Siembra de lo continuo

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Una lectura y poemas de Nocturno de Aña Cuá, de Tom Maver.

El universo de Aña Cuá es tierra del río. Los dominios del Demonio guaraní son custodiados por un hombre (Papá) que ya no está. La poesía del hijo, el poeta, lo regresa, lo convoca a su condición de mandamás; le ordena a su padre muerto que despierte, porque la poesía vuelve al momento cero, donde vida y muerte coexisten, son uno. “Yo soy vos conmigo./ Conmigo vos sos yo/ Somos juntos un yo/ que recibe riquezas”, dice Tom Maver.
El mandamás esta vez, en Nocturno de Aña Cuá (Llantén, 2018), no juzga la sombra de los naranjales, no interpreta las órdenes del patrón de la oscuridad, sino que está solo y contará los pétalos de los perdido, lo ahuyentado y lo abandonado. El paisaje seguirá hablando en el viento y nada dirá de él. Todo se fue, salvo la voz del poeta, que no hace memoria de la andanza paternal, sino que desnuda su figura, escarba en el sonido del ropaje al separarse, por fin, del cuerpo, el color como dolor de lo real.
Este nuevo libro de Maver, en tres partes, dialoga con ciertos personajes, que crean circunstancias y ceremonias. Allí están las hermanas, el “lirismo” y la novia (la madre). Mientras que con los dos primeros se estable un cuestionamiento por la creación y pose de solemnidades, artificios y decoraciones por lo trágico, la madre es la remadora, la salvadora, la que maneja las “herramientas profanas”, la atada a su marido, aunque el poeta viste para ella un destino que parece único, aunque también incierto como una Noctuno de Aña Cuácorrentada.
Pasado y presentes son retazos, sobras, del sedimento que se cristaliza en las manos del poeta. Aña Cuá invita a ver, a preguntar, a escuchar, al expulsar el velo, porque de lo que fue tangible ya es tarde. No queda ni la tristeza. No importa el cráneo del cebú al costado del camino. El progenitor es el gran muerto, ese es el único consuelo.
Fuera de su lugar natural, ni el padre ni sus naranjas ruedan bajo el arco de los pies del demonio guaraní. Si nos alineamos a uno de los tantos aciertos de Maver que es ubicar palabras propias de la calle (“tomate el buque”; “estás jodido”; “tomátelas”; “Qué hacés, pendejo”), en la última instancia del libro, el autor “no transa” con la muerte altiva, distante, señorial, sino que la batalla, la corre y también escribe: “Que todo sea fuerza y ciclo”. Todo termina, pero todo vuelve a comenzar. Padre y poeta se rescatan y giran para verse. Llegar e irse, qué importa. Ambos se ríen del tiempo como las flores.
.

Mi padre está atado a su final –
como una mascota.
No hay mucho que hacer –
más que dar un último paseo.
Mientras, los pastizales esperan al cebú.
Las correntadas quieren llevarse
a los caballos que cruzan el río.
Y al fondo, mis hermanas
caminan desde hace semanas
cargando sus instrumentos
para tocar en su funeral
el Nocturno de Aña Cuá
que transformará la correntada,
el desconsuelo de las plantaciones,
la caída en tierra.
¿Qué suelo, por lejano que sea,
no quería ser sostén
de esa desesperación?
.
.
Un poema que no esté hecho
de recuerdos míos, de padres míos,
de paisajes míos. Un poema
que fuera detención –
mirar por la ventanilla
los palos borrachos.
Pero la muerte iba más rápido
y bajaba por 9 de julio, entrando
a Constitución, doblando en Av. Caseros,
guiada por los silbidos de la gente –
Yo crucé los pasillos,
bajé del ascensor, me saqué
los auriculares, saludé a las enfermeras
que tenían la inexpresividad
de los ángeles –
y ante la puerta de la enfermedad,
a punto de abrirla, me dije:
Acordate de esto.
Giré la manija.
Aferrate a lo que se pierde, memoria.
Abrí la puerta.
Sentí en mi cara el viento
que el diablo había sembrado.
.
.
Padre pala. Te enterramos.
Él dijo: ¿Qué hacés, pendejo?
Padre pudriéndose por partes.
Él dijo: ¿Ese olor soy yo?
Padre pozo, salgamos.
Él dijo: ¿A dónde?
Padre hambre. Salí de nuestra boca.
Él dijo: ¿Quién me metió acá?
Padre alambre. Nos tenés rodeados.
Él dijo: No se victimicen.
Padre panza. Padre odre. Nada te llena.
Él dijo: ¿Dónde está el vino?
Padre pan. Padre pista, danos algo.
Él dijo: Tomen los dientes que se me caen.
Padre trapo de piso.
No dijo nada, se puso a lamer vino del suelo.
Padre parto. Das a luz presos.
Él dijo: A puercos.
Padre puro. Puré de padre perfecto.
Padre Príapo. ¡Larga hasta la muerte!
Él guiñó uno de sus ojitos.
Padre y demonio. Padremonio.
¿Cómo te recordará tu pueblo,
Padre patria partida?
Y él dijo. Pero ya estaba tomando
con Aña Cuá otra vez.



Categorías:Alejo González Prandi, Libros, Poetas

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