vuelve del horizonte

Serenamente digo, soy un ángel

Kuky Leonardi. Foto: El Tribuno

Por Teresa Leonardi

(David Slodky tuvo la generosidad de enviarnos este texto que Kuky Leonardi había escrito sobre su amigo Jacobo Regen. Días después recibimos la triste noticia del fallecimiento de esta incansable mujer).

Jacobo Regen, el desasido, el iluminado, “incorpóreo, ligero, desnudo como la luz”, serenamente afirma “soy un ángel y me debes creer”. Lo vemos viniendo a esta ciudad desde Campo Quijano, donde bebió a torrentes el sol y las montañas. Aquí llega adolescente en la berlina que le prestó Milosz y observa desde la ventanilla de ese extraño carruaje esa Salta que morosamente, que amorosamente irá haciendo suya. Ya abejea en su corazón el demonio de la poesía, ya ha desposado las palabras “que son carne y espíritu: tatuajes repujados a punta de cuchillo”.
Dueño de un lenguaje personal encarnado en imágenes muchas veces sorprendentes pero siempre justas, no escribe sino en la gracia del canto. De su estirpe bíblica le llega la obsesión por la escritura bella y responsable unida en él a un deber de lucidez que se le impuso desde siempre. Sus textos atravesados por el temblor metafísico nacen solo desde la experiencia y de la necesidad como lo quería su maestro Rilke. Sumergido en el enigma que en él cava y obligado a arremolinarse en su subjetividad, pocos como él sufrieron la intemperie del mundo. Y sin embargo de su voz no mana amargura, sino luz. Parecen escritas pensando en él esas palabras con las que Char definió al poeta: “Emperador prenatal únicamente preocupado por la cosecha de lo azul”.
Lo conocí a fines de los ’60, cuando su nombre ya resonaba en mí con sonoridad de mito. “Te presentaré a Saquito”, me anunció Martínez Borelli y a partir de entonces el conocimiento de su poesía se acrecentó. Holver me acercó sus libros: Canción del ángel (1964) y Umbroso mundo (1971). En 1981 se edita El vendedor de tierra, pero para entonces ya atravesábamos la cruenta y dolorosa dictadura militar cuando la muerte se enseñoreó del país y entre tantos rostros perdimos también a Holver, el poeta y amigo con quien compartimos tanta vida y poesía.
Martínez Borelli fue quien mejor leyó desde su inteligencia, erudición y sensibilidad la obra de Regen a quien consideraba un poeta excelso y de quien se complacía en recitar de memoria la “Elegía a mi madre” y la “Canción del ángel”.
Recuerdo que durante la edad de hierro de nuestro país Regen me acercaba mensualmente los periódicos Nueva presencia, cuyo director Herman Schiller editaba jugándose la vida porque en sus páginas denunciaba los secuestros y torturas de esa época. Jacobo me decía: “Vengo de otra shoah y esta shoah nuestra revive en mí el infierno”. En un poema leemos: “Derrumbes. Pudridero de paredes, de huesos/ Escombros en el alma y en el cuerpo/ Me quisiera /llorar pero no puedo/.Y en un desván de sórdidas penumbras/con el llanto sepulto mi desprecio/”.
La perfección de su prosodia, la extrema labor lima a los que somete cada texto, su empresa de demolición de los lugares comunes, su poda de adjetivos para potenciar lo medular del sustantivo, su ir y venir alucinado de lo visible a lo invisible, su enemistad con cualquier poder salvo los que provienen del amor o la poesía hacen de la obra de Regen una materia perdurable. Su voz injerta en el árbol de la poesía del noroeste, la rica tradición de la cultura judía entretejida con las mejores voces liricas de occidente. Tributario del aliento poético de los profetas judíos y de los textos incandescentes de sus hermanos Elsa Lasker Schuller, Lubicz Milosz, Paul Celan, también ha nadado hasta la extenuación en las ardientes frías aguas de los Góngora, Quevedo, Teresa de Ávila. Viajero estremecido de los círculos dantescos, a veces se demarca del infierno para reírse con los satíricos griegos y latinos.
Con los surrealistas y Molina y Dávalos y Manuel y la generación de los ‘60 practicó todas las irreverencias, las errancias y disrupciones estilísticas al tiempo que celebraba sin culpa la miel de los viñedos. Nunca dejó de ser ese ángel que retrata Wim Wenders en la película Las alas del deseo, es decir, alguien no capaz de inventar otra realidad, sino de transformar la relación que se tiene con ella fiel a la consigna de Eluard: “hay otro mundo, pero está en éste”.
Es ese ateísmo radical de una doble mirada; una que ve y otra que sobre ve el que plasma con densidad de diamante esta poética insoslayable.

2 Responses to “Serenamente digo, soy un ángel”

  1. Silvana Alonso

    Que claridad y profundidad , es etéreo lo que dice y al mismo tiempo con que sabiduria del alma lo dice , lo escribe , pero no lo describe a Jacobo parece que se sento al lado tuyo y te lo esta narrando , que Kuki inmensa , simplita y profunda. Era una etérea y bella poeta, profunda y todo lo hacia accesible, posible , bello y real. Mucha emocion me produce su articulo.

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