Qeja, a la cancha

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Qeja Ediciones presentó en El Quetzal sus dos primeros libros, El fulbito de los lunes y otros cuentos, de Nazareno Petrone, y Un punto blanco en la pared, de Guillermo Parodi, que tuve el honor de presentar. Lo que sigue es el texto que leí aquella noche llena de buenos amigos y literatura.

Por Alejo González Prandi

Imagino que cuando a Guillermo le hablaron por primera vez del silencio concibió para sí la poesía y la música. Si es así, Guillermo entendió todo desde un principio. En este libro hay pocas certezas tan claras como que el silencio es el poema, su ritmo y su origen verbal.

También intento imaginar caminos posibles hacia “el punto blanco”. Descarto lo primero: no es un signo de fuga. Todo lo contrario: lo interpreto como el punto vital donde la palabra figura su cosmovisión. Y vaya que Guillermo tiene para decir…

El poeta marca el rimo “en caída libre”. Ahí está su cuerpo lanzado al abismo. Dice: “Caer hasta dar en el clavo”. Mientras cae, escribe. Mientras escribe, más profundo cae. Vuelve a probar y vuelve a escribir poesía porque ese “clavo” es pura interrogación sobre el destino, la muerte, el amor o la soledad. Pura incertidumbre lleva el poeta por haber metido el oído en el silencio. El escritor Victorio Veronese lo sostuvo así y despejó un claro lleno de futuro: “La poesía no es terreno para cobardes”.

Arnaldo Calveyra habla sobre la palabra “imbuida de silencio”. Apunta: “Esa es la poesía, cuando hay más silencio que palabra”. Y afirma: “Creo que la palabra poética nace del silencio. Después es palabra, pero primero es silencio”.

Para ser frente a tanto, los elementos de Guillermo son los de la marca muda del cuchillo que inscribe la palabra; el epitafio; los dedos del miedo; el color (del hastío, de la muerte, de la suerte); el sonido (espejo de lo indecible), el perfume de la mañana y el amor. A modo general, el poeta precisa sensaciones. Dice textualmente: “Esa es la sensación”. Nada más claro y mucho para agradecer. El poeta naturaliza la sensación como vehículo que vislumbra el acontecimiento. Se anticipa. Es vaticinador de su propia realidad. Guillermo ya sabe lo que le espera y dónde y de qué forma. Conjura: “Habitaré el silencio y el baile”.

Un punto blanco en la pared… también deja constancia sobre el cansancio del mundo cotidiano, de sus constelaciones, también del mismo silencio. Enumera el hastío. Todo o casi todo parece incluido: los viejos de la plaza, su penumbra, la pava que chifa, “la seductora ordinariez de mi quieta actividad”, las moscas inhábiles, de Cristo, su cruz y su muerte, de las piedras, de los ventanales y de que alguien no llamó más temprano. Reconoce lo absurdo. Se reconoce “absurdo”. Pero siempre vuelve con sus armas al vuelo. Recuerden lo escrito: “el acto es caer hasta dar en el clavo” y lo hace en un poema inicial, cuatro partes y un epílogo.

A pesar de que Guillermo se reconoce con “torpe andar de inquilino /en esta frágil patria”, de silencio cansino, reconoce a sus luminarias que dan su son en “el medio del viento”. Los identifica y a uno en particular: “el atareado torrente en tu garganta”. Nada lo detiene. Llama otra vez al baile “a la vera de la esperanza sublevada”.

Aparece también la muerte con su humedad, con su lluvia, gusanos, su hueco, el frío y la tiniebla en el pecho. El poeta la denuncia: su simulación de amiga y de reguero de la falsa comodidad. Nos dice de su abrigo y de su incansable espera. La respuesta es tensar y trenzar el verso en las líneas natales, cósmicas antes de que sean ganadas por la oscuridad. Ese trabajo de poeta, su diario en el mundo, es fundir palabra y silencio en una misma presencia, porque en cada golpe la poesía vence a la muerte.

Recuerden lo tallado: “el acto es caer hasta dar en el clavo”.

Pero a su muerte doméstica, a su privada muerte, a la tentacular, a la muerte país, a la que interroga, duele y condena, a la acariciante y somnífera muerte, el poeta la entierra con el dolor de su costado, porque en su afuera toma la posta y se lanza al torbellino. En la quinta parte de su Oración, suelta el latigazo: “he de mirarla fijo / para que no entre”.

El libro de Guillermo es la piedra que llevo en la mano para reconocerlo. De ahí es que ensayo: este poeta se completa en y con el paisaje. El de la sangre que llama a su camino. Nombra los elementos de la herencia (“tus soles enumeran países”) y exclama para que todos escuchen: “un hombre muerto navega el río de mi garganta”.

El poeta no promete, anuncia: cambiará de hábitos; será quien susurre su propia historia y comenzará de vuelta; cantará los vientos, encenderá las luces, elegirá el pasado y el futuro.
Habitante del silencio, conoce la morada de su verbo. Entonces, cierra “para siempre la herida en el costado”. Y canta.

La mirada se vuelve al teatro del mundo, a dos que pueden dar inicio a otra historia de una historia de la humanidad. Y la tristeza de ser hombre no se apaga, ni al regreso a casa. Después de todo, él sabe: “nada puede llenar esta certeza” del desasosiego, de la despedida, de la muerte como río o mar.

El canto no salva al poeta, pero al habitarlo nos muestra el otro lado del ruido ciego: el silencio tajante como la luz.

 

 



Categorías:Agenda, Alejo González Prandi, Editoriales

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