Cuando Alina llegó para perderse

Entrevista a Javier Galarza, a propósito de Fϋr Alina

Javier Galarza // Foto: Marco Zanger

En el monasterio de Pϋhtitsa, en Estonia, una niña se acercó a Arvo Part y le preguntó qué era lo que estaba haciendo. La respuesta del compositor fue que intentaba escribir música, pero sin éxito. La joven, entonces, le consultó si “había dado gracias a Dios por este fracaso”. El diálogo sucedió el 25 de julio de 1976 y es recordado por Javier Galarza en una nota al pie de su libro Fϋr Alina (Ediciones en Danza, 2018).
Los primeros borradores de esta obra emergieron hace 20 años. Sin saber nada de Arvo Part, Galarza comenzó a dar vida a un personaje llamado Alina. Cuando finalmente decidió publicar el poemario, se sumergió en la reescritura y las correcciones de los textos. Allí es cuando descubrió la pieza para piano Fϋr Alina del artista lituano, que se recomienda escuchar durante la lectura de esta entrevista.
En un bar de Buenos Aires, el poeta cuenta a El Vendedor de Tierra que se fue “metiendo en el clima” del libro con la música de otros dos grandes compositores del minimalismo sacro: el inglés John Tavener y el polaco Henryk Górecki. A ambos cualifica como de “otro mundo” y que significan “conexiones muy fuertes, que requieren de una enorme interioridad y llevan a estados más profundos de religiosidad y de soledad o creatividad”.
Además de oír a compositores rusos e investigar biografías, el autor encuentra en Instagram el hashtag #lostplaces [lugares abandonados]. Ese camino virtual lo llevó a ver imágenes de Chernobyl, Villa Epecuén o Iron Mountain, paisajes que también tomó como inspiración.
Los satélites del Fϋr Alina de Galarza nos trasladan a lugares recónditos, a personajes perdidos pero juntos; casi estelas, aunque con el paciente encendido de una inscripción en una cueva antigua. Quizás no son más que proyecciones, un adelanto por vías de la reafirmación poética de un mundo posnuclear. Una manzana ganada por la intemperie, solar en la devastación.

– Alina tiene una presencia etérea, pero es de una gran fortaleza y debilidad. Es la enviada, aunque el ser más desprotegido. ¿Cómo fuiste construyendo estas dualidades?
– Así es como la he vivido a Alina todos estos años, casi como una yonki, una adicta a la heroína, pero, portadora de una sabiduría interna, de raptos maníacos donde se pone a predicar o se angustia. Cuando delineé el personaje, no sabía que Marcel Schwob había escrito sobre la adolescente que predica en El libro de Monelle; que Novalis tenía a la amada en los Himnos a la Noche; y André Breton, a Nadja. Todo eso lo leí posteriormente. Evidentemente hay un arquetipo de la joven que enseña el camino. Rilke habla del resguardo en la desprotección.

– A pesar de su temor a lo exterior, ella sale a lo desconocido. Es como si tuviera que perderse para encontrar.
– Está el prejuicio sobre el que anda sin rumbo es sospechoso. Ahí veo algo atractivo en ese gasto de ineficacia para el capitalismo. El caminar por esos bordes es una forma de hallarse.

– Algunas imágenes del libro me llaman la atención: “disolución progresiva”, “invisibilidades”, “afantasamientos”, “criatura dañada por el sol”. Parece que Alina busca la desaparición. Sin embargo su cuerpo se presenta tan fuerte en algunos pasajes…
– Entre las muchas alternativas que manejé, estaba la idea de la disolución progresiva, que podría ser una forma de la anorexia, incluso. También la posibilidad de chicas muy jóvenes que se autodestruían, al borde del brote psicótico y con situaciones de peligro. Después no quise direccionar tanto al lector con palabras grandes, enfermedades ni psicologismos. Entonces, inventé la enfermedad de la “disolución progresiva”. Alejandra Pizarnik tiene un texto en el que habla sobre la máxima carencia de relieves y dimensiones en un cuerpo. Esa joven, Alina, tenía que tener algo gótico. Ella es capaz de acceder a las revelaciones. Eso es lo que me seduce de ella. Siempre he visto en la mujer un camino de aprendizaje. Y el cuerpo de Alina, que tiene algo de disolutorio, a la vez, posee un enorme poder. A las mujeres las considero más fuertes que a los hombres, más resistentes al dolor. Seguramente haya mucho en eso del credo romántico, al que adhiero.

– Esa invisibilidad parece que no impide los encuentros. Desde el principio, la voz del narrador cuenta la gran travesía con Alina, que llega para guiar, como una mesías, aunque es la encontrada. ¿Cómo entendés esta supuesta contradicción?
– La figura de todos los maestros místicos también tuvieron quien los encontrara, quien diera testimonio. El narrador quiere dar testimonio de ella. Ya en la escena que abre, Alina está en los bordes. Es marginal. Tiene una pandilla. Un poema dice: “Yo fui tocado, fui tocado y creí”. En esa afirmación de ser tocado en la fe, no ignoro que puede tener otro sentido y otra lectura en la actual época donde se visibilizan abusos. Es muy buena la dualidad conciliada de que ella se pierde y es encontrada. Porque el anhelo del narrador es devolverle el aura y crear una mística urbana.

Javier Galarza lee su poema Retablos al paso (audio)

¿Cómo fuiste construyendo la relación entre Alina y el narrador?
– Es la gran paradoja del hombre que parece que cuida a la mujer, pero a la vez es muy cuidado por ella. Es una relación de enamoramiento platónico. Aunque en algún momento lo pensé como posibilidad, no maneja necesariamente el tono erótico. Es el estado más cercano del enamoramiento joven, idealizado. Y con la paradoja de quién cuida y quién es cuidado; quién es el maestro y quién el que aprende. Los roles entre ambos van haciendo espejo.

– Marcás un doble juego de la existencia, que es donde yo estoy, no estoy; donde están los otros, estoy yo. Cito: “Si sabemos disolvernos podremos terminar con la idea de un yo y de otro”. En otro verso escribís: “Todos somos otro en algún lugar”. ¿Por qué?
– Por varios motivos. Primero, me parece muy estimulante lo lejano, lo desconocido, lo que nos transporta de alguna manera. Por un lado es algo del deseo transcurrir en lejanía, que es lo que ocurre cuando escucho Arvo Part. Pero por otro lado, Alina toma algo de los budistas que dicen: yo soy allá. Esto de ser otro en algún lugar, aunque podría ser la teoría de los universos paralelos, implica una idea casi cuántica de cada camino no recorrido, sigue sucediendo en otro lado. Igual, cuando ella lo dice está triste y disconforme con su situación. Creo que es una manera de abarcar la multiplicidad de existencias que incluyen los caminos no transitados, o lo que cada elección en el hoy cancela, en el futuro o en el pasado, esa dislocación temporal. Incluso, también está el concepto un poco borgeano de que todos vamos a vivir todo.

– Alina no sólo se invisibiliza y se pierde, sino que el afuera no está. ¿Qué es lo que queda al final?
– Hay algo evidentemente de un mundo posnuclear o industrial, en el sentido de una estética de fábricas contaminantes. Pero la interioridad es sin dudas el amor entre los protagonistas. Ante eso y la complementación, el afuera pasa a ser un lugar hostil. Por instinto animal tiendo a buscar y a fomentar los grupos, ser partes de manadas, para que la noche no nos encuentre tan desprotegidos. Nos queda crear manadas. Estar perdidos, pero juntos.Alina toma algo de los budistas que dicen: yo soy allá.

Alina toma algo de los budistas que dicen: yo soy allá.

– Vuelvo a citarte: “El problema de vivir huyendo es que no existe un lugar lo suficientemente lejos”. ¿Toda huida implica un fracaso? ¿La de Alina también?
– Ese huir es una forma de hacerse otro. La frase de vivir huyendo la tenía escrita en un borrador sobre Rimbaud y su fuga a Abisinia. A su vez está la imposibilidad, porque el mundo tampoco conoce tantos recovecos donde reinventarse. Eso me desvelaba. Es una característica de Alina y del narrador, la necesidad de no quedar fijado, de ser siempre fluido, nunca congelado, siempre devenir.

– A partir de la anécdota de la niña con Arvo Part en el templo, ¿qué es para vos el fracaso?
– “Intenta de nuevo. Fracasá más. Fracasá mejor” es una frase de Samuel Beckett. No por un regodeo lumpen, pero me interesa más la historia de los perdedores y no de los ganadores. Creo que el que aprende a perder está más cerca de lo real. En cambio, el que se siente todo el tiempo en un estado privilegiado, cuando le toca lo real que es esta vida compleja hace más ruido al caerse. •


Poemas

Retablos al paso
Benditos los viajes y las aventuras,
este desconocimiento, las placas
y los altares que improvisamos
en cada santuario profano.
«Aquí se erigió una estación de servicio.
Cuatro chicos orinaron esta pared.
En este lugar dormía el mendigo
que se llevó la policía»
La noche nos llevaba
junto a Nuestra Señora de las Lluvias,
la Virgen de los viajeros.
«Aquí​ abusaron de un chico.
En este rincón de la calle un gato fue atropellado».
Alina, yo abrevaba en tu templo
con gratitud de viajero,
partías el pan y nos dabas de comer,
las vides o la parra del vecino
saciaban nuestra sed.
Una mañana tus ojos me supieron sin razón,
y con un truco de magia
encendiste tenue
este film en la llovizna.

La mariposa muerta
“Es la miseria lo que me impide darlo todo”,
predicó Alina como una pequeña loca de Asís.
“Si sabemos disolvernos,
podremos terminar
con la idea de un yo y de un otro”.
Y agregó:
“La gente aprende cosas como quien,
con precisión de entomólogo,
atraviesa a una mariposa
con un alfiler.
En cualquier cosa que entiendan
habrán perdido el vuelo”.



Categorías:Alejo González Prandi, Audios, Entrevistas, Poetas

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