Poemas para una Galga Mayor

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Ariel Williams publicó este año La risa huérfana

I

Como no tuve mis antepasados (los negué), entonces
crié unas piernas y corrí corrí. Me fui de ellos
y ni los iba queriendo más, y así era adelantarse
a lo que no era.
Correr. ¿Quién me había lanzado?
Nadie, nadie me había empujado, pero me fui
de los que me habían sido y la tierra se fue vaciando;
a las cosas se les salía como un agujero negro,
como un silencio quieto mientras yo iba pasando;
a las compañeras de mi ser se les abrió una palabra
que era como un cielo y su pronto.


5

Y todo eso había sido sin un sentimiento, era parecido
a una máquina que se descubría viva;
pero ahí llegaba yo a un corazón, ahí estaban las cosas
que hacían latir y llorar, había ojos que golpeaban
al pasar por uno, voces de gente que traían los seres
de la emoción, susurros escondidos en la carne,
y había labios y los decires se venían como agujas. Y
las distintas partes del cuerpo se saben sentir. Entonces
descubrí que yo flotaba en una especie de agua de mí,
más amplia que los brazos el torso la cabeza las piernas,
más amplia que ese estar corporándome,
y en esa agua
yo era como un ser yendo y viniendo, trasmitido y
atravesado por queridas.

 

9

Digo: recorrimos juntos carreteras y campos y costas.
Cuando pasábamos como un viento,
las moscas se levantaron de las piedras
o de las masas de algún ser muerto;
las golondrinas acuchillaban el espacio celeste
con su zambullidas; unos caballos
nos acompañaron y se murieron de cansancio.
Reposamos en mediodías que parecían la piel masiva de la luz
y había un silencio pegado a las cosas y al agua.
Aprendí la lengua madre del cuerpo; presentí a mi lado
sus pasos de gacela que no parecían tocar el suelo
ni pisar las piedras.
Aprendí el arte de las piernas de una Galga Mayor.

 

10

Todo se movía, los pastos, los matorrales. Las nubes pasaban
con sus sombras sobre los campos, como espíritus pensativos o
tristezas. Corríamos, corríamos. Seguíamos las rutas de los
animales; seguíamos las migraciones, y a veces las aves y
las langostas parecían mareas verdes o negras, o suelos
que de golpe se levantaban enteros y volaban. Todo se movía.
Nuestros sueños estaban llenos de carreras y mugidos, y
del temblor de los incendios lejanos. Eran grandes aves
rosadas, en vuelo, que torcían el cuerpo e iniciaban una
escalofriante caída de mil metros hacia el mar sombrío.

.

larisahuerfanaArte de haberse ido, de regresar, de estar con el cuerpo en el viento. Vengo de una galga mayor es el inicio del nuevo libro de Ariel Williams que habla de un origen en movimiento, una búsqueda en viaje, un descubrirse interior desde el cuerpo. Piernas corredoras surcan la identidad de un canto.
“Yo les había puesto nombre a los silencios que escuchaba, pero me los olvidé”, dice.
Williams escribe en un llano que aturde de ausencias. Los sonidos, las voces, las risas conviven en esa segunda parte (Fui un adolescente de la estepa) de La risa huérfana (hilos editora, 2016).
El libro se despide con Deshistoria de “Hum”, que anticipa su cuerpo poético con un epígrafe de Marcel Schwob: “Me pareció que todos estos niños no tenían nombres”. En este último tramo, la búsqueda del ser y el indagar a través de las cosas y cuerpos del mundo permanecen hasta el último punto.



Categorías:Libros, Poetas

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