Opciones de una vida

A propósito de Lo real (Caleta Olivia, 2018), de Celeste Diéguez.

“Espejo en los ojos de quien quería escapar y debía/ por su condición, quedarse”, escribe Celeste Diéguez en el poema 16, poema vertebral de Lo real (Caleta Olivia, 2018). La poeta, en el destino que interpela, ya en el tejido del deseo, rechaza lo que debe ser y construye una manifestación de libertad. “Cada unx de nosotrxs debería poder diseñar la forma en que quiere vivir”, dice la autora a El Vendedor de Tierra.
Diéguez tensa una poética donde el lenguaje asume diversidades del ritmo y la forma. Entiende que “la escritura es una parte importante de cómo me interesa habitar mi vida”. Cita a Emiliano Bustos: “En la ruta/ los poemas cuelgan del paso del amor, y cada uno,/ en fin, besa como vive.”
La cuestión reside en el título. Mario Ortiz la destaca en la contratapa del libro. ¿Qué es lo real, entonces? En el libro dice: “Yo agarro entre mis pinzas lo que no se entiende / el reborde de algo que se llama a sí mismo Lo real”. Le preguntamos a ella y responde: “Se trata de no caer en la trampa de pretender decir qué es lo real o qué es la vida, sino de abrir una gama de experiencias y de artificios poéticos, es decir ficcionales; que más que cerrar definiciones buscan abrir posibilidades”.
Hay un lugar preciso, como es una casa. Puede marcar una cruz y en esa cruz un modo de vivir en la poesía. La transición de parirse devela los cimientos sanguíneos de esa casa hasta dar con el punto más alto de su propio conocimiento.
Cuerpo vivo en el poema, Lo real olvida para dar una nueva voz; recuerda para libertarse desde su propia sombra. Casi como un mantra, como un reflejo místico, una afirmación del desasosiego, la palabra de Diéguez retumba como el canto de un “santuario”. Si hubo naufragio, sólo se da cuenta en el cuestionamiento de porqué levantó la piedra-hogar, “cincelado como moneda” el corazón. El “santuario” sigue ahí, pero la coraza y el cuarzo caen. Esta poesía tiene el poder de dar vuelta el otro lado de su piedra fundamental, la cruz del nacimiento, en un nuevo hogar, leña que se corta para lo que el camino se afirme.
Sugiere Diéguez: “Hay que leer lo que se escribió y se escribe, ser consciente de las distintas reglas del juego que operan en cada época, poder identificar los procedimientos o tradiciones, si se quiere, para después hacer lo que uno desea por fuera de la caja”.
Lo único presente es el poema, esa vaina que conmueve los cimientos del propio origen. ∴ AGP

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7

En qué casita de madera
de esa provincia me he quedado olvidada
cocinando una papilla de mandioca y harina
moviendo las brasas de algún fuego.
De qué marido discreto, parco, silencioso gaucho
cumpliendo mis deberes de esposa;
abriendo las piernas un poco, solo un poco
mirando hacia un lado
para que me encuentre quién.
Allí
junto a la selva
está nuestra casa.
Pintada de cal y pasteles de hijos
polacos colorados
como su padre.

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16

Y cuando en aquella terminación de la calle bahía blanca
cruzada por sunchales
ahí donde como un pequeño huevo
fui puesta
pequeña y hippie
pequeña y sombría
doble nudo cadena sobre la lengua materna
sobre la lengua paterna
una gramínea de adn
un melilotus apenas
¡silvestre!
una semillita partida
fuera de surco desacopiada
cada uno en lo suyo y en lo suyo ausente.

Que como un tobogán por mi lengua deslice
la paterna y yo sienta
en el pecho de embrión apenas el empuje
maniobras de vuelo que debiera
en esa casa de pilares
verdes y blancos con matas floridas
de retamas, mburucuyá y un aromo
que en ese patio donde descalza
vi sapos, ranas y culebras
nacer, morir a mis perros
y me clavé el freno de la bici
en esa casa en que sigo
siendo de algún modo huevo
rosado entre ustedes
una balsa de juncos flotando
hacia la vida tuya mía
hasta la muerte tuya mía
un huevo rosa adherido a un junco
huevo de caracol que también es boya
surco en el agua dejado por la tanza.

Para que desde todos los lugares donde
este huevo ha sido empujado a rodar, ruede
para admitir
que estar en casa
era esa casa de la encrucijada
de la calle bahía blanca cortada por sunchales
pueblo perdido en lo rural de la provincia
pueblo periférico la casa de mi padre
periférico el barrio de mi madre
de pie y de espaldas frente al viento en la laguna
de pie y de espaldas frente a los árboles que volaban
y yo mirando desde abajo y desde atrás
lo que debe entonces una mujer
cuidando el huevo lo que nace
lo que necesita de sombra para crecer
y en la sombra de quien se quedó
en la casa hecha cruz para ella
cruz para mí
la casa que hacía cruz dos calles
que terminaban en el agua
la casa donde fui huevo y me rompí;
espejo en los ojos de quien quería escapar y debía
por su condición, quedarse.



Categorías:Alejo González Prandi, Libros recibidos, Poetas

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