Unidad de vuelo

maver

Tom Maver

Ni la luz ni el calor. El viento
anima la inquietud de los pájaros.
Nos electriza su corriente invisible
que podría alejarnos de todo
y llevarnos a la perdición de su origen.
Pero las aves sabemos orientarnos
e incluso en las tempestades
sabemos volver a nuestra palpitación.
No se puede deshacer lo que está unido
a las constelaciones y a las mareas.
A quien está atado a su nacimiento
y a su muerte le son indistintos los desvíos.


A punto de morir, mi madre.
dejó de comer. Como si hubiera querido
volverse lo más liviana posible
para que se la llevara la brisa de septiembre.
Quiero quedarme quieta, dijo, sintiendo
que todo menos yo se mueve,
yendo y viniendo, como péndulos
cuyo punto fijo estoy por tocar.

.
Nosotros, que vivimos en la ilusión
de las distancias, creyendo
en cosas tales como partir de un punto
y llegar a otro, no nos engañamos.
Más que para conocer mundos
viajamos para detener el viaje: ser rocas
en el fondo de un río sin nombre.
Eso es todo: y ser pulidos por esa corriente
hasta ver cuánto misterio
tiene un río, una roca.

.
Vuela alrededor mío para hipnotizarme.
Ya quedó atrás la seducción y empieza
el forcejeo. Quiere convencerme a mí,
un ave migratoria, de que me quede adentro
de ese círculo que ella genera con la danza.
Me va cercando y mezcla en su vuelo súplica
y vigilancia. Amáme, amáme,
parece decir mientras teje una red de perfume
que me hace caer y recuperarme.
Somos extraños constructores y singulares huéspedes.

.
Un hilo de voz me mantiene unido.
Amaga con apagarse
pero cada tanto llamea.
Como en los mares del sur,
donde las luces de los barcos
fuera de control se pierden
en el fondo de las aguas, yo
soy una oscuridad encendida por dentro.

.

marea solar“Quizá esta sea otra clase de alarido,/ la transfiguración de un viaje”, escribe Tom Maver en uno de los primeros poemas de Marea Solar, libro que acaba de publicar por Alción Editora. Así como el camino es ineludible, y que el poeta emprende sin ningún atisbo de escapatoria, también da cuenta de que la vida no es tránsito, sino voraz presencia, grito íntimo, desgarrador. Transformación en acto.
El destino de las aves puede enumerarse, repetirse, hasta hallarse en los registros de los observadores. Pero los ámbitos, los paisajes descubiertos, el estremecimiento, los refugios develados, como la memoria de los que ya no están, son únicos, piezas artesanales del aire, fuego y frío. Todo parece encaminarse a una verdad que el hombre desprende como liberación y rescate de sí mismo. En palabras de Maver: “en el fondo de las aguas, yo/ soy una oscuridad encendida por dentro”
Borges dice en su Poema conjetural: “Como aquel capitán de Purgatorio/ que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,/ fue cegado y tumbado por la muerte/ donde un oscuro río pierde el nombre”. Allí todo es descenso, oscuridad final. En cambio, en Maver esas aguas son de luz, movimiento, experiencia: “Más que para conocer mundos/ viajamos para detener el viaje: ser rocas/ en el fondo de un río sin nombre”.
Tocaron a las aves ser el verbo o el sueño. Pero tal vez, como predijo el poeta, el alarido y la transfiguración sucedieron. Sólo él lo sabe. (AGP)

Tom Maver nació en 1985. Publicó en 2009 Yo, la incesante nieve (Huesos de Jibia). En 2015 tradujo Rosa, del poeta chino-estadounidense Li-Young Lee.



Categorías:Alejo González Prandi, Libros

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