Rebelión de una herida

Gigena

A propósito de Hospital Francés, de Daniel Gigena

Tom Maver contó en la reciente presentación de su libro Nocturno de Aña Cuá (Llantén, 2018) que en la habitación del hospital donde su padre estaba internado, una noche despertó de golpe y creyó ver al lado de la cama a un animal que, al verse sorprendido, escapó por los pasillos hasta perderse. Esa fuga, esa posibilidad de escape, en Hospital Francés (Caleta Olivia, 2018), de Daniel Gigena, se anula desde la primera línea: la historia de un hombre internado en una institución hospitalaria que de a poco va cerrando todas sus puertas. Nada ni nadie parece tener salida a su sistema perverso.
También es la historia del narrador, que aguarda con ciertas esperanzas la recuperación de su amante, de ese cuerpo que ama, que no quiere ver morir.
A la vez es un viaje que lleva al lector a través de una órbita que en su avance cada vez se va cerrando más, como las luces detrás de una puerta que lentamente se acerca a su marco final. Gigena va midiendo el oxígeno que otorga o quita cada palabra, los elementos visibles o invisibles, la resistencia, el milagro.
Pero también es el relato de una infamia, la fría agencia de la muerte en las caras de enfermeros y enfermeras. Ellos parecen hablar por la parca, dan plazos sobre quienes saldrán o no vivos. Ellos, los que cosen con veneno la misma herida que abren sin piedad. Así crece un odio en la narración que Gigena equilibra y pesa con precisión de cirujano o, más bien, de quienes fulguran una poética vívida, vital, que alcanza con ser sobria porque lo entrega todo a cambio de nada.
Hospital Francés es también una historia de amor. Sus páginas recuerdan los versos de Raúl Gustavo Aguirre: “El amor vencerá” (por sobre la falta de compasión de los soles caídos).
En una segunda parte del libro, ya lejos de la muerte del amante, la vida sigue y da noticias de otros que a su forma, construyen una pasión, una fantasía, se vengan, traicionan y envejecen. Elegir un camino, echar las cartas de nuevo, a veces trae consecuencias.
La breve novela de Gigena puede leerse como dos mitades cortadas con un mismo cuchillo, como una marca que deja la violencia del agua, y, en los cambios de su color, varían sus formas y texturas. Después de todo, como esas “pruebas que dar aunque nadie las pidiera”, sigue intacta su rebelión que ilumina.

Tapa Hospital Francés, de Gigena“Una noche no pude fingir y lloré en presencia de Jorge. Hasta esa hora lo había evitado como pensaba que correspondía hacerlo pero esa tarde, horas antes de llorar antes de él, había escuchado un diagnóstico negativo en boca de una médica, la más amable de todos los médicos a los que tuve que padecer en el Hospital Francés. Él no se entristeció. Si interpreté bien el gesto que hice con las manos, que se llevó al pecho cuando me calmé y dejé de llorar, creo que para él fue una prueba del amor que sentía por él. Siempre había pruebas que dar aunque nadie las pidiera. ¿Qué hacía a su lado, despierto en medio de la noche, sentado en una reposera que posiblemente había conocido mejores destinos? Debíamos estar atentos al tanque de oxígeno que tanto valor tenía, tanto para el director como para el enfermero más vil del Hospital Francés”.



Categorías:Libros, Libros recibidos

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