Una casa que arde

Elena Anníbali

I

señor, vos le diste a mi hermano un ford falcon rojo
para llegar a la casa de la niebla

y después qué

le dijiste?
le explicaste que el camino estaba cortado?
¿que el motor estaba roto?
¿que todo estaba roto?
¿que no había vuelta?

¿qué hiciste, cómo
para convencerlo?

para que te diera la mano
se sentara en la sillita de mentira
dejara que la oscura hostia de tu nombre
le llegara a la boca

¿o le metiste una piedra?
o una moneda, un gancho,
un papelito

de dónde lo enmudeciste, lo hiciste
olvidar
olvidarnos

qué señas le habrás hecho para que en vez de volver a casa
apagara el motor del falcon
se escurriera de la sedosa perfección del cuero
de la música en la radio
del ronroneo cachondo del auto
y se bajara con vos
para ir adónde

¿a cazar pajaritos?
¿a ver el dorado pasto extinguirse tras el fuego del invierno?
¿a romper el cristal del agua para que beban las crías?

o era verano, quizá por entonces
y le diste el agua peligrosa de tu cielo

entradora, el agüita, sí
clarita, el agua, bueno
pero detrás de eso vos sabés que un agua así da más sed
uno se entierra más en el pozo
y más
hasta echarse tierra en el lomo

y ni el ángel constante y poderoso de los molinos de viento
puede salvarte
no

¿sabías que mi hermano iba a decir sí?
cuando viste el polvito que levantaba el falcon rojo en el camino
no pensaste dejarlo ir?

aunque sea, señor, porque él era toda belleza
a esa edad,
toda alegría
toda
razón de ser

.
III

Epumer el cobrizo, el glorioso,
te prestó la escopeta, y el galgo
que no temía hundirse en el agua

en la laguna espejeaba, todavía, la luna

no sabías matar, hasta entonces,
y mataste
esa mañana
mataste

dos o tres sirirís, en pleno vuelo

no conociste el arco glorioso del sexo practicado
no viajaste más allá de ese campo y la colonia
no le viste la mueca al diablo
y su diente de oro

pero aprendiste que la muerte entra en cada
pequeña
grande carne

que el incendio del cañaveral te tocaría
taparía las entradas
mustiaría el paraíso y su flor

.
Los telares

las mujeres se llaman faustine
o amelia

labran el telar

en los buenos tiempos urdieron
en las tramas
niños sudorosos corriendo
tras los rebaños
díscolos ancianos domando la tierra de potrero
segando la hilacha rubia de los trigos

tejieron en ronda
la canción del atardecer
la muerte del albañil
el pelaje suntuoso de la loba

no recordamos cuándo
pero comenzó un día

los dibujos se hicieron frágiles
difusos
como si el vidrio prístino de los ojos
se hubiera ensuciado
como si el paisaje se diluyera
entre los dedos
o fuera un sueño difícil

cuesta pensar en el vuelo
al ver el pájaro en la trama
cuesta imaginar los sábalos radiantes
si los hijos se cruzan
formando un río

todos los colores tienden
hacia la noche
donde todos lo rostros son
idénticos
donde las manos tejen
cosas de las que no se habla

.
X

ya no soy una mujer silenciada, puedo
hacer lo que quiera

ya no puedo echarle la culpa a un hombre
al trabajo
a la falta de tiempo o dinero

¿querés escribir? –me dije-
vas a escribir, entonces,
sin quejarte
sin victimizarte
y cuando puedas
donde puedas

es así que entre las 7.30 y las 9.0 de los domingos,
antes de entrar a mi segundo trabajo
me siento en el bar y lo hago:
un ejercicio solitario y un poco clandestino

por una hora y media mi cuerpo es una casa que arde
el caleuche
la casa de los locos

las ventanas dan al infierno
el patio, el corredor con geranios
dan al infierno

después me pongo el uniforme
y la que fui por un rato
me saluda por las ventanas

el muñón, la cabeza ardida
y soy otra

y soy otra

.

La casa de la nieblaDespués de leer La casa de la niebla (Ediciones del Dock, 2015), de Elena Anníbali, escribir esto no es un ala más a favor de la difusión de una poesía que merece ser conocida, leída, cultivada, aprehendida, es una necesidad, un alto para ir por ese oxígeno que fui dejando verso tras verso. Hay una piel y debajo otra piel. En alguna otra lectura, supongo, encontraré otras huellas. Viajaré de nuevo al interior de una verdad, a un corazón, a la perla que el cuervo llevó a su nido.
Anníbali nació en Oncativo, Córdoba, en 1978. Lleva varios libros publicados: Las madres remotas (2007); Tabaco mariposa (2009) [leer reseña] ; El tigre (2010). Se dedica a la docencia y a la investigación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s