vuelve del horizonte

Siempre ángel

David Slodky

Por David Slodky

En Salta hay un ángel. Un ángel que se desliza por sus calles, que está casi siempre despierto en sus noches, que crea belleza, constantemente, dolorosamente.
A veces es un ángel espléndido, refulgente. A veces es un ángel caído, abatido. Pero siempre es un ángel.
Es un ángel poeta. Es Jacobo Regen. Un gran poeta salteño que, al decir de muchos, es la voz lírica más representativa de su generación, en el país.
Ya a poco de comenzar a transitar su destino de poeta, Raúl Aráoz Anzoátegui decía de él, en su “Panorama Poético Salteño” (1963): “Es poeta de extraordinaria lucidez. (…) Tal vez él sea el más desasido de la realidad visible, el más personal y puro, el que mueve con más justeza las palabras. Hasta pareciera que toda otra expresión, no colocada por su mano, huelga en cada línea de su verso”. Jacobo acababa de publicar su plaqueta Seis poemas, que -como su nombre no lo indicaba- contenía siete conmovedores poemas. Dos años después, Aráoz Anzoátegui agregaba, ante la publicación de su primer libro: “Los poemas de Canción del Ángel revelan uno de los temperamentos más originales y poderosamente líricos de la actual poesía salteña”.
El poeta salteño Walter Adet publicaba en El escudo de Dios (1971) algunas de las palabras más delicadamente logradas, estremecidas y atinadas, referidas a la vida y a la obra de Jacobo. Cito: “(…) Su voz sigue siendo la misma, transparente, de sus primeras elegías y canciones. Una voz sin parientes literarios y levantada como un grande y atmosférico acontecimiento en este pueblo de aguerrida geografía”.
Jacobo Regen fue un regalo de Reyes: Nació un 6 de enero de 1935 (aunque el acta de nacimiento diga que nació el 5 de enero, a las 24.15 hs.), en Campo Quijano, Salta. Fue hijo mayor de un matrimonio de inmigrantes judíos, don Samuel Regen y doña Clara Spalter de Regen, quienes huyendo del horror que ya se respiraba en su Polonia natal, vinieron y se asentaron en este recóndito y bucólico lugar del mundo, estableciéndose con un pequeña tienda-almacén de Ramos Generales.
Su madre, clara como su nombre la nombraba, jugó un papel fundamental al imbuir de poesía el espíritu de Jacobo.
Spalt es brecha, hendidura, grieta. Regen es lluvia. Su madre fue la brecha por donde filtró la bendita lluvia a la que cantaron García Lorca, Borges, Gelman, González Tuñón… la venerada lluvia de la poesía, que inundó para siempre el espíritu de nuestro poeta.
Clara Spalter de Regen fomentó en su hijo (son palabras de Jacobo) “el vicio de la poesía”. Alguna vez, con su voz grave y firme, me dijo: “Sentiré una gratitud infinita hacia mi madre, hasta el día de mi muerte, por todo lo que me permitió conocer”.
Otro factor fundamental en la formación de este sublime poeta fue Campo Quijano, ese recóndito lugar del mundo donde vinieron a parar de allende los Regen.
A los 15 años de Jacobo, la familia Regen se afinca en Salta. Y Jacobo despuntó el “vicio”, al comenzar a componer sus primeros poemas, contagiado y alentado por su madre, por don Sanca y por profesores como Roberto Albeza, que hasta le enseñó cómo se contaban las sílabas de los poemas. Comenzaron las visitas asiduas a ese generoso patriarca, muchas veces junto a Walter Adet y otros jóvenes que intentaban transitar el camino.

Foto: Silvia Katz

El humor
Por otra parte, compartir un rato con Jacobo era compartir gozosamente con un sabio. La poesía, las historias, las anécdotas, los poemas, los recuerdos, fluían de sus labios. Pero además, y aunque parezca contradictorio con su poesía desolada, también en compartir sonrientemente con el dueño de un refinado humor, nunca estridente. Cuando menos uno lo esperaba, afloraban sus bromas, sus humoradas, sus sarcasmos, sus socarronerías. Pero mientras todos reímos, su rostro de sabio, de profeta, de poeta, permanecía casi inalterado.
Una noche, estando sentado en un banco del parque San Martín en épocas de la dictadura, un patrullero se detiene y unos cosacos que descienden imperativamente, se le acercan y le espetan: “¡Documentos!”. Jacobo, absolutamente entregado a los brazos de Baco, simula bolsiquearse hasta que, mirándolos, les dice con voz aguardentosa:
– “No uso…”.
– “¡Cómo que no usa!”.
– “Soy Alcohólico Anónimo”.

No quiero terminar esta semblanza, sin mencionar a una mujer que fue fundamental en la vida de Jacobo Regen: Margarita Ferrari.
En 1980, Jacobo Regen organizó en la Asociación Israelita de Salta, un recital de poesía, con los poetas en vivo diciendo sus poemas. Esa fue la última vez que lo escuchamos a Manuel J. Castilla… Jacobo dijo su Elegía a su madre, bellísima, conmovedora. Al término del recital, se acercó a él una señora, conmovida, para felicitarlo. Para Jacobo fue una “aparición”, por la fineza y el aura que emanaba de ella. Poco después, comenzaría una relación no conviviente, entre el poeta y la distinguida profesora de Literatura Francesa, Margarita Ferrari. A medida que pasaban los años, y que la vejez se acercaba, ambos cruzaban apuestas con sonrisas de ternura, de quién se iría primero, y qué haría el otro…
Gracias, Jacobo, por tu poesía, gracias por tu ser. Gracias por haber nacido acá. Gracias.
Concluyo haciendo tuya la copla de quien valorabas tanto, Manuel J. Castilla:

“Si yo no hubiera nacido
en la tierra en que nací
anduviera arrepentido
de no haber nacido aquí”.

*El texto publicado es una síntesis de un capítulo del libro Semblanzas que David Slodky dedica a su amigo Jacobo Regen

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