países, se estableció con su familia en Estados Unidos. Parece que Lee no la pasó bien de chico. En medio de la guerra contra Vietnam, sus rasgos orientales no le caían nada bien a sus compañeros de colegio. Era muy diferente a los demás fuera de su casa. Encontró en la poesía un lugar para estar a salvo.

Al respecto, Maver cita al autor en el prólogo:

“Pareciera que toda mi vida estuve buscando un lugar seguro, un refugio. El lenguaje, la poesía, son un lugar seguro y un refugio. No estoy seguro de qué quiero decir con esto, es visceral. Cuando estoy escribiendo poemas siento que construyo un lugar seguro para mí. Puede que tenga que ver con que mi identidad haya querido ser borrada cuando nací. Muchos chinos perdieron la vida en Indonesia, mis padres casi la pierden. Así que creo que escribir poesía es hacerse amigo de uno mismo, de su propia mente”.

Se podría suponer que en Rose la figura del padre es un centro insoslayable. Quizás lo sea. Pero también se montan las diferentes perspectivas de una supervivencia, el tiempo de los reconocimientos de los antiguos, primeros soles que supo tener a mano. El libro sería como la rosa en el que cada pétalo es una historia, una vuelta a esos refugios o una reinterpretación infinita de ellos, una expresión de la multiplicidad de sentidos y presencias que fue ganando o perdiendo de acuerdo a sus viajes por el mundo.

Como a cualquiera, antes que nada, lo único que le importaba a Lee era salvarse. Y cuando llegó a Estados Unidos, lejos de donde lo rechazaban, no fue otra cosa más que el diferente, el que no es bienvenido. Hizo lo que no hacen los cobardes. Hizo poesía en la boca del monstruo, de la buena poesía, de la necesaria.

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AGUA

El sonido de 36 pinos uno al lado del otro rodeando
el patio y moviéndose toda la noche como himnos individuales es el sonido
del agua, que es el sonido más antiguo,
el primer sonido que olvidamos.

En el océano
mi hermano se para con el agua
hasta las rodillas, el torso desnudo, firme, sus brazos
gruesos y musculosos. No es un nadador.
En el agua
mi hermana deja de estar
sola. Su pierna derecha está torcida y es más corta
que la izquierda, pero nada derecho.
Su cuerpo entero es un pez que destella.

El agua es el signo de la vida de mi padre.
Hijo del agua que va a morir a causa del agua,
el elemento que gobierna su vida va a sacársela.
Después de que se lo dijera un hombre sabio en Shantung,
después de casi morirse ahogado dos veces,
evitó el agua. Pero el signo del agua
es un signo que fluye y va donde vayan sus hijos.

El agua invadió el corazón
de mi padre, hinchado, pesado,
el doble de grande. El hígado
hinchado. Las piernas hinchadas.
Los pies se convirtieron en globos.
Una máscara de oxígeno lo hace parecer
un buzo. Cuando apoya mi cara
sobre la suya –el sonido del agua
regresa.

El sonido del agua contra la piel
es el sonido de los suspiros,
es el único sonido
mientras lavo los pies de mi padre-
esos mellizos solitarios
que se olvidaron uno del otro-
uno a uno en el agua tibia
que probé sobre mi muñeca.
En el agua enjabonada
son dos peces tontos
cuyos ojos se cierran en un sueño vaporoso.

Los seco, luego les pongo talco
y aparecen nubes
como el polvo que se levanta
detrás de los jeeps, de un camión donde se sentó
sangrando a través de las medias.
Es 1949, tiene 30 años,
las uñas de los pies salidas,
los dedos golpeados tienen un hermoso
color violeta que le recuerda
a Hunan, bien temprano
en el patio donde caminaba
con el pasto que crecía otra vez
húmedo y verde.

El sonido de la lluvia
nos sobrevive. Escucho,
alguien está susurrando.
Esta noche las cortinas
parecen de agua, del agua
que repica en la puerta de chapa del sótano, el agua
que cruzamos para venir a América,
el agua que voy a cruzar para volver,
el agua que va a a matar a mi padre.
El saco del agua en el que vivimos.

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Título: Rose (segunda edición, agosto de 2015)
Autor: Li-Young Lee
Traducción: Tom Maver
Editorial: Barba de Abejas (editorial artesanal)

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