vuelve del horizonte

“Tenemos que construir a los lectores de Anahí”

Luciana Mellado por Anahí Lazzaroni

Cuando Luciana “Tani” Mellado recuerda a Anahí Lazzaroni no sólo recuerda parte de la vida de una gran poeta, sino también la historia de una hermosa amistad. El comienzo del relato se remonta a 1999 cuando una profesora de Tani le acerca un libro titulado Bonus Truck para que hiciera un trabajo. La autora de ese poemario era Anahí. Lo había publicado ese mismo año por la editorial Último Reino.

Ante la fascinación por esa lectura, Tani decide contactar a la poeta. Pero no le fue fácil. Aún no imperaban las redes sociales y los teléfonos celulares eran un raro lujo. Demoró tres años en conseguir el correo electrónico de Anahí. “Desde ahí empezamos a escribirnos con muchísima frecuencia. Nuestra relación fue cambiando, en la medida que construíamos confianza”, dice Tani Mellado, desde Comodoro Rivadavia, a El Vendedor de Tierra.

– ¿Qué lugar tiene Anahí en la poesía patagónica?

– Publica su primer libro, Viernes de acrílico, en 1977, cuando recién había cumplido los 20 años. Ese mismo año, en Rosario, también aparece el primer título de Juan Carlos Moisés, Poemas encontrados en un huevo. Parece una coincidencia, pero no lo es. Mi hipótesis, que debo desarrollar, es que si se pudiera poner una fecha de cuándo nació la poesía moderna en la Patagonia, sería 1977 con el libro de Anahí. Esa es su importancia para la poesía de nuestra región. Con Moisés, ambos muestran la contracara de lo patagónico, que siempre se definió, ya sea por los viajeros ingleses o fotográficos, los expedicionarios, o por otras tantas escrituras, como el lugar de lo inmenso. Pero ellos se fueron a lo chiquito.

Su primer libro aparece a través de un proyecto muy lindo que comparte con su hermana, Alicia, que fue vital para los fueguinos. Hicieron una revista y una editorial, por la que también publicó una nouvelle, En esta ciudad se escribirá una novela.

Anahí Lazzaroni

¿Cómo creés que fue construyendo su poesía?

Era una gran lectora y eso es muy importante para un escritor. Leía mucho pero en varios sentidos, no sólo cuantitativamente. Era una relectora. Como ella no salía de su casa, una situación que se fue complicando más con el tiempo por su salud, en la época que comienzan a aparecer los blogs Anahí crea uno para escribir y mostrar sus fotos. Entonces, comenzó a conectarse con otra gente. Ese momento fue muy importante. Era una persona súper conectada con lo que estaba pasando, lo que se acentuó con Facebook.

En el último poema de su último libro, Alguien lo dijo (El suri porfiado, 2017), se llama Bajando decibeles, en el que le habla a los poetas. Escribe: “El insecto que se desliza a ras de la tierra/ nos ignora./ Los latifundistas también”. Y en los versos finales dice: Alcanza/ con que quepa/ en una caja de zapatos/ mediana”. Eso es la poesía. Esa era Anahí, una mujar que creía que la poesía es algo que hace la gente. Pero no es cualquier cosa hacer poesía. Por eso era obsesiva de la corrección.

¿Cuáles eran los temas u obsesiones en su obra?

Uno es la poesía, la llamada metaliteratura. Desde su primer libro reflexiona sobre qué es escribir, no sólo desde lo técnico, sino también desde filosófico. Otro tema es el paisaje, pero no cualquier paisaje: la ciudad. En su poesía se ve marcadamente el cambio de la Ushuaia pequeña, cuando ella era una niña, hasta la turística, del capitalismo y el mercado. Toda su obra es el diseño literario, poético, de la cartografía o de la arquitectura de esa ciudad. Eso lo hace durante 40 años. No es poco.

¿Qué relación tenía con su propia obra?

Era extremadamente humilde e injusta con ella. Intuía que sus lectores no le eran contemporáneos. No lo decía como queja ni como victimización. Sí le preocupaba que la leyeran. La alegraba enormemente cuando alguien le hacía una devolución. Nos corresponde a los que sabemos del valor de su poesía construir a esa lectora y ese lector porque su obra es excepcional.

La poesía de Lazzaroni en Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Foto: Luciana Mellado

¿Cómo fue el proyecto de llevar la poesía de Anahí a la academia?

Estoy a cargo de la cátedra obligatoria de Literatura Patagónica en la carrera de Letras, en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Más allá de las prescripciones institucionales, hay un lugar que es para la literatura contemporánea. Empecé a ver con preocupación, y como una autocrítica, que estaba enseñando sólo la obra de hombres y dejando fuera a grandísimas autoras de la región. Y eso me ocurrió cuando murió Macky Corbalán. Entonces, las incorporé a ella, Graciela Cros, Anahí Lazzaroni y Luisa Peluffo.

Además, hacemos ponencias y congresos. Estudiamos pero también se promocionamos obras. Incluso, la docente auxiliar de cátedra Emilce Graf hizo su tesis de grado y publicó un libro sobre la poesía de Anahí.

– ¿Qué es lo que más recordás de ella?

Nuestras conversaciones. Tenía un humor muy ácido, muy inteligente, fruto de alguien que sufre tanto. A mí me costó acostumbrarme a ese humor. Jamás hubo jactancia. Hablábamos mucho de literatura y sobre todo del cuerpo. Diez días antes de su muerte nos habíamos comunicado. El tema de la muerte no estaba. Yo le tenía que alcanzar un libro que no alcanzó a ver. Es una antología de 51 poetas de la Patagonia argentina que se publicó en Alemania y en la que ella figura. La recibí unos días antes de su fallecimiento. Además, los que estamos en el sur perdimos a otro referente, que fue Julio Leite, un poeta fueguino central al que Anahí quiso muchísimo. Es como que se termina una época.


¿Quién es Luciana “Tani” Mellado?
Escritora, docente e investigadora de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, ha dictado conferencias y participado en lecturas poéticas en la Argentina, Chile, España y Alemania. Como crítica, publicó Cartografías literarias de la Patagonia en la narrativa argentina de los noventa (2015) y Lecturas descentradas. Estudios de literatura latinoamericana desde el sur (2018). Sus libros de poesía incluyen Animales pequeños (2014), El agua que tiembla (2012); Aquí no vive nadie (2010); Crujir el habla (2008); y Las niñas del espejo (2006). Desde 2008 dirige, con Jorge A. Maldonado, el colectivo artístico “Peces del desierto”. Ha compilado Máquina sur. Poesía actual de la Patagonia (Poesía Argentina, 2013); y Patagonia literaria VI. Antología de poesía del sur argentino (Inolas, 2019).

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